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ENSAYO

Philippe-Joseph Salazar: Palabras armadas

domingo 10 de julio de 2016, 16:35h
Philippe-Joseph Salazar: Palabras armadas

Traducción de Ignacio Vidal-Folch. Anagrama. Barcelona, 2016, 248 páginas. 18,90 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En Palabras armadas. Entender y combatir la propaganda terrorista, Philippe-Joseph Salazar nos presenta una obra sin complejos en la que analiza la forma de operar del terrorismo islamista y la respuesta (deficiente y cobarde en ocasiones) que han ofrecido los gobiernos y democracias occidentales.

El autor plantea un terreno en el que la partida está, de momento, ganada por quienes defienden el liberticidio permanente: el del lenguaje y los conceptos. Para ello, sigue una estructura uniforme a lo largo de la obra. Las notas al final de cada capítulo y las abundantes referencias bibliográficas demuestran tanto su solvencia investigadora como su conocimiento del objeto de estudio.

No obstante, en determinadas partes de la obra, abusa del metalenguaje (lo que puede limitar el número de lectores susceptibles de entender el mensaje) y de un estilo narrativo un tanto denso que resta dinamismo a la lectura. Pese a ello, el resultado debe calificarse de más que óptimo, en particular, porque decide llamar a las cosas por su nombre, lo que le distancia de los parámetros de la corrección política.

Esto último, sin duda alguna, es fundamental si se quiere combatir el terrorismo islámico y todo su entramado mediático. Sin embargo, hasta la fecha, los gobiernos occidentales han preferido recurrir al buenismo (y al circunloquio estratégico) en lugar de encarar el problema de frente. En palabras del autor: “En la lucha que se nos dice que libramos contra la radicalización islámica o islamista, mientras no hayamos comprendido que los valores republicanos ya no tienen la fuerza declarativa y categórica de las formulaciones de la fe mahometana, tendremos déficit de armamento discursivo”(págs. 12-13).

En efecto, Occidente ha preferido el (ineficaz) diálogo, al que otorga poderes casi mágicos, frente al llamamiento. En íntima relación con esta idea “se ha orquestado un discurso tranquilizador, que procura inscribir la violencia en marcos racionales. Se trata de expulsar la violencia fuera de la esfera pública y de racionalizarla”(pág. 164).

Por tanto, se ha llevado a cabo una perversión del lenguaje, incluso por los medios de comunicación. Así, el mártir en el islam es quien perece tras cometer una acción violenta, mientras que en el cristianismo es quien padece la violencia. Este último significado es el correcto, pero como lamenta el autor, no es el que prevalece. Otro error, no menos trascendente, deriva de considerar que hay dos lecturas posibles del Corán, “una mala (la literal) y otra buena”.

Asimismo, la peculiar concepción del territorio patrocinada por el islamismo provoca que en Occidente seamos extranjeros en nuestros propios países. En efecto, producto de esta macabra argumentación, “somos nosotros los criminales, y no el partidario del califato que degüella, apuñala o ametralla en la calle de una ciudad occidental”(pág. 48).

Junto a ello, proliferan los vocablos que exculpan al terrorista, cuando uno de los que mejor lo definen debería de ser el de traidor, sobre todo cuando se trata de un ciudadano occidental que ha cometido atentados en nombre de Alá. Además, dentro de las justificaciones, se repiten determinadas causas, como la marginalidad social, como las responsables del comportamiento del terrorista. Esto último acaba eximiendo de culpa alguna a la religión, de tal manera que cualquier crítica al islam se entiende como un ejemplo de islamofobia (págs. 170-171).

La propaganda del califato se dirige a gente bien formada, mientras que la de los servicios secretos, subraya el autor, parece que tiene como destinatarios a “imbéciles”. Consecuentemente, del resultado final nadie debería alarmarse ni sorprenderse ya que el terrorismo islámico capta a personas de clase media, bien formadas y que conciben la yihad como una buena causa.

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