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CUARTOS DE FINAL: GALES 3 BÉLGICA 1

Gales hace historia, desquicia a Bélgica y es semifinalista | 3-1

Gales hace historia, desquicia a Bélgica y es semifinalista | 3-1
viernes 01 de julio de 2016, 22:49h
Actualizado el: 03 de julio de 2016, 01:47h
El contragolpe certero de los galeses citan a Bale y Ronaldo.

El segundo evento de los cuartos de final de la Eurocopa 2016 albergó la repoducción de una rivalidad advenediza, casi exógena a lo relativo a la aristocracia futbolística continental. Gales y Bélgica ya cruzaron sus desarrollos en la fase de clasificación para el campeonato francés presente, con saldo positivo para el irreverente combinado británico. Gareth Bale, autor de tres dianas y una asistencia de los siete goles anotados por su selección (y rotundo motor estadístico del aterrizaje galés, con siete tantos de once en el camino clasificatorio de los 'dragones de Cardiff') calificó aquel victorioso encontronazo primigenio (1-0, 12 de junio de 2015) como "la noche en que pasamos a otro nivel". En efecto, el actual éxito que gobierna la estrella del Real Madrid había ascendido hasta recibir parangón con la semifinal mundialista alcanzada por su país en 1958, pero no escapaba a la ilusión del primerizo. Tenía este viernes ante sí la posibilidad de transmutar una ensoñación en un hito histórico. Y lo hacía midiendo potencialidad con un bloque belga esperanzador, talentoso, joven y a la espera de refutar la reputación esbozada. La última generación dorada de los 'diablos rojos' todavía postergaba su desperar hasta este duelo que afianzaría su candidatura al título o establecería otro suspenso más a las expectativas generadas. Con Cristiano Ronaldo y su tediosa Portugal estudiando al púgil que enfrentará por un billete para la final, dos naciones llamadas a dar un paso al frente y asumir la responsabilidad que les ha sido encomendada enfrentaban su realidad.

 

Chris Coleman optó por repetir el modelo que tumbó a Irlana del Norte en octavos, a pesar del abrupto matiz técnico que separa a los celtas y los belgas. Intentando reforzar la solidez de la identidad de una apuesta que no dependa del oponente. Williams, Davies y Chester, tres centrales de notable potencia física, abrigarían a Hennessey y anclarían un dibujo sostenido por el trabajo de Ledley y la polifacética figura de Allen y Ramsey, los peones que habrían de jugar al fútbol en la medular. Gunter y Taylor, dos laterales que ejercen de carrileros de largo recorrido, deberían sumar en ataque y multiplicarse para taponar las temibles alas rojas y Robson-Kanu habría de repetir capacidad de desahogo para su equipo. En torno a Gareth Bale, liberado para navegar a su antojo, gravitaría una producción destinada a amortizar, de manera astuta, los espacios y en contragolpe. La hoja de ruta galesa se reafirmaba sobre un ejercicio brillante de orden y equibrio colectivos y la afinación de la puntería. Debía asentar su cierre y cohesión para jugar con la presión que soportaría su rival, tildado de aspirante el título. Con poco que perder y una inagotable predisposición al sacrificio se dispuso el colectivo británico a remarcar el carácter tacticista de esta Euro'16. "Sólo" necesitaría amarrar a una de las ofensivas mejor dotadas de Europa, de las más goleadoras del torneo, y aprovechar, con un acierto puntero, las opciones que se le presentrían. Se trataba de volver a negar relevancia a la calidad.

 


Marc Wilmots, ex futbolista participante del progresivo declive de resultados que ha experimentado la selección de Bélgica, leyó este trascendental envite como la prolongación del paisaje que catapultó su nivel ante Hungría. Debería disponer de la pelota y ostentar el mando del partido, con las transiciones y las pérdidas como únicos quebraderos de cabeza. Sin embargo, hubo de lidiar el seleccionador con el agujero que afligía al centro de su zaga (Vermaelen estaba lesionado y Vertonghen lesionado) y con las molestias de un Hazard renqueante. El astro del Chelsea parecería haberse recuperado lo suficiente, pues lució titularidad, y el técnico escogió juventud para suturar el desaguisado, entregando la alternativa a Denayer y Jordan Lukaku (central y lateral izquierdos, respectivamente). Meunier y Alderweireld completaban una zaga rematada por la irresistible sobriedad de Courtois. Witsel y Nainggolan conformaban un doble pivote de ida y vuelta, exhuberante desde el prisma anatómico, que alimentaría a la terna de flechas (Carrasco, De Bruyne y Hazard) que crearía y desestabilizaría, con Romelu Lukaku como nueve referencial. Pelearía el escuadrón belga, sobre todo, contra la irregularidad e inconsistencia confirmada, también, en este junio. Sin intensidad se diluye su rendimiento colectivo y la excelencia susurrada por sus estrellas en el duelo previo habría de ser refutada en un escalón superior. La distancia en el trato con el balón les otorgó el favoritismo y, otra vez, su perfil guadianesco suponía su peor enemigo. Y es que jugar contra su sombra, continuamente, no les ha estado enjabonando la eclosión ganadora.

 

Se alzó el telón de este anunciado el duelo de estilos que respondía al arquetipo: Gales quería pausa, interrupciones del ritmo, y Bélgica buscaba la celeridad y el control de la escena. El prólogo discurrió bajo un paradigma de dominio de la pelota belga, aunque la esencia de ambos combatientes se desmelenaba con el intercambio de sesiones horizontales y contragolpes abiertos tras robo. Los belgas trataron de elaborar más en estático de inicio, con Hazard aglutinando, desde el primer minuto, la atención y el cuero, pegado a la cal izquierda. Zizagueando sin ligazón con los rematadores en el área. Nainggolan y Jordan Lukaku se adherían al artista para colar superioridades exteriores que encontraron la neutralización rival y De Bruyne ocupaba la mediapunta, encarando a tres obreros británicos (Ramsey, Ledley y Allen). A pesar del colapso de la parcela central ideado por Coleman, el veneno de la aceleración centroeuropea escapó a los ajustes temprano. Corría el minuto seis cuando una combinación al primer toque y al espacio, fulgurante, que ideó De Bruyne y galopó sobre el desmarque de Lukaku abrió las hostilidades, enseñando la dirección de avance a los pupilos de Wilmots. El delantero del Everton advirtió la llegada, solitaria y en el segundo poste, de Carrasco, que remató para el despeje apurado de Hennessey. El rechace fue tapado por la zaga y el remate de Hazard también encontró el desvío del urgido muro. La precoz acción de peligro claro concluyó con un cabezazo desviado de Lukaku, en el córner subsiguiente.

 

Había salido mejor aposentada en el verde Bélgica y Gales recogió el aviso. Le buscarían las cosquillas lejos del ataque posicional, intentando morder en movimiento, donde Hazard, De Bruyne y Carrasco se desenvuelven como los mejores del mundo. Apuntado este epígrafe, el bloque galés cedió metros para evitar tal tesitura y se entregó al robo y salida con prontitud. Y encontró asiento a dicha decisión: un centro deTaylor en una transición dirigida por Bale y finalizada con un testarazo, a las nubes, de Kanu ejerció como respuesta -minuto 8-. Acto y seguido repitió el 11 madridista con una conducción efervescente y en vuelo, que en esta oportunidad se zanjó con el descerraje de un zurdazo al lateral de la red. Parecía haberse acomodado el equipo isleño al escenario propuesto por los belgas en los primeros 10 minutos, pero emergió, entonces, la fuerza decisiva de la calidad. Un cañonazo propulsado por Nainggolan desde 25 metros se clavó en la escuadra de Hennessey. La ténue circulación visitante fue encerrando en su área a los locales para ofecer metros a los 'diablos rojos' en su segunda línea. El mediocentro de la Roma, determinante con anterioridad, abrió boca de forma sublime en el minuto 13. El golazo, todo un gancho al mentón de la ilusionada parroquia galesa, pues castigaba y ponía en tela de juicio su propuesta contemplativa, inauguró el electrónico y dio paso a una mutación de partido que resultaría, a la postre, definitiva.

 

No cambió el guión a las primeras de cambio. Bélgica intentó aumentar su monopolio de la pelota y disponer velocidad o calma según sus intereses, con precisión y fluidez en la asociación. Gales, por su parte, siguió agazapado, esperando para dispararse a la contra. Los de Wilmots no soltaron el patronaje del envite, bien posicionados en la vigilancia de las escapadas oponentes y con soltura en la gestión del esférico, pero en torno al 20 de juego se desperezaron Allen y Ramsey en fase ofensiva, con Bale fluctuando entre líneas y los laterales sumados a la medular como carrileros. La posesión, en consecuencia, se reafirmó como una variable discutida. La estructura belga pasó la página y entendió el manejo de la ventaja como un relato sin riesgos ni verticalidad con balón, y una exigencia (replegada) de lucidez a la nublada creación galesa, oponiendo resistencia paciente y ordenada en cancha propia. Tendió a desinflar su brío competitivo y lo pagaría muy caro. La apertura de una ventana provocó el filón sobre el que refrescar la convicción del perdedor parcial, que se destacó sosteniendo asociaciones con hasta siete piezas en tres cuartos de cancha rival. El pase filtrado de Bale hacia Ramsey, que se soltó de su marca y apuró hasta línea de fondo, autografió el cambio de orden en la relación de fuerzas. El centrocampista del Arsenal, en un crescendo sostenido pero seguro, trazó un envío fino que remató Taylor, disfrazado de llegador. Courtois se presentó con una reacción espléndida -minuto 26-. La presión británica amanecía con cierto ascenso de metros de su dibujo para acompañar la estratagema destinada a significar una enmienda a la totalidad de la dinámica.

 


Bélgica pretendió sanar su descenso de vatios y ambición con la recuperación de la pelota, pero, quemada la primera media hora, la intensidad de su contrincante convertía en una penalización árida cada pérdida. No obstante, de una imprecisión de Nainggolan nació la convulsión del envite. El córner botado por Ramsey en que confluyó la recuperación se tradujo en un cabezazo cruzado a la red de Williams. Coleman recogía el fruto de los merecimientos expuestos por la valentía del cambio de pentagrama, y la soledad total del central galés y la deficiente defensa belga se aliaron para reiniciar el partido en el minuto 31. Jordan Lukaku, novato en esta altura, empezó a pasar factura con su fallo en la marca.

 

Volvió a activarse Bélgica, tarde y sólo cuando se vio sacudida por las tablas, a través de la voluntad y movilidad de Hazard, De Bruyne y Carrasco. Un centro del extremo del Atlético que desvió, in extremis, Hennessey cuando el regateador del Chelsea se relamía anunció una reacción que, por el contrario, se tornaría en espejismo -minuto 32-. Bale volvería a ejercer como contrapeso espiritual y asumió una nueva aventura ascética (cuatro para uno) que desestabilizó a la espalda belga y terminó en un derechazo que conjugó, estirado, Courtois. Ojo por ojo era la lógica sensitiva de un combinado británico que avanzaba en la edificación del dictado de la trama. Robson-Kanu ganaba el cuerpeo a los zagueros con asiduidad, para desahogo de los suyos y apoyo en el lanzaminto de contras. La sensación de amenaza galesa, reforzada con el gol, indigestó el devenir al sistema de Wilmots, desasistido de asideros energéticos. Era ahora el equipo dirigido por Coleman el que imponía temple y pesadez o frenesí tras dos pases de salida, con Allen y Ramsey brillando ante la desconexión del centro del campo rival. La irregularidad identitaria volvía a domesticar el rendimiento de la favorita. Lukaku, Hazard y De Bruyne no bajaban, entregando superioridades exeriores continuadas a los galeses, que atravesaban el intervalo de mayor comodidad desde el pitido inicial. Un cabezazo al cielo de Chester, tras ganar a Jordan Lukaku (que se hundía en una pesadilla a la que fue empujado por las circunstancias y el criterio de su entrenador) y el tímido testarazo de Alderweireld -minuto 40-, en una suerte de melé consiguiente a un saque de esquina, que representó toda la producción atacante de su selección en este largo trecho posterior a su gol, acercó el envite al camino de vestuarios.

 

Bale, Ramsey y Allen alternaban posiciones ente líneas y generaban dudas ajenas y llegadas en tres cuartos de cancha, evidenciando la asimetría de compromiso que desnudaba las grietas de la medular belga, descoordinada en el repliegue y descontextualizada con balón ante el control del tempo y el esférico oponente. Otro estertor mutuo -cabezazo arriba de Williams, que subrayaba el agrio déficit de concentración defensivo belga, y el chut muy desviado y desde media distancia de De Bruyne- dio paso a la última jugada del primer acto, descriptiva de lo visto hasta entonces. Fue un dos para cuatro en contragolpe, con mayoría visitante, que condujo Ramsey para conectar con el testarazo postrero de Kanu. Atrapó Courtois, pero la diferencia de ejecución de los automatismos colectivos de uno y otro equipo quedaron retratados. La intensidad galesa robó el rol protagonista a una Bélgica sin soluciones para reengancharse a la dinámica y exponer algo de la jerarquía que se le presuponía. Vacía de contenido, dejó crecer a una selección acostumbrada a hacer caja desde el estatus minusvalorado. Los guarismos alzaron a hombros al tapado, que clausuró el primer tiempo con un sorprendente 55% de posesión y sendos triunfos en llegadas al área (10 a 6) y tiros entre palos (4 a 3).

 

Necesitaba un radical cambio de actitud el combinado rojo para no contaminarse de la fe y el magnetismo anatómico galés. La calidad no relucía porque el trabajo no abonaba el terreno. Si Wilmots lograba que sus jugadores empataran el esfuerzo y concentración de su contrincante, la superviviencia en el torneo se reviraría para la selección isleña y los 'diablos rojos' se reencontrarían con la senda imaginada por su pronóstico. Decidió introducir el técnico a Fellaini por Carrasco, en una sustitución discutida, que sacrificaba calidad. Quería más equilibrio y, con Mertens como puñal de reserva, buscaba matizar el escenario, primero, para evolucionar y golpear, en segundo término. Nainggolan se soltó, por delante de Witsel y del recién entrado. Con Hazard y De Bruyne centrados, los laterales habrían de aportar, al fin, en ataque y, así, la reanudación asistió al arranque rutilante de mando belga, achique británico y con un cabezazo de Lukaku que lamió el poste de aperitivo -minuto 47-. La renacida vehemencia belga prosiguió con De Bruyne pisando la pelota, rebosante de clase, y rompiendo a su par para chutar arriba, desde la frontal -minuto 48-. El lance hiperactivo visitante, que evidenciaba la categoría anestesiada, también enchufó a su estrella. Una salida veloz que conectó con un mano a mano de Hazard con Gunter finalizó con el astro del Chelsea desbordando también a la ayuda y chutando muy cerca del palo largo -minuto 49-. La deflagración del favorito estaba servida.

 

La suma de los carrileros construía posesiones más consistentes y profundas, y generó, además, espacios para los dos artistas de la mediapunta. Presionaba arriba Bélgica y a Gales le correspondía mostrar orden y capacidad de sufrimiento. La tratativa de resistir la tempestad era, entonces, su horizonte. La charla decretaba que la caza de una contra resultaría una meta concebible cuando amainara el respingo de un equipo belga valiente y con personalidad, que dictaba un ritmo efusivo de duelo, el que le resultaba más favorable. Sin embargo, el pedigree irreductible de esta edición de los 'dragones de Cardiff' volvió a copar el cuadro, desplegando un número escapista que habría firmado cualquier Italia campeona de los cuatro mundiales que adornan su palmarés. Tragada la afrenta con resolución defensiva, una contraataque unió e iluminó a sus tres mejores jugadores. Bale inició el movimiento con una lectura delicada del movimiento de ruptura de Ramsey y un pase en profundidad quirúrjico. Se atravesaba el minuto 55 y, al tiempo que lo galeses tomaban sus primeras bocanas de oxígeno de la reanudación, el interior del Arsenal accedió al área gracias a una sabia interpretación de los espacios. Continuó el aguijonazo con un control revestido de seda y un centro hacia el punto de penalti. Kanu engatusó a los dos zagueros que le trompicaban, casi sin esfuerzo, y se granjeó un remate a quemarropa, desde el área pequeña, que alojó en la red con un zurdazo ajustado. Todo un chispazo imprevisto de elitista acierto promocionado por la endeblez defensiva belga. La fugaz apnea de concentración centroeuropea y la optimización extremada de los recursos del bloque dirigido por Coleman redondeó una remontada improbable.

 

Se desplegó un desafío a la angustia belga, pues unos y otros radicalizaron sus presupuestos coyunturales. Unos proponían, los que marchaban en desventaja, asumiendo riesgos, y los otros esperaban, solidificando su encierro en base a la confianza ganada en 60 minutos de batalla y casi tres semanas de campeonato. Todo ello propiciado por minutos soberbios de Aaron Ramsey, faro del aire galés. Entró en una suerte de 'shock' el favorito y tardó en aclimatarse a la nueva situación. No en vano, una débil falta directa lanzada por De Bruyne, desde media distancia, se reveló como el único conducto de sosiego (balón parado) en pleno apagón de Bélgica -minuto 64-. A continuación, disparó fuera de Williams tras recoger un rechace en otro córner ganado por los galeses y prolongación de su táctica de respuesta inmediata. Eden Hazard cambió de banda, hacia la diestra, con el fin de desequilibrar en asociación con De Bruyne mientras el efecto de laterales se dispipaba por la red de ayudas conformada por todo el equipo británico (incustrado en un repliegue intensivo en cancha propia). Acusó el resbalón el sistema de Wilmots, que abandonó el acelerador para sumirse en un ritmo cansino, inocuo, a la espera de algún ejercicio de virtuosismo de sus individualidades (que no llegaría) para superar la depresión sobrevenida. Pero el cansancio empezó a constituir un factor más y el campo se inclinaría hacia la meta defendida por Hennessey, con los belgas en ventaja de resuello.

 

Aconteció, antes de la última recta, un tramo en que Gales no localizaba rutas de desahogo y acumulaba imprecisiones que espoleaban a la transición belga. De una de estas situaciones -minuto 73- Menier llegó hasta la línea de fondo para centrar y Fellaini impuso su físico y cabeceó cruzado, muy cerca de la madera. Ya en el último cuarto de hora, Mertens entró por Jordan Lukaku (culpabilizado de los errores cruciales en el postpartido) en una sustitución ofensiva, que colocaba defensa de tres en una Bélgica que activó otra oleada que acogotó al repliegue galés, doliente, de nuevo, para salir a flote en la marejada definitiva de centros al área. El rol de Fellaini, instrascendente en el juego terrestre, ascendió en la vertiente aérea. Coleman diseñó su idea de cierre, en el entretanto, sacando a Ledley y Robson-Kanu del verde e introduciendo a King y Vokes. Puesto por puesto y más pulmones. El chut desde larga distancia de Witsel que se perdió por encima del larguero sirvió como preludió de la última nave quemada por Wilmots: Batshuayi sustituyó a un Romelu Lukaku falto de sustento y desacertado de cara a puerta. No se la jugaba el preparador a siete minutos del final, pues mantuvo a su trivote destructor y eludió apiñar rematadores en busca de los envios parabólicos.

 

Interpretó primordial mantener el control del centro del campo y guardar la espalda de la línea que le proporcionó el lapso de gobierno inicial en cada tiempo. Por lo tanto, eligió relativizar la urgencia y el arma aérea, esa que escapaba de la sangrante imprecisión en los últimos metros de la elaboración. Y la decisión, que generó indecisión y fango creativo sin argucias alternativas con pelota, con Hazard y De Bruyne definitivamente en claroscuro, secó la producción belga y atisbó, impotente, el colmo de lo previsto: una salida inconexa por banda diestra de Gales, que encontró a Gunter en un escaño muy ofensivo, colocó al lateral en disposición de desbordar a la cobertura tardía de Mertens y de centrar. El balón, lanzado con dirección imponente, prologó el sobresaliente testarazo cruzado de Vokes. Minuto 87 y tres a uno en el luminoso. La talentosa Bélgica había descubierto, tarde, su papel como sujeto pasivo de una oda al pragmatismo, el contragolpe y la pegada. Los británicos se ahorraron agonía por su puntería y los belgas se despidieron, atónitos, por mor de sus consabidos fantasmas. Collins entró por Ramsey con todo decidido, para que el enganche del Arsenal recibiera una ovación legendaria. Se legitimó el colectivo por encima de la influencia indidivual de Gareth Bale y sobre las ruinas del eterno candidato a ser candidato. Los isleños corrieron seis kilómetros más que su oponente y le disputaron la pelota en una actuación histórica para la nación galesa, que viene a corroborar lo delicioso del formato ampliado de la Eurocopa. Con Islandia aguardando turno, ya hay un combinado empeñado en asaltar el cielo y delinear el nihilismo estilístico: el tiqui-taca ha pasado a representar la anécdota.



Ficha técnica:
3 - Gales: Hennessey; Davies, A.Williams (C), Chester; Gunter, Ramsey (James, m.88), Ledley (King, m.78), Allen, Taylor; Bale y Robson-Kanu (Vokes, m.80).
1 - Bélgica: Courtois; Meunier, Alderweireld, Denayer, J. Lukaku (Mertens, m.75); Witsel, Nainggolan, De Bruyne, Carrasco (Fellaini, m.46), Hazard (C); y R. Lukaku (Batshuayi, m.83).
Goles: 0-1, m.12: Nainggolan; 1-1, m.30: A. Williams; 2-1, m.55: Robson-Kanu; 3-1, m.85: Vokes.
Árbitro: Damir Skomina (Eslovenia). Amonestó a los galeses Davis (m.5), Chester (m.16), Gunter (m.24) y Ramsey (m.74) y a los belgas Fellaini (m.58) y Alderweireld (m.85).
Incidencias: Partido de cuartos de final de la Eurocopa 2016 disputado en el estadio Pierre-Mauroy de Lille ante unos 50.000 espectadores.

 

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