Lusos y balcánicos, nautralizados, elevaron la épica del torneo.
La primera ventisca de densidad futbolística que abrió los octavos de final de la Eurocopa 2016 colocó un interesante colofón, quizá el segundo partido más elitista de la ronda -considerando el España-Italia del lunes como el núcleo de esta fase-, a este sábado inaugural de las eliminatorias. El talento y la filosofía colorida del referente balcánico de este cambio de siglo frente al orden integrista de una estrategia colgada de la potencia y velocidad de sus puntas. Y de la puntería de Cristiano Ronaldo. Tragado ya el trauma de acceder a esta altura acumulando empates (tres tablas ante Islandia, Austria y Hungría), Portugal disfrutaba de una oportunidad idónea para relanzar su candidatura, por un lado, y reforzar su pelaje de equipo correoso hecho para competir ante rivales mejor dotados, por otro. “¿Ganar la Euro sólo con empates? Firmo ya”, proclamó el seleccionador vecino. Al axioma resultadista que subyace de tal afirmación se le atravesaba la disparada competitividad croata, tercera bandera del juego combinativo del torneo (tras Alemania y España). Se anunciaba, por tanto, una confrontación de estilos vibrante, de regusto táctico y de notable exigencia, pues el brío anatómico y la penalización de los errores ajenos adquirían una trascendencia capital en la empresa a afrontar por ambos aspirantes.
Ante Cacic, superviviente del combate que mantiene buena parte de la hinchada -convertida en oposición- con la federación dirigida por Davor Suker, arribaba a esta prueba relamiéndose, pues los baluartes ausentes en el precedente y catártico triunfo ante España figuraban en liza. De este modo, Vida, Strinic, Brozovic, Mandzukic y Luka Modric regresaban al once. El cerebro madridista se vería envuelto en una medular sostenida por Badelj, engrasada desde el interior por el interista Brozovic y propulsada por la movilidad y desborde de Rakitic y Perisic. El rematador de la Vecchia Signora coronaba un dibujo en el que Srna recuperaba preponderancia en la salida de la pelota desde su carril y a Strinic le correspondía el achique. Vida y Corluka defenderían, de nuevo, la placidez de Subasic. La intensidad y compromiso en fase defensiva de un centro del campo tan valioso en su relación con la pelota marcaría la supervivencia croata tanto como su fluidez asociativa. Exhibió firmeza y eficacia ante los vigentes campeones en el modelo de robo y salida, en la presión a toda cancha y en el cierre intensivo, todas ellas facetas menos arquetípicas de los Balcanes, pero que han disparado el rendimiento colectivo de la asumida como favorita en este baile. La imposición del tempo y el mando, con y sin balón, parecerían epígrafes fundamentales para el avance de los semifinalistas en Francia `98.
Fernando Santos no escatimó elogios para el oponente de este anochecer en Lens. No obstante, su análisis previo ha mantenido la coherencia con su elección titular. Contaba el ex preparador de Oporto, Benfica y Sporting de Portugal con una preocupación nada accesoria. André Gomes, elemento cohesionador y que alimenta las anheladas transiciones, era duda. El motor valencianista pareció recuperarse lo suficiente para volver a constituir la lista nominal. Guerreiro, en situación similar, también regresó al equipo y la entrada de Fonte por Ricardo Carvalho (antídoto del juego aéreo oponente) redondeó las variantes para con el sangrante empate a tres del pasado miércoles. Sobre Ronaldo recaería la jurisdicción finalizadora de un sistema entendido para volar, con Nani y Joao Mario trazando diagonales externas y entre líneas. William Carvalho y Adrien Silva habrían de amarrar el equilibrio al que también contribuiría André Gomes, en un esfuerzo de ida y vuelta perenne. Semejante línea de trabajo recayó sobre los laterales (Cedric, más defensivo e incluido para ahondar en los equilibrios, y Guerreiro). Su función quedaba más próxima a la de carrileros con llegada, con Pepe y el doble pivote ejecutando las coberturas pertinentes. Rui Patricio significaba la última frontera de un equipo que ha crecido en unidad táctica y en la convicción de su capacidad para tornear un cuerpeo trabado e intenso. Peones talentosos como Quaresma o Joao Moutinho esperarían turno. La hoja de ruta marcaba la edificación de una seguridad que permitiera pensar en excesos artísticos más adelante. El intercambio debía ser largo, y, en ese plano de fiscalización del fuelle rival cabía la evolución en el tramo final, sin descartar la pesca por la vía de una escapada vertiginosa tras pérdida. Desdeñar la pelota no resultaba un quebradero de cabeza.

El prólogo de la eliminatoria obedeció al cumplimiento del paradigma pronosticado: Croacia realizó una salida incendiada, plena de personalidad, en la que la presión y la velocidad combinativa trataban de establecer una lógica rítmica hiperbólica. Portugal, por su parte, se hacía fuerte en un 4-4-2 replegado en cancha propia, que sólo liberaba a Nani y Ronaldo y condenaba a Joao Mario, desequilibrio del Sporting lisboeta, a sudar en el apoyo al lateral diestro, Cedric, con el fin de neutralizar el magnetismo de Perisic. Tardó en descubrirse asentado el bloque luso, que se afanó a un achique intensivo en los primeros cinco minutos. Los balcánicos describían, con precocidad, su jerarquía y el tipo de partido a disputar. Aconteció en el sexto minuto la primera alzada de mirada portuguesa. En dicho minutaje encadenó su primera posesión pausada, con una distribución que prevalecería en el primer acto: Ronaldo y Nani caían a las bandas en busca de superioridades laterales apoyadas por los interiores y la incorporación de sus carrileros. En el entretanto, con los vatios del devenir inicial y global en disputa, los pupilos de Cacic se empeñaron en buscar fisuras y alcanzar el espacio de la mediapunta, pero la red de ayudas portuguesa superpobló y colapsó la medular, complicando la influencia de Modric. Rakitic, también tapado, buscaba fluctuar hacia el centro, sin éxito. La polémica decisión que sacrificó la clase Moutinho para solidificar esa crucial parcela arrancó legitimidad y congeló la pretensión ex yugoslava. Una defensa rigurosa y ordenada en campo propio y un ejercicio de basculación con sabiduría provocó que los pasillos centrales quedaran cercenados, indigestando el plan balcánico en el primer pestañeo y hasta el intermedio.
La caída de revoluciones asistió a la sacudida de Portugal con respecto al rol contemplativo previo. Pasado el primer cuarto de hora empezó una maniobra, progresiva, de subida de metros. Aunque la pelota circulaba pintada de la cuadrícula rojiblanca, se atisbaba una enmienda de valentía posicional a un monopolio croata que, por otra parte, no terminaba de domar el tempo de un duelo salpicado de escaramuzas e interrupciones. Jugaban los de Santos con la altura de su presión, desconcertando a sus virtuosos antagonistas y desconectando a las áreas y sus porterías de la trama. El centrocampismo tomaría la escena con presumida rutilancia.
En torno al 20 de juego, André Gómes, Adrien Silva (llave del cambio competitivo luso) y William Carvalho no sólo habían enfoscado las tratativas croatas centrales, nublando la perspectiva de Modric, sino que gobernaban el cambio de escenario, trazando circulaciones anestésicas. Croacia abandonó la verticalidad ofensiva y tornaba a la horizontalidad cuando recuperaba, para reclamar el patrón de juego, a lo que las huestes lusas respondían con faltas y emboscadas en territorio propio. El respeto y la reducción de los riesgos evidenciaron su escaño en lo alto de las preferencias de los seleccionadores en este ecuador de cruce y el espectáculo se confirmó ausente del orden del día. Las sensaciones de una conversación trompicaba correspondían al éxito parcial de los presupuestos portugueses. La comodidad lusa se escenificó en el apagón abrupto de un trance caótico que galopaba al pulso de Modric. Un dos para uno de Silva y Carvalho le arrebató el esférico y el escaso oxígeno permitido al arquitecto del Madrid campeón de Europa y, a continuación, la jugada conectó con las botas de Ronaldo. El autor de dos tantos en este torneo oteó en derredor, aglutinó la atención y fintó hasta encontrar la infracción. De esa falta lateral provocada por la experiencia y conocimiento de un zorro viejo nació el primer fogonazo de cara a portería. El consiguiente cabezazo por encima del larguero de Pepe, tras el lanzamiento venenoso impulsado por Guerreiro -minuto 25- suponía el primer intento a palos y la caracterización del debate como un pliegue tacticista.
Se cruzó el puente de la primera media hora bajo el pentagrama de una ambición posicional portuguesa creciente. Hasta entonces, Croacia había circulado con desdén en su línea defensiva y le había resultado quimérica la combinación en tres cuartos de campo, por lo que el uniforme esteticista esperaría en un rincón. Era ahora cuando la inercia de valentía táctica lusa tocaba techo y lograba enfangar la salida primigenia croata. Sin embargo, precisamente de esa estratagema recogió fruto el bando balcánico. Con el centro del campo portugués muy adelantado, en busca del ahogo contrincante, una pérdida de Nani y balón en profundidad a la carrera de Perisic desencadenó la reacción. El punzón interista ganó a Guerreiro, le encaró y le apeó para chutar, secó, hacia el primer poste. El callejón de la transición y no el del juego en estático y elaboración se había demostrado como recurso predilecto croata, a pesar de no haber atinado -minuto 30-. Con el aviso recibido, Portugal mantuvo su órdago y no mutó su apuesta hacia la gestión ordenada de su espacio de seguridad, si bien sí reforzó la previsión en la vigilancia tras pérdida. Cada vez aumentaba más la periodicidad con la que se desamarraba del encierro expectante. Cedric y Guerreiro habían tocado más línea de fondo que Srna y Strinic. Todavía sin ligazón con la concepción de remates.
Brozovic, Perisic y Rakitic no descendían para contribuir a la posesión croata y naufragaban entre líneas ante el ejercicio coral de sellado central, en varias situaciones trabados en falta tras el primer regate. Mandzukic sucumbía en el combate con los zagueros, por lo que no conseguía generar oportunidades para sus llegadores y la soledad de Modric era contundente. Padecía, descontextualizado, y su equipo no encontraba soluciones vehementes, pues si soltaba a sus laterales Portugal refrescaba su amenaza en contragolpe, con ardoroso pragmatismo y convencimiento. Ronaldo, Andre Gomes y Joao Mario susurraban, de forma prolongada, la burbujeante potencialidad de sus estudiadas y frenéticas transiciones. La inherente naturaleza propositiva balcánica sólo cosecharía dos acercamientos a balón parado hasta el viaje a vestuarios: un córner botado por Srna que remató muy desviado Corluka -minuto 34- y el lanzamiento de una nueva falta lateral, forzada por el capitán y lateral diestro, lanzada por Rakitic y peinada, fuera, por Vida –minuto 37-. Se había jugado en un paisaje favorable para Portugal, que se conformaba con ganar tiempo para su imaginada traca final. Los guarismos corroboraron la apariencia del partido. Ningún disparo a portería, pírrica victoria croata en llegadas al área (tres a uno) y sólo tres saques de esquina registrados. El 60% de posesión (inocua) balcánica subrayó la esencia percibida. El decantar del tiempo favorecía los intereses lusos, por lo que los croatas urgían una aceleración que fracturara la línea argumental.

Así leyó este último punto Cacic, que parecería haber tocado arrebato. La campeona del grupo D, el de España, radicalizó su tradicional gusto por el mando. Y lo hizo descerrajando una estrepitosa subida de intensidad y presión. Con la pelota volando al antojo de los que ejercían como locales, Portugal fue empujado hacia el cobijo de la acumulación de efectivos en la cueva del inédito Rui Patricio. Acusó la convulsión del ritmo el bloque ibérico y, mientras se adaptaba sacando centros de su área, André Gomes ejerció de víctima: la prospección de minutos se redujo para el obrero del Valencia, cuyo maltrecho físico no respondería con garantías. En el 49 entraba Renato Gomes, flamante fichaje de 18 años del Bayern, en un examen de entidad a su presente. El aire soplaba en otra dirección y Brozovic -minuto 53- inauguró el intervalo con un chut a las nubes, proveniente de un córner provocado por Strinic, la referencia ofensiva de los suyos en esta reanudación chispeante. La selección ibérica yacía necesitaba de intercalar su capacidad de sufrimiento con la asimilación energética con el despliegue del oponente. Modric buscó un remate sin acierto en el 55 y el vendaval no amainaba en los diez minutos iniciales del acto final.
La exigencia defensiva estaba alcanzando cotas absolutas, por lo que Santos buscó en la pelota la respuesta necesitada por sus futbolistas. Quiso respirar y volver a congelar la ecuación, recuperando vigor en el rebate de la posesión, pero su falta de engrase en la contemporización con pelota abrió un intercambio de golpes esbozado por la explosión de Renato Sanches. Sus pulmones abrieron una oquedad central con su cambio de ritmo, tejió una pared acelerada con Joao Mario y accedió a la frontal para disparar fuera -minuto 57-. A pesar de este destape de la estirpe del joven luso, Croacia no tenía previsto soltar el bastón y seguía buscando arrasar en ritmo y fluidez vertical a su rival, para sacar de eje el imponente repliegue al que hacía frente. El cabezazo de Vida cruzado que lamió el poste -minuto 61 y tras una falta lateral botada por Rakitic-, emergería como la mejor oportunidad balcánica y profundizó en la constatación de la apertura de espacios para el generalizado modelo de ida y vuelta.
Una patada de Strinic asestada en el costado Nani, cuando el centro de Silva volaba sobre el área, prosiguió el relato -minuto 63-. El más que posible penalti, negado por Velasco Carvallo, contrastaba la validez del adelanto de la posición de Adrien Silva, mediapunta, con Renato guardando la posición equilibradora. Aunque el vaivén continuado pudiera esclarecer lo contrario, Portugal volvió a regatear la tormenta croata. La volea muy desviada de Perisic, en el 71 y precedida por un centro de Brozovic desde la derecha, zanjó el repunte de producción ofensiva. Los interiores croatas realizaban desmarques que encontraban rutas de avance, al fin, tras el ascenso posicional portugués, pero la amenaza latente de la contra lusa -con Ronaldo ausente de la dinámica e impedido para rematar a portería- acabó de conquistar la bandera espiritual ideada: el desenlace, igualado, estaría dictado por el factor físico.
Se reviró el partido hacia la agonía del esfuerzo, hecho que impuso la mesura, el respeto, como receta aplicada a ambas escuadras. Las incorporaciones de Srna remitieron y la posesión se tornó horizontal, excluyendo, del todo, la ofensiva despreocupada. Los seleccionadores se guardaron las sustituciones y la sombra de la segunda prórroga en tres enfrentamientos de octavos de final se interpretaba como un mal menor. Un remate muy alejado de lo deseado de Perisic, en el minuto 80, huyó de la trayectoria evidenciada por un baile cansino, a estas alturas. La escasez de ambición y claridad, con los croatas monopolizando la pelota y los lusos agazapados para morder a la contra bajo el paraguas del cansancio, promovió el conformismo con que el epílogo se condujo hacia el tiempo extra. Santos y Cacic inyectaron variantes contemplando el límite anatómico propio y ajeno, y Quaresma y Kalinic entraron por los vaciados Mandzukic y Joao Mario. Ambos abanderados atacantes lucieron sin pelota y no gozaron de nutrientes para brillar con ella. La importancia de esta victoria adquirió un matiz tectónico y la especulación culminó unos 90 minutos tensionados. Croacia intentó escaparse, desprovista de precisión en el pase final, pero Portugal supo aclimatarse y recubrir el guión en su conjunto con una trabajada y pegajosa manta. Sin tiros a puerta. Santos maniató a su estrella (imposibilitada por el libreto táctico) y ganó la prórroga.
Los 30 minutos definitivos alzaron su telón con una reproducción, a escala energética, de la paleta cromática ya vista. Los balcánicos mandaron, seguros con la posesión y sólo en la circulación naciente, y los portugueses volvieron a desplegar un cierre intensivo. Así, Srna se activó desde su perfil, Modric trató de asomar, con la ayuda de Rakitic, y Kalinic y Perisic se multiplicaron para localizar vías de remate. El delantero chutó muy alejado tras robar la cartera a la zaga lusa -minuto 97- y el extremo nerazzurro culminó una combinación moderada con un testarazo inapropiado -minuto 95-. En el 99 fue Brozovic el que lo intentó desde larga distancia. Croacia disponía y Portugal estiraba su fe en el contragolpe, la pizarra o las individualidades. En efecto, los centros a balón parado, bien defendidos -con Corluka destacado, también en el descuento- mitigaron el control centro europeo. Las interrupciones y los calambres saludaban y arrebataban los focos al inexistente fluir continuado de fútbol, con Quaresma, Brozovic y Srna prevaleciendo. Sin más novedad que la renovación fútil de la voluntad de ambos púgiles se decretó el intermedio. La única subida desatendida de Modric, que adelantó su posición, culminó en un centro pasado al que Perisic no consiguió otorgar peligro y el tiempo para eludir la tenebrosa incertidumbre de los penaltis se recortaba en 15 minutos. Con dos sustituciones croatas bajo la manga y un cambio ibérico restante.

Portugal modificó su planteamiento filosófico y se dispuso a discutir la posesión ante la falta de fuelle general. La querencia por cortejar la pelota y salir del sollozo defensivo encontró en el juego con la presión elevada a su certera acompañante. La subida de Modric hacia la mediapunta restó salida desde atrás a los croatas, por lo que Santos ordenó morder y aprovechar algún error de la medular y zaga balcánicas. También, para guardarse las espaldas, metió en el verde a Danilo por Adrien Silva. Cacic ajustó el movimiento dominante portugués retrasando al 10 madridista e incorporando a la velocidad de Pjaca, con el fin de amortizar la flaqueza de fuerzas y la sobrevenida valentía posicional rivales con la rapidez del recién entrado. En este intercambio de argumentos cazó Croacia la oportunidad con mayúsculas. Un córner arrancado por Perisic confluyó en el derribo de Kalinic a Rui Patricio, no pitado por entenderlo involuntario, y el cabezazo, en soledad y sin portero, de Vida. El central no dirigió su giro de testa lo suficiente, pues se encontraba en escorzo, y la pelota rozó el larguero -minuto 113-.
Había crecido el seleccionado portugués pero, como un deja vu, el rival empequeñecido de turno se rebeló hasta empastar y descollar a su oponente. Croacia encontró en Brozovic y Perisic a sus líderes coyunturales y el péndulo del duelo viró, otra vez. Aunque en esta ocasión se desataría un compendió de fuegos artificiales sobresaliente. Se desbrozaron las murallas y la ruptura de líneas, de dos equipos que se arrebataron para evitar los penaltis, se tradujo en el cambio de golpes por el conducto del contraataque. En un final colmado, improvisado e imprevisible. El poste esputó el intento aéreo del omnipresente Perisic -minuto 116-. Pepe había lucido una actuación tan imponente como impecable, pero el punta de la Fiorentina subió el nivel. De inmediato, dos minutos más tarde y en la siguiente salida en vuelo portuguesa, Ronaldo creó el contragolpe ansiado, Sanches condujo y Nani otorgó legibilidad al movimiento. La pelota volvió al delantero madridista, esta vez en el segundo poste y en mano a mano con Subasic, en su única oportunidad. Remató cruzado pero el meta del Mónaco tapó el intento. Sin embargo, el rechazo permitió a Quaresma erigirse como la sustitución decisiva. Se adelantaba el conjunto ibérico, pero no acabaría ahí el paroxismo postrero. La reacción de gallardía balcánica, en este terreno de lo grandioso al borde de la extenuación, se catapultó sobre el empuje y el balón parado, con su portero añadido al cuerpo de cabeceadores de emergencia. Y, después de varias acometidas conjugadas, pudo coger el fruto de sus merecimientos. Pero el remate cruzado de Vida, evocado tras una falta lateral ejecutada en el descuento del descuento, no hizo diana. La leyenda competitiva de este deporte tiene ya una muesca y esta Eurocopa, una justificación en la memoria del aficionado. Riqueza táctica, pulsión ganadora y guerrera, y, en el crepúsculo, el espectáculo dejó de discurrir en paralelo a la obra. Lo correoso de Portugal, ese colectivo pensado para doblegar pronósticos que sufre cuando es favorito, ya está en cuartos, por el lado más sencillo del cuadro. La personificación de la belleza combinativa en esta edición francesa cae en octavos. Con orgullo y dignidad. Cinco minutos de su alma, los finales, bastaron para ganar algo que excede de lo pragmático: prestigio.
Ficha técnica:
0 - Croacia: Subasic; Srna, Corluka (Kramaric, m.120), Vida, Strinic; Modric, Badelj; Brozovic, Rakitic (Pjaca, m.109), Perisic; y Mandzukic (Kalinic, m.88).
1 - Portugal: Rui Patricio; Cedric, Pepe, Fonte, Guerreiro; Joao Mário (Quaresma, m.87), Adrien Silva (Danilo, m.107), William Carvalho, André Gomes (Renato Sanches, m.49); Nani y Cristiano Ronaldo.
Gol: 0-1, m.117: Quaresma
Árbitro: Carlos Velasco Carballo (España). Mostró cartulina amarilla a William (min.77), por parte de Portugal.
Incidencias: Partido correspondiente a los octavos de final de la Eurocopa de Francia disputado en el Stade Bollaert-Delelis de Lens, ante cerca de 40.000 espectadores.