www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

OCTAVOS DE FINAL: ITALIA 2 ESPAÑA 0

El oficio de Italia echa a España de la Eurocopa | 2-0

El oficio de Italia echa a España de la Eurocopa | 2-0
Ampliar
lunes 27 de junio de 2016, 15:43h
Los goles de Chiellini y Pelle y la táctica domó a la vigente campeona.

Saint Denis, el icónico coliseo francés, acogía este lunes el cruce estrella de los octavos de final de esta densa Eurocopa. Se desplegaría sobre el verde la escenificación de la relación de fuerzas confrontadas, de manera explícita, en este campeonato. Con la fase de grupos superada y el primer escalón de la ronda eliminatoria casi completado, los esbozos se han confirmado: el fútbol del Viejo Continente está uniformado de físico, rigor táctico y orden. El compás tejido desde el 10 de junio ha pintado un paisaje plomizo, igualado, en el que los abanderados de la calidad y el juego colorido (España, Alemania, Croacia y poco más) bregan por escapar de la soga anatómica del resto. Así, motores exuberantes como Bélgica, Francia o Gales lucen músculo y apean, por decantación energética, a sus contrapuntos de turno. En este masivo pelotón, o liderándolo, figura Italia. Una defensa soberbia (un gol en contra, el que sufrió cuando ya se sabía primero de grupo y rotó a ocho titulares) y el magnetismo de la recién recuperada ancestral filosofía ganadora se interponen en el recorrido español, necesitado de un episodio catártico después del resbalón nuclear ante Croacia (que nos empujó a la vertiente tenebrosa del cuadro). Así pues, se jugaba por un billete para cuartos, con Alemania, descansada, relamiéndose, y por la preeminencia de un estilo brillante.

Antonio Conte, culpable de la recuperación del catenaccio evolucionado como valor identitario y no como antigualla, decidió sanar la flagrante falta de talento que aflige a la azzurra acudiendo a los clásicos: un equipo campeón nace desde la seguridad. Es por ello que la estructura de la línea más importante de su planteamiento, la defensiva, cuenta con Buffon, Barzagli, Bonucci y Chiellini, la nuez de la Juventus dominadora presente. Sobre la base de los mencionados tres centrales se despliega un centro del campo ideado para superpoblar el terreno y complicar la circulación oponente. De Rossi se ajusta al balcón de su área y Parolo y Giaccherini actúan como interiores de batalla y salida, con Florenzi y De Siglio obligados a cerrar y a ofrecer salida. El tanque referencial Pellé y la movilidad de Eder han de desestabilizar a la retaguardia rival y suponer un desahogo del esfuerzo de achique. Porque los transalpinos alternan pelotazos para buscar una segunda jugada con posesiones controladoras. Presionan arriba o se encierran. Mandan o esperan. Este modelo, amamantado por su técnico en su etapa turinesa, apuntaba a mostrar su arista más contemplativa como antídoto al virtuosismo español, conocedores de la endeblez de la vigente campeona a la espalda de su posesión. Robar y morder, grosso modo, parecería el axioma de los italianos para sobrevivir. Con artistas como Insigne, Immobile y El Saharawy envaneciendo en la banca ante la expectativa compartida de forzar el encuentro a jugarse como partido largo. Como un examen de paciencia y fuelle.


Vicente del Bosque entregó a su once predilecto la responsabilidad de reaccionar en marcha. El trascendental fiasco balcánico, confesado por algunos de sus protagonistas como la peor de las perspectivas, esa que se contamina por la autocomplacencia, evidenció, además, síntomas de cansancio, y la asimetría de intensidad redondeó el angustioso resultado. Quizá por eso mismo, por la consciencia de la esencia de la derrota, el seleccionador decidió no incluir piezas más frescas. Ramos, Piqué y Busquets se aliarían para taponar la almendra central y vigilar el contragolpe ajeno, con Alba y Juanfran como carrileros de añadidura a la asociación colectiva. Iniesta y Fábregas debían enseñar clarividencia distribuidora y esfuerzo en las ayudas en fase defensiva, y en la pareja móvil Silva-Morata recaería la atribución del tercio final, del último pase o remate. Se debatía el bloque nacional entre el monopolio controlador del cuero o la búsqueda de una mayor profundidad a las primeras de cambio, pues la perspectiva de un combate prolongado podría traer al primer plano grietas anatómicas e inseguridades pretéritas. La precisión en el pase, la ocupación ofensiva del espacio de la mediapunta -con el fin de abrir pasillos desde ahí- y la cohesión del dibujo (4-3-3) se antojaban epígrafes de absoluto cumplimiento. Holgaba recordar la vigencia de la manutención de una adecuada concentración. En cada lance.

Se alzó el telón con un boceto de lo que representaría el primer acto. Para sorpresa del libreto español, Italia salió de vestuarios con la firme intención de hurtar el rol protagónico a los campeones de Sudáfrica 2010. Con la lección aprendida tras el 4-0 que coronó a Xavi y compañía e hizo plegar velas a Pirlo en la final de la Euro`12, un partido en que la selección dirigida por Prandelli se nubló en la búsqueda del tú a tú, abandonando las líneas tectónicas del adn azzurro, las huestes dirigidas por Conte reprodujeron su concepción del juego más desarrollada y en su mejor versión. La nómina sugerente de un repliegue especulador era un señuelo. La posesión, otrora jurisdicción nacional, se planteó como debate y el colapso del centro del campo se hizo tangible sin esperar. Evitando el encierro y ganando en el reparto de los espacios, con Morata sollozando frente a tres colosos y De Rossi, Parolo y Giaccherini enfangando la fórmula creativa patria, el enfrentamiento se descubrió indigesto desde el primer pestañeo. No obstante, incluso el aterrizaje en la dinámica pareció ajustarse mejor a Italia, al tiempo que los pupilos de Del Bosque se azoraban por empastar el ritmo de unos primeros 10 minutos de claro color azulado. La ráfaga incipiente de llegadas confirmó el incómodo escenario. El testarazo de Pellé que atajó De Gea -minuto 1- abrió boca y la combinación fluida que inició De Rossi, prolongó Giaccherini y remató, tímido y a las manos del meta del United, Eder -minuto 5- continuó el paradigma.

La divergencia de intensidad se hizo notoria de inmediato: una conducción de Eder, emboscada por cuarto españoles, concluyó en la concesión de una falta lateral que botó Florenzi y cazó Pellé. De Gea abrió su fino repertorio con una estirada de foto –minuto 8-. A continuación, una nueva llegada al área española de cinco peones transalpinos originó el enésimo centro lateral y chilena de Giaccherini que se topó con la madera –minuto 10-. Esta última acción, anulada por juego peligroso del omnipresente interior del Bologna, corroboró el tipo de baile al que Italia había conducido el envite. Se jugaba sobre el nudo táctico impío ejecutado por el dibujo azzurro, un movimiento que descontextualizaría la influencia de Iniesta, Cesc, Silva y Nolito y que, además, se aliñaba con una gestión decidida de la pelota. España estaba aturdida.

Con el cruce del primer cuarto de hora, y a medida que el minutaje ganó peso, la selección española alcanzó temperatura e inauguró el proceso de asunción del mando, progresivo y muy atenazado, por medio de la preponderancia en la charla por la posesión. Se soltó amarres y tensión el bloque nacional, en consecuencia, y arrancó la pausa anhelada, constriñendo a revestir el plan de Conte. Con la pelota pintada de rojo cedió metros el ilustre rival y nació un intervalo de calma, que no de control, en el que la medular nacional matizó el caótico devenir con circulaciones horizontales. Como si las porterías fueran elementos accesorios. Necesitaba disponer el sistema de Del Bosque de los asideros que les son familiares, y por el conducto del dominio del esférico se gestaron los primeros acercamientos. La tratativa de Fábregas que bloqueó la zaga tras una combinación fulgurante entre Silva y Nolito -Morata había bajado el balón largo- provocó el atisbo del horizonte -minuto 19-. Pero la respuesta italiana, punzante y de intensivo repliegue, sobrevino para recordar la amenaza en forma de contragolpe lanzado por Chiellini. El central robó a Iniesta en el pico del área propia y se descerrajó un vértigo que culminó en el testarazo desatinado de Parolo -minuto 24-. El chut raso de Iniesta que atrapó Buffon, desde media distancia y tras un saque de esquina, constituyó el primer tiro a puerta patrio. En el minuto 27. La penalización de la desatención era absoluta.


Los aires de mutación de la dirección del viento se mitigaron con rectitud. No terminaba de ceder el patroneo Italia, rebelde posicionalmente cuando buscaba morder y capaz de contener a la reacción española por medio de la asociación lúcida. Las ayudas de los medios españoles en fase defensiva no llegaban a tiempo y el ritmo buscado por el escuadrón de Del Bosque se trompicaba sistemáticamente. Fruto de dicha escena, las transiciones transalpinas mantenían su veneno latente y de una de ellas se desató el punto de inflexión de la eliminatoria. Ramos -descontrolado en su posición-, concedió una falta en la frontal, cometida sobre Pellé. Eder asumió la responsabilidad del golpeo y dirigió su derechazo, tenso y rasante, hacia el poste defendido por De Gea. El guardameta madrileño sólo pudo sacarse la afrenta de encima, por mor de sus reflejos, pero la colecta del rebote mostró un cuatro para uno a favor italiano. La pugna cayó en la inercia de Chiellini, que abrió el marcador -minuto 33-. Había alcanzado Italia el objetivo de una estrategia valiente y arriesgada, pues cualquier imprecisión dejaría hectáreas de evolución a los creadores españoles. Cuando se equilibraban las sensaciones sobrevino el mordisco de la pegada y le tocaba a España reaccionar. Revolverse en su espíritu para sacudirse el aura de incapacidad de remontar.

Delinearía un respingo el bloque rojo tras el golpe, pero lo pegajoso de la parcela central mantendría su estatus y la iluminación de las superioridades por banda, solución alternativa, también se había asumido como una quimera. No en vano, a pesar del ascenso de ritmo y metros nacional, la aceleración sólo se tradujo en la creación fútil de aproximaciones sin remate, e Italia fue la única estructura, esta vez más replegada, en probar suerte antes del descanso. Lo consiguió en una nueva amortización de los límites del estilo ofensivo patrio: una contra de dos transalpinos para cuatro españoles confluyó en la dirección solitaria de Pellé y la finalización de un Giaccherini protagonista por su potencia de ida y vuelta. El esforzado interior del Bologna se desplegó y, rodeado por Juanfran, Busquets y Piqué, consiguió eludir la marca y chutar cruzado para el vuelo sensacional de De Gea -minuto 44-. La negritud del regusto dejado por el primer acto encontraba asiento en los guarismos. La posesión, medio y fin de la identidad nacional, se vio minimizada a un 52% y la relación de acciones de remate (siete locales y dos visitantes) y tiros a puerta (4-1 para los de Conte) completó el tenebroso cuadro. El matiz ambicioso de este 3-5-2 sacó de eje a una España que no se identificó en tal cauce. Se jugó a lo que favorecía a los aspirantes y la favorita no supo leer rutas alternativas de superviviencia.

Del Bosque se desperezó y eligió activar el plan b, una estratagema más vertical que convulsionara la dinámica. De este modo, con una cierta revolución en mente, retrató la reanudación sacando de escena a Nolito (maniatado, espeso e imposibilitado por dentro y por fuera) e incluyendo a Aduriz. España competiría con dos delanteros centro en un proyecto que se vio acompañado por un notable cambio de actitud. Subió líneas y propulsó el ritmo. Balanceado en el balón parado (Italia cedió terreno ante el empuje patrio) y la transición como herramientas de desestabilización, recuperaba brío el equipo en desventaja. Morata cabeceó, en soledad, una falta lateral que Buffon supo blocar -minuto 48-. A la primera acción clara de gol se sumó una nueva infracción lateral lanzada por Fábregas que, en esta ocasión, remató Piqué y sacó, in extremis, la zaga transalpina. El propio Cesc, que se erigió en gobernador de la orquesta española, chutó por encima del larguero desde media distancia para autografiar la metamorfosis de la trama. Se desarrollaría hasta el desenlace un cuerpeo en el que los campeones de 2012 tratarían de horadar el achique intensivo rival y los azzurri se amoldaban a su figura integrista de repliegue y contra. Todo ello revestido de velocidad hiperbólica de ejecución, una situación que acumuló imprecisiones e incertidumbre.

Conte ahondó en su enmienda replegada y sacó a De Rossi –su mejor obrero, excepcional pegado a sus tres zagueros- e introdujo los centímetros de Thiago Motta, pues imaginaba una tormenta de centros laterales española, en busca de Morata y Aduriz. Acto y seguido se abrió una ventana de intercambio de golpes que, en su anárquico ir y venir, volvió a defragmentar la exigente labor de control nacional. Un balón al espacio y hacia la carrera de Eder, que deshizo en potencia a Piqué, se tornó en un mano a mano que confirmó a De Gea como el mejor jugador del seleccionado –minuto 55-. Aduriz estrenó participación con un cabezazo arriba y Morata probó desde media distancia, tratando de sorprender con una volea bombeada desatinada. El desenfreno continuó, con la puntería como factor decisivo y ausente, y la incorporación de De Siglio, en contragolpe, no localizó rematador ni un despeje nítido. Marró De Gea y se escapó el peligro circundante -minuto 61-. La dirección del técnico salmantino, que quería atacar al muro oponente sin dejarles asentarse, funcionó, pero no llegó el empate y las fisuras de la estructura propia se materalizaban con asiduidad. Por todo ello, España decidió frenar las revoluciones en el ecuador del segundo tiempo, con su escurridizo antagonista plácido. Nunca perdió el rictus la transalpina mientras la selección nacional se buscaba a sí misma.




Se templó el fragor de la producción de llegadas al área, como en un armisticio mutuo que delegaba la resolución al intenso epílogo venidero. Morata –inutilizado y ahogado por sus ex compañeros- dejó su espacio a Lucas Vázquez y por el camino arreciaba otra aceleración de ruido española. Una asociación vibrante entre Silva, Iniesta y Aduriz culminó con un zurdazo demasiado cruzado del delantero vasco –minuto 70-. En la siguiente acción era Ramos el que ganaba el salto a Chiellini y remataba fuera un córner lanzado por Cesc. Y en el 76 se explicitaba el renacimiento postrero del hambre español. El extremo gallego, que se encontró con su alternativa internacional en el teatro más importante y destacó como anexo vertical, batalló por un balón suelto, lo recuperó y colocó un centro de seda para la volea, reflejo de aquella de Stamford Bridge, de Iniesta. En esta ocasión el zurdazo del intermitente manchego encontró el vuelo de Buffon. Y Piqué repitió suerte, después de otra combinación burbujeante en la frontal. La personalidad de la favorita caída en desgracia emergía a tiempo. Conte acabó de regalar metros y la acumulación de escaramuzas en un espacio de 20 metros, los que defendía la portería azzurra, definió la recta final.

El infortunio se alió con la tetracampeona del mundo y el movimiento español se desactivó en el 83. Aduriz, inédito en el torneo, se lesionó, y la apuesta de Del Bosque se deshacía: Pedro, denostado hasta entonces, se confirmó como el último bastión de la reacción, vaciando de contenido a la estratagema previa de bombeos al área. En el mismo minuto Conte diagnosticó un puñado de minutos para su genio desperdiciado. Lorenzo Insigne saltó a la hierba y ambos equipos confeccionaron su aspecto definitivo. Darmian, flecha que ocupa el lateral del United, sustituyó al asfixiado Florenzi para reflotar la consistencia exterior azul. España intentaría fluctuar en circulaciones adelantadas y desmarques de ruptura, con Juanfran y Alba amaneciendo, al fin. Italia, por su parte, afrontaba el esfuerzo final abriendo su mirada para matar en transición con más garantías, calidad y aire. El mediapunta del Nápoles, que aludió a su técnica en conducciones inteligentes, suscribió la valía de este último punto con un chut que atrapó de Gea en el 85. Pero el partido a contrarreloj no admitía ya cortapisas en el suicidio ofensivo. Había que generar opciones de remate, otra vez, sin mirar atrás.

Pedro no aguardó al periodo de aclimatación y su movilidad y un disparo tenue aportaron con celeridad. Pero no sería el canario el nombre que dispondría el futuro inmediato de la nacional. Gerard Piqué, asomado al escaño de delantero centro, gozó de un balón apetecible, en el interior del área. Su remate, sin marcador y en el minuto 90, promocionó el pedigree de Buffon, que se estiró, magnético, y sacó el cuero de la base del poste en una parada sublime. Perdonó España y la paciente Italia asestó la cicuta determinante en la consiguiente ocasión. Un contraataque que voló sobre la clase de Insigne cambió de lado para que Darmian centrara y Pellé redondeara la fuerza del libreto transalpino con el segundo gol del enfrentamiento. El delantero del Southampton dio carpetazo a la participación española en esta Eurocopa. La táctica se impuso a una calidad mermada por la falta de energía. “Sapevo che finiva cosí: idea batte talento”/”Sabía que terminaría así: la idea (como plan de ruta) vence al talento”, declaró Conte con la victoria fresca. El técnico, exultante ante el hito logrado (épica optimización de recursos), defendió haber demostrado que su país es "más que catenaccio" en la posible última jornada de Casillas con la camiseta roja y la pronosticable despedida del seleccionador. La posesión tendió al 60%, pero el triunfo local en tiros a puerta (7-5) se mantuvo. "No hemos estado a gusto nunca", declaró Del Bosque. En efecto, el centro del campo no fue español y sobre este punto no hay paraguas que maquille las lagunas tácticas. Se impuso con justicia el equipo mejor estudiado y, como en Brasil, irrumpe en el centro del debate el cambio de guardia y la introspección del estilo. Dos eliminaciones prematuras consecutivas después del lustro legendario. Querer verse en el espejo de aquellos años sigue siendo un error, a pesar de haber buscado variables independientes (incluir a rematadores o buscar regateadores exteriores). La ausencia de estrellas en el rival de Alemania en cuartos pone en valor lo colectivo. Y, en el parangón, la ruptura de líneas nacional decantó la densidad del ritmo y el sufrimiento sin balón. Resulta complicado que el argumentario de la delegación desplazada califique también como "raro" este desencuentro. Croacia, Italia, Chile y Países Bajos gritan un tratamiento que cure los agujeros estratégicos. Sin colchón al que entregarse si vienen mal dadas, y en primer acto vinieron, todo se viste de desencanto.



Ficha técnica:
2 - Italia: Buffon; Barzagli, Bonucci, Chiellini; Florenzi (Darmian, m. 84), Parolo, De Rossi (Motta, m. 53), Giaccherini, De Sciglio; Éder (Insigne, m. 80) y Pellé.
0 - España: De Gea; Juanfran, Piqué, Ramos, Jordi Alba; Cesc Fábregas, Sergio Busquets, Iniesta; Silva, Morata (Lucas Vázquez, m. 69) y Nolito (Aduriz, m. 46 (Pedro, m. 80)).
Goles: 1-0, m. 33: Chiellini, tras un rechace de De Gea a disparo de falta de Éder. 2-0, m. 91: Pellé, de volea a pase de Giaccherini.
Árbitro: Cuneyt Cakir (Turquía). Amonestó a los italianos De Sciglio (m. 24), Pellé (m. 54) y Motta (m. 87), y a los españoles Nolito (m. 40), Busquets (m. 88) y Silva (m. 93).
Incidencias: partido de los cuartos de final de la Eurocopa 2016 disputado en el estadio de Francia, en Saint Denis, ante unos 80.000 espectadores.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.