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REFLEXIONES VOLTERIANAS

BREXIT: un REINO más des-UNIDO y dependiente que nunca

jueves 30 de junio de 2016, 20:48h

No intentaré argumentar contra el Brexit: es ya agua pasada –al menos el resultado, ya que no las consecuencias- ha salido lo que ha salido y punto. Al contrario. Procuraré argumentar desde el punto de vista de los objetivos que se marcaron los vencedores, procurando desnudarlos –que no es tarea fácil- de la mascarada populista y la sonrojante verborrea nacional-populista y xenófoba, articulada de una forma y en un país para mí irreconocibles, a pesar de mi larga e intensa relación con Inglaterra.

La idea central de los partidarios de la ruptura era “recuperar su país”: I want my country back, ha sido uno de los pocos reclamos genéricos e inconcretos, pero coherentes y no insultantes, de los rupturistas. Porque, se suponía –con razón- que la Unión Europea limitaba la soberanía de los estados miembros y condicionaba sus decisiones. El problema es que un Reino Unido fuera de la Unión dejará de participar en las decisiones de los, ahora 27 países, pero no se librará por ello de sus consecuencias: muchas, muchísimas de esas políticas, decisiones y normativas le afectarán desde fuera, sin que a partir de ahora pueda modelarlas y condicionarles desde dentro. El resultado de su salida no es un “Independence day”; muy al contrario: el Reino Unido es desde el referendum mucho más dependiente que nunca. Al UK –o a lo que de él quede- le va a ocurrir lo que hace más de dos siglos, los británicos –que “dominaban las olas” tras Trafalgar- vaticinaron a Napoleón, cuando el Corso decretó el bloqueo continental contra la Isla Afortunada: que la Armada de S.M. se aseguraría que Francia no comerciara más que con el permiso de Inglaterra.

La segunda idée force de los nacionalistas ingleses era salirse para impedir la creación de un super-estado Europeo. Y aquí también el culatazo que van a recibir va a ser de mayor contundencia que el tiro. Con toda probabilidad, su abandono va a acelerar y profundizar la integración de la Unión, por lo menos de un núcleo duro. De modo tal, que si la demagogia populista alardeaba con emular a los combatientes británicos que derrotaron al Kaiser y a Hitler –un disparate anacrónico, porque el respeto de la inmensa mayoría de los alemanes ante el referéndum no ha podido ser más escrupuloso- la salida del UK habría conseguido precisamente lo contrario: fortalecer como nunca el peso relativo de Alemania en la Unión, como ya ocurrió en el Tratado de Versalles al despiezar el Imperio Austro-Húngaro en una colección de pequeños estados a merced del Reich. Visto desde esa perspectiva nacional-populista –que repito está en las antípodas de la mía- habría que apostillar el Brexit con las palabras que Churchill endosó al acuerdo de Munich en 1938 y a la división de Checoeslovaquia: “una derrota sin disparar un solo tiro”.

En este contexto, debemos recordar que la unidad europea no es sólo, ni siquiera principalmente, una zona de librecambio, aunque naciera con ese fundamento. Surgió de las cenizas de dos guerras fratricidas y devastadoras y con una voluntad de entendimiento y acuerdo en un camino de integración que trocara los enfrentamientos franco-alemanes en cooperación y fraternidad y equilibrara la abrumadora superioridad germana en un conjunto mayor con vocación de unidad. Y, con todas sus limitaciones, ha tenido un éxito espectacular en ese objetivo de paz, prosperidad e integración. Tiene mucho más sentido reformar y democratizar la Unión –como hicieron los americanos con las Trece Colonias en la Convención de Filadelfia y la Constitución de 1787- que desmantelarla y liquidarla. Pero, eso sí: no se puede exigir democracia y luego oponerse a otorgar poderes para que el parlamento de Estrasburgo elija a la Comisión en Bruselas y a los altos cargos que de ella se derivan. No es coherente reclamar y negar la misma cosa al mismo tiempo.

Por fin, la dramática situación en que ese referéndum que pocos exigían, pero que Cameron convocó para unir al país y al partido Conservador, ha tenido el efecto contrario: no sólo nos hemos despertado con un partido Conservador más dividido que antes, sino con una crisis de liderazgo en el partido Laborista; mientras, Nicola Sturgeon, la dirigente nacionalista escocesa, propondrá en el Parlamento de Edimburgo la autorización para bloquear el Brexit, negociar directamente con Bruselas la permanencia de Escocia en la UE y convocar otro referéndum de independencia de lo que ya sólo sería Little England, porque los nacionalistas de Irlanda del Norte –donde, como en Escocia, el voto se ha decantado a favor de seguir en la Unión- se han apresurado a plantear su integración en la República de Irlanda –lo cual puede resucitar la espiral de odios y sangre entre católicos y Unionistas.

En resumen, no hay muchos ejemplos en que algo haya salido tan mal para tantos, incluso para quienes se creen vencedores, aunque, desde sus propios puntos de vista, sean quienes más van a perder. No me extraña la desolación de muchos británicos, y no sólo por el resultado –que también- sino por la forma y el tono de una campaña nacional-populista vergonzosa, que, apelando a los instintos más bajos y a las falacias más groseras, ha polarizado al país. Mi fiel directora de gabinete, Brenda Shannon –cuyo cariño, apoyo, buen hacer y discreción, ha sido una de las mejores cosas que me han pasado en esta vida- ciudadana de Bristol, la patria de Edmund Burke, se me echó a llorar en mis brazos al conocer el resultado, diciéndome: “menos mal, que también soy española”. Jamás pensé que oiría esas palabras de un británico. Me sorprende, pero no me extraña: en Inglaterra han votado, de forma visceral y sectaria, a favor del populismo nacionalista; en España, han calculado el mal menor y han votado contra el populismo bolchevique-peronista.

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