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DESDE ULTRAMAR

Reencuentro sideral entre Júpiter y Juno

jueves 07 de julio de 2016, 20:12h

Me extasía las imágenes y los sonidos que envía la sonda «Juno» desde la órbita de Júpiter, programada para alcanzarla tras de cinco años de viaje, para un 4 de julio de 2016, fecha coincidente con la conmemoración de la independencia de los Estados Unidos de América, justo en el 240 aniversario de la firma de su acta fundacional. No es casualidad y no es la primera vez que la Unión Americana empalma sus triunfos espaciales con la efemérides más significativa de su historia, tal y como ya lo hizo en 1997 al descender en Marte la nave «Mars Pathfinder».

Ha sido formidable la asombrosa conjunción juntando nuevamente, a Júpiter y a Juno. Tal y como en la antigüedad clásica.

El periplo interplanetario de «Juno» advierte nuevamente a los terrícolas cuán pequeños somos en el universo –uno sujeto a nuestras especulaciones– y cuán olvidadizos de que solo tenemos un planeta, al que estropeamos de mil maneras. Nos recuerda la magnificencia de nuestra galaxia y la munificencia del cosmos, de inmensidad infinita; revelándonos lo desconocido y hasta ahora más imaginado, que sabido. «Juno» es a todas luces y para todos los efectos, la avanzada de la Humanidad en tan lejanas e inhóspitas latitudes. El planeta gigante apenas si será cosquilleado al acercarse ella a él, con milimétrica precisión que acusa fracaso de la sorprendente misión, si fallara, y ella atinó exitosa. Quienes dudan incrédulos del arribo del hombre a la Luna, no es mi caso, a ver cómo se explicarán esta proeza descomunal y sin parangón. Yo no tengo manera de dudarlo ni me interesa hacerlo. Lo atestiguado ha consagrado su nombradía y perdurará, ya lo verán.

Semejante prodigio, tal acontecimiento buscando ingresar a la atmósfera de Júpiter, escudriñándolo, es algo tan grandioso que nos sublima, nos conmueve, nos fascina. Y nos embelesa porque sabemos que el Hombre está consiguiendo de forma palmaria a través de esa nave espacial, un acercamiento que jamás se había alcanzado: se trata de una hazaña elogiable e inolvidable, un referente en la historia de la exploración espacial con semejante trayecto interestelar. Así de sencillo de exponer. Yo sí equiparo lo visto y oído estos días como símil del descubrimiento de América de 1492 o con el alunizaje de 1969.

Deambulamos por nuestro sistema solar y surcamos el espacio exterior, con apenas un puñado de contingentes que han viajado por él y más allá con destino desconocido, en búsqueda de nosotros mismos, de nuestros miedos y de nuestras dudas y de sus incognoscibles respuestas –que desconocemos si admitirán réplica en el incierto caso de saberlas algún día– y de nuestros anhelos y de nuestras fantasías, esas que nutrieron la novela, el cine, la lírica –con sus odas, elegías y égoglas– o la música y la incombustible imaginación de todos los pueblos de la Tierra que tuvieron la curiosidad sancochada de misterio y fe, de posar sus ojos en el firmamento, una bonita palabra que evoca la lejana idea de que la bóveda celeste estaba fija. «Juno» anda en esas mismas y nos tiene pendientes de su odisea, develando lo visto por mayas, egipcios o asirios.

¡Qué acierto de la NASA al colocarle el nombre de «Juno» a una astronave que haría contacto con Júpiter! Evoca de una manera fenomenal la relación entre ambos dioses romanos supremos de inspiración helénica. Echaba de menos esas denominaciones mitológicas, práctica con raigambre en la carrera espacial, tras de tanto alias alfanumérico y uno que otro ocurrente y desafortunado por oportunista. Juno era la diosa madre, esposa de Júpiter, la mil veces engañada, pero siempre poderosa. Invocarla en ese reencuentro con el padre de los dioses, supone ser una feliz ocasión de la que nos congratulamos, porque reviste portento y lucimiento denodados a tan significativo episodio, que es un suceso de gran envergadura. No es menor ni baladí ni un momento más, simplemente.

Empero, no acaban allí las noticias espaciales. China anuncia estar lista para emprender su carrera hacia el Espacio infinito, tras de aquel alunizaje del artefacto «Yutu» en diciembre de 2013, que no obstante haberse averiado tiempo después, mostró sensacionales imágenes de nuestro satélite. También ya avisó en julio de 2016 que ha concluido el mayor radiotelescopio del mundo, «FAST», para detectar indicios o señales de radio extraterrestre y con ello, confirmar la existencia de vida “inteligente” en parajes alejadísimos. Ergo, China está en la onda y de qué manera. No solo es pagodas y míticos dragones.

Los rusos planean regresar a la Luna, cual si desistieran de Marte, dejándolo a la NASA. Tras poner un programa cuya meta será 2029, en mayo de 2016 nos avisan un proyecto de taxi que permita llegar a ella desde la Estación Espacial Internacional (que se concluyó entre 2010 y 2011). ¿Veremos una base permanente situada en la superficie lunar? Cuando supe la nota recordé un librito que tengo desde niño, que describía el futuro en el siglo XXI. Muestra la Luna colonizada, desarrollándose allí unos Juegos Olímpicos. Me sigue pareciendo una quimera, pero el Hombre allí está, planeando nuevas rutas espaciales que incluyen a Selene, nuestro astro lunar. Si hace cien años apenas se balbuceaba el futuro, hoy podemos pergeñarlo acaso igual de extraviados, aunque con tantos elementos aportados por los avances de la ciencia y la tecnología. Y lo que no veremos, pienso, echando la imaginación al vuelo.

Tras de retozar un ratito en el espacio exterior, con la dicha inconmensurable de efectuar un viaje interestelar cual turistas espaciales, de esos que ya hay por un “módico” pago, chacoteando sin gravedad entre planetas enanos, planetoides y asteroides, traveseando en compañía de «Juno» entre las estrellas y los satélites, ya nos aproximamos a la Tierra, dejando atrás nuestra sublime Luna craterada y a ese pegote recién descubierto que se nos adhirió hace cien años, orbitando cual pedrusco advenedizo al que no consideramos un satélite más de nuestro mundo, denominándolo «2014 OL339», de entre 90 y 200 metros de diámetro, sumándose a los cuatro cuasisatélites de nuestro planeta. Y ya traspasamos las distintas capas de nuestra atmósfera, ya oímos las gracejadas de nuestros gobernantes, las explosiones en Iraq y los balazos en Orlando, bocinazos, la última de Justin Timberlake, el llanto de quienes perdieron el brexit, unas campanadas o un martilleo incesante, la lluvia estruendosa de un aguacero veraniego que nos recuerda porqué vivimos en un sitio habitable y el pitar intermitente de un teléfono móvil. Hemos vuelto sin habernos ido, acaso. Solo resta decir con un leve suspiro ¿en qué estábamos? ¿en qué nimiedad nos quedamos? ¿qué pequeñez de nuestro mundo toca atender, hoy? Si nos han sorprendido los sonidos atronadores emitidos desde Júpiter, no quiero ni pensar qué oirán de nosotros los jupiterianos. Me da un poco de alipori suponerlo, siquiera. Resta el consuelo de mirar al cielo buscando luceros que advierten ser planetas en la lejanía, o un eclipse o la Luna de sangre, o de tener la dicha como yo, de haber visto pasar dos estrellas fugaces, al menos. ¿Lo emboba y lo arroba todo lo narrado y todo lo anotado? Ya somos dos.
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