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NOVELA

Pablo Rivero: Erase una vez el fin

domingo 10 de julio de 2016, 16:39h
Pablo Rivero: Erase una vez el fin

Anagrama. Barcelona, 2016. 136 páginas. 14,90 €.

Por Francisco Estévez

Frente a la miope observación de algunos nuestra narrativa goza de buena salud a pesar de la sobreabundancia paraliteraria y el acoso del diletantismo atroz. Por ello es buena señal que el realismo sucio practicado por Pablo Rivero se vea reconocido con el salto al sello de Anagrama. Algunos recordarán aún las dentelladas propiciadas por la lectura impúdica de La balada del pitbull (2012). La marginalidad se encarnaba allí como personaje múltiple y vuelve ahora sin resquemor en la presente novela, cuando más falta hacía quizá un retrato corrosivo de las miserias que nos rodean.

En poco más de 130 páginas y en vertiginoso ritmo asistimos a la narración en primera persona del derrumbe personal de un pianista venido a menos con trabajo precario y acosado por la adicción a la botella y al juego. La miseria del extrarradio, una familia castradora y otros encantos que tiene la vida moderna salpican los límites del mundo del protagonista. No se escatima nada al lector en el retrato descarnado del Gijón de los bajos fondos. Ya el primer capítulo nos presenta el final y todo lo siguiente será la reconstrucción trepidante de los hechos que condujeron al descalabro. El personaje se cuenta a sí mismo al modo en que el moribundo repasa aceleradas las escenas de su vida en el estertor final.

Una calculada prosa con una batería de recursos estilísticos siempre al servicio de la novela y un brillante uso del español hacen de Érase una vez el fin una estupenda narración. Pablo Rivero concilia metáforas eficacísimas con observaciones agudas del personaje. Este contrapunto le permite aligerar el paso entre escabrosos temas como las acometidas del pasado, los arañazos del paro, la droga y sus picotazos o la violencia pandillera. Además tiene centelleantes escenas como aquella de la timba de póker o portentosas descripciones como la de la inmigración en barrios suburbiales o unas ásperas Navidades, y cómo no, la crueldad familiar y vecinal.

El puntiagudo pensamiento del protagonista adquiere brillos de buen temple en la prosa afilada de Pablo Rivero: “Ya no está el abuelo aquí, para contar las verdades desde el indiferente púlpito de la edad”. Hasta el tiempo se convierte en duro maltrato: “Un reloj que sonaba a hebilla de cinturón estampándose en piel”. En suma, una ciudad ésta de “fluorescente con párkinson”. Valgan estas pequeñas muestras del sistema compositivo de nuestro ducho novelista y de su singular protagonista quien afirma: “Siento que mi pene es la prolongación física de mi propia maldad”. Al texto solo lo debilita alguna pequeña referencia sin mayor proyección, como las menciones iniciales a un antiguo viaje del protagonista a Varsovia.

Pablo Rivero posee una fina sensibilidad para el pespunte psicológico. Sin calzador alguno es incluso capaz de colar de rondón alguna idea del protagonista que parece más un chiste del propio autor. Por ejemplo, el fugaz recuerdo de un conocido de inquietante nombre, Falo, y su tesis doctoral: “La endogamia cultural en España durante los siglos XIX y XX”.

El eclipse de interés por la forma lleva a un movimiento pendular por parte de algunos narradores que buscan en el río de la vida temas singulares de gran poder atractivo, como ansiadas pepitas de oro del lejano Oeste. Érase que se era… los cuentos con que nos acunaban de pequeños han mudado tenebrosamente de piel. Ahora y sin salvación posible llevan al colapso al entonar: Érase una vez el fin. Una apuesta sólida, con oficio y brillantez. En pocas palabras, un narrador de pulso firme, un talentoso escritor y una muy buena novela.

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