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FINAL: PORTUGAL 1-0 FRANCIA

Portugal, campeón de la Eurocopa frente a la anfitriona

Portugal, campeón de la Eurocopa frente a la anfitriona
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domingo 10 de julio de 2016, 20:33h
Un gol de Éder en el minuto 109 de la prórroga certificó el triunfo luso.

El último peldaño de la pastosa Eurocopa 2016 congregó los focos del planeta futbolístico en torno al regazo del balompié galo, el coliseo de Saint Denis. Con la concepción preciosista y colorida de este juego, categorizada como 'tiqui-taca', sentenciada a la sumisión por el tacticismo, la ceremonia previa a la improbable final pareció el ritual del cambio de guardia. Xavi Hernández, cerebro sobre el que se cimentó el mejor lustro del integrismo ofensivo, entregó el trofeo para que Portugal y Francia, exponentes del pragmático fútbol moderno, batallaran por devorarse la pieza y el trono de referente de los aires dominantes en el presente. En juego, amén de teorizaciones, se desplegaba el envoltorio sentimental que contextualizaba el combate: los anfitriones degustaban una nueva oportunidad para restañar la herida deportiva que aflige al país vecino, que solloza al comprobar cómo las mieles se le escabullen para ahondar en su desasosiego en las disciplinas que otrora le resultaban al alcance de la mano; y los ibéricos ardían, hambrientos, por rebelarse como legítimos herederos de las doradas generaciones que brillaron sin alcanzar ningún entorchado. En términos estadísticos se medían el mejor ataque del campeonato (máximo goleador incluido) contra un finalista capaz de serlo con una sola victoria (durante el tiempo reglamentario) en los seis partidos disputados. De crecimiento dispar (los locales afilaron sus colmillos con el paso de las fechas y los visitantes retrajeron su arsenal para ganar buqué desde el candado), los púgiles supervivientes del exigente estío lucharían, además, frente a la reputación que les perseguía. Lo harían, en definitiva, por proclamarse campeones ante la marejada de críticas y suspicacias que levantó su 'retrógrado' (según la ortodoxia combinativa) modus operandi. Pasado el tiempo de catársis y confirmación de los presupuestos, la puntería dispondría entre la guerra de guerrillas triunfante.

 

Didier Deschamps, acuciado en la primera fase por la pátina de dudas que sembró el rendimiento ofensivo de los suyos, escogió jugarse el ánimo deportivo de su relamido país reproduciendo el sistema descubierto tras la baja de N`Golo Kanté, el ancla del Leicester que era aclamado como insustituible. Decidió en aquella sanción el técnico recolocar las piezas de su musculosa medular. Así, Pogba mutaría su ida y vuelta para quedar amarrado como distribuidor y serían Matuidi y Cissoko los encargados de imponer exuberancia anatómica. Payet volvería a asumir la exclusividad creativa, con la movilidad de Griezmann y la inteligencia de Giroud complentando la terna atacante de mejor ratio goleador (con diferencia) de la competencia. Evra y Sagna figuraban en los costados como carrileros, obligados a sumar en fase ofensiva y a vigilar su retaguardia (labor compartida con los homólogos portugueses), y Umtiti repetiría titularidad (con 22 años sentaría, de nuevo, a zagueros de la talla de Rami o Mangala) como pareja de Koscielny y último filtro antes del reputado meta Hugo Lloris. Se había especulado en la previa sobre la partitura francesa con respecto a la posesión. Tener el balón o entregarlo se antojaba secundario en un guión que subrayaba la imposición del ritmo por el conducto de lo físico, y no de lo técnico. Es por ello que a les bleus les bastaría con implementar el ataque por ráfagas y el establecimiento del listón de resuello en graduación absoluta -que desnudó a Alemania en semis-, aunque no podrían descuidar la consistencia en repliegue, pues la ausencia de un destructor en el centro del campo exigiría una especial atención a todos los obreros en nómina, para cuidarse de la transición oponente -casi única arma rival-. La cohesión se planteaba como epígrafe tan relevante como el atino en el último tercio de cancha. Habría de enseñar paciencia asociativa y concentración vigilante para no soltar las riendas y cuestionar el favoritismo que susurraba la conquista de su tercera Euro.

 

Fernando Santos, tantas veces acusado de practicar un fútbol feo como ocasiones aprovechadas para defender, con orgullo socarrón, dicho estilo, contempló el evento de este domingo como la consecución de su ópera magna. De su oda a la eficacia en la de optimización de los recursos. Desprovisto de la calidad de otras ediciones lusas, el seleccionador edificó un bloque granítico que preponderó el equilibrio y confió a la velocidad de su línea ofensiva (o el acierto en las acciones de pizarra) el plan y la distancia del viaje. Vació de contenido artístico su doble pivote arquetípico (Adrien Silva y William Carvalho) para que dicho cuerpo significara un anexo a Pepe (sano a tiempo) y Fonte, sus torres de la zaga. Cedric y Guerreiro, tapones exteriores, se lanzarían en incorporaciones sorpresivas que nutrieran la laboriosa desestabilización promocionada por Joao Mario y Nani. El magnetismo de Renato Sanches (18 años y motor del combinado) y Cristiano Ronaldo (demiurgo espiritual y aspirante más despejado, por currículo, al próximo Balón de Oro) describirían la profundidad de la presentación lusa. Rui Patricio habría de sobresalir ante la presumible tormenta oponente. La fluidez con balón (complicada por la elección de los peones en el centro de la cancha), firmeza en la red de ayudas prevista e intensidad coral marcarían la competitividad de este inesperado invitado a la fiesta. Sus tres empates inaugurales condicionaron el estatus de tapado que ha terminado por beneficiar la travesía de un equipo urgido por cazar en cada contra y refrescar la valía especuladora, pues su hoja de ruta sólo asumiría manejarse con el cuero toda vez hubiera evolucionado el duelo. El juego con la presión (y angustia) del anfitrión no era sino otro de los aliños de la receta del éxito portugués. Su oficio y solidez recibirían una fiscalización definitiva ante uno de los pocos escuadrones que empequeñecerían su balance morfológico. Se anunciaba una partida física elitista y, llegados a este punto, no cabían las lagunas de fe.

 

Comenzó este baile entre dos guerreros de pelaje asimilado esbozando la preeminencia de las intenciones locales. Francia se aposentó mejor en su rol dominante y no tardó en presionar muy arriba, reclamando el protagonismo con el balón y penalizando a la depauperada primera salida de juego visitante. Portugal sólo consiguió revolverse sobre su eje, sin encadenar dos pases seguidos e incapacitado para domar al león venidero. El hambre galo se apoderó de la escena y, a pesar de que el acercamiento inaugural fuera rojo, el viento azotaría a la trinchera portuguesa en el prólogo de envite. Cedric lanzó un pase profundo parabólico para el desmarque de Nani en la mencionada apertura de hostilidades -minuto 5-. El nuevo jugador del Valencia ganó la espalda a la adelantada zaga y descerrajó una volea que salió por encima del larguero en el primer aviso: los pupilos de Santos replegarían velas y esperarían para explotar el modelo de robo y salida. Pero la respuesta francesa aconteció de inmediato, para confirmar el arranque monopolístico. La jugada reactiva nació de un balón aéreo frontal que Griezzman tradujo en un envío sabio hacia Giroud. La defensa repelió el pase, con dificultades, y Sissoko cazó la pelota para mandarla con dirección a las nubes -minuto 6-. Acto y seguido surtía efecto el ahogo decretado por Deschamps y Evra cortó un balón para entregar al delantero del Atlético un chut demasiado angulado.

 

La intensidad francesa ganaba los rechaces, se granjeaba las segundas jugadas y dictaba el tempo. Con un ritmo disparatado, más familiar a las pretensiones locales, Portugal se afanaba por alzar vatios y lograr la simetría de revoluciones, alcanzando, así, el vértice sobre el que anestesiar la trama. Para ello buscó acometer una enmienda a la posesión azul que se aplazaría. El centro del campo francés gobernaba el caótico devenir y no remitirían las acciones de remate cultivadas. Un fallo en la salida de pelota de Pepe, que llegó a las botas de Payet, prosiguió el soliloquio. El interior de West Ham dibujó un centro delicioso que Griezmann prolongó hacia la escuadra, con un cabezazo fino. La conexión fugaz propició la estirada a mano cambiada, providencial, de Rui Patricio -minuto 10-. El partido había sido conducido a un pestañeo acelerado que quemó el primer cuarto de hora con los ibéricos faltos de convicción con balón, lo que conllevaba la ausencia de asideros para desahogar el esfuerzo. Lucían capacidad de sufrimiento en este trance sin plantearse contragolpes que supusieran una amenaza para el confiado y energético despliegue local. En este paisaje resaltaban los pasillos centrales creados por Cissoko, Payet y Griezmann. Alternaba Francia posesiones horizontales con balones entre líneas, cómoda en el mando de la lógica. William Carvalho necesitaba, pero no encontraba en este brete, la ayuda de Joao Mario y Nani. Renato Sanches sufría para ajustarse al escaño táctico correspondiente y la superioridad gala en la medular, afianzada con los laterales actuando como carrileros, era, ya, tangible.

 

Sin embargo, las consecuencias del deshonesto golpe de Payet asestado sobre la rodilla de apoyo de Ronaldo desfragmentaron la fórmula. El ardor francés anhelaba marcar el territorio en ambas fases del juego y la fealdad de la patada del 8 bleudio con los huesos de Cristiano en el verde -minuto 17-. Se desató, entonces, una apnea que asistió al via crucis experimentado por el goleador del Real Madrid. Primero abandonó la cancha, entre lágrimas, pues entendió que la especie de puñalada de su némesis deshacía, de un tenebroso plumazo, su último anhelo irresoluto: ganar un título con su país. Ya en la banda, mientras Quaresma empezó a calentar, fue atendido y vendado, para convencerse y regresar, con los ligamentos de su rodilla izquierda comprimidos en un vendaje de nostalgia. Se probó y trató de somatizar bienestar. Le resultó imposible. Le punzaba un esguince de grado uno -como atestiguarían los servicios médicos en el post-partido-. En el minuto 24 volvió a la lona, lanzando el brazalete a la hierba, desolado y resignado. Se tendió sobre la camilla y se abandonó a la consternación ante la ovación de Saint Denis. Había sido suprimido de la final. No había consuelo. O, como se demostraría, no parecía haberlo, porque la sangrante y obligada sustitución -Quaresma entró- repobló el doliente centro de campo luso, secando el flujo de avance francés y comenzando a contaminar de interrupciones el continuado control de la pelota local.

 

El advenimiento del uniforme de líder asumido por Sissoko (tomó las riendas del desequilibrio local con diagonales individuales) en el minuto 22 y el mencionado punto de inflexión traumático dio paso a un nuevo paradigma que se extendería hasta el descanso. Llamó a la puerta de Rui Patricio el todocampista del Newcastle, encendido por un slalom que no se topó con ningún obstáculo hasta la frontal, pero su disparo fue desviado a córner y la metamorfosis de la relación de fuerzas tocó tierra. Nani se colocó como única pieza adelantada, con Quaresma adherido a un centro del campo de cinco jugadores. Cumplimentada la primera media hora de final, Portugal sacó tajada del imprevisto hasta recomponer el rictus competente en el achique y discutir la posesión y el tempo. Santos añadió una muesca a su zurrón al matizar la profundidad gala con orden. Apostó por desactivar el mandato del partido oponente por la vía del colapso del ecuador de cancha y el ritmo se despeñó, para vanagloria del primer intervalo de sosiego visitante. Los lusos habían adelantado líneas y templaban la inercia y sensaciones del debate con jerarquía. Fruto de tal tirita -convertida en estratagema, a la postre decisiva-, el secundario se sobrepuso al infortunio capital para recluir la densa producción francesa hasta recudirla a un sólo acercamiento antes del intermedio. Lo firmaría Payet. Arribó en el 33 de juego al extremo izquierdo y filtró un pase hacia el interior del área. Explosionó, allí, el túnel espléndido de Sissoko a su par, al primer toque, que desembocó en disparo que conjugó Rui Patricio.

 

El sistema de Deschamps se vio amaestrado y su faceta ofensiva, poco lúcida a pesar de haberle sido entregado el bastón propositivo, no superaba el fango y se entregaba al acierto descontextualizado de chispazos individuales. El dibujo portugués ganó el desenchufe de Griezmann con respecto a sus interiores y los anfitriones padecieron un apagón creativo, ya que no había espacios a las espalda de Pepe y Fonte y las superioridades por banda no existieron. Así, la horizontalidad controladora adoptada por Portugal dio el relevo a los incipientes mordiscos en el área de Lloris. Abrió fuego un centro de Guerreiro, despejado por los centrales y rematado, en forma de volea desatinada desde la frontal, por Adrien Silva. Y prolongó el renacimiento luso su primera combinación fluida. Sucedió en el minuto 39 y en transición. La dirigió Nani, que ofreció la opción de chut, desde la frontal, a un adelantado Adrien Silva. El jugador del Sporting prefirió ceder para la llegada y disparo de Guerreiro, que se marchó a la esquina. Fonte cabeceó arriba el saque posterior, mas el pentagrama de competición no volvió a alocarse, como añoraba Francia. La movilidad de los atacantes lusos acabó de acomplejar a la seguridad gala y la medición de riesgos sesgó un envite tendente al repliegue sobre sí mismo. El cruce y colisión de testas entre Evra y Quaresma delineó la metáfora de brío desaforado, dolor y más celeridad que claridad que representaron los primeros 45 minutos. El físico subyugó a la calidad y las escaramuzas se entremezclaron para desanudar la tragedia portuguesa, cuya final se viró en una proeza con precocidad. Les bleus no amortizaron el shock y Portugal recompuso el gesto con gallardía. Con la pulsión competitiva que le ha transportado desde la clasificación agónica a octavos hasta esta altura.

 

Ganaron los de Deschamps en lo estadístico (tres tiros a puerta por ninguno de su contrincante y una relación de cuatro a siete llegadas al área), pero los ibéricos alcanzaron el cuestionamiento de la posesión (55%) y, por lo tanto, de lo anímico. Se estaba jugando sobre el tapete de Santos y la favorita buscó una convulsión que precipitara el intercambio rítmico de golpes. Lo hizo, en primer lugar, alzando sus líneas en la reanudación y, en segunda instancia, introduciendo una sustitución efervescente. Salió de vestuarios estableciendo una escapada Francia, que multiplicó su actividad, concentración y derroche. Quería ceñirse al primer impulso del combate, pero Portugal no cedería intensidad y el efecto buscado se diluyó ante la imposibilidad para diseñar soluciones ofensivas que explotaran el espacio de la mediapunta. La volea de Pogba, tras un despeje de la zaga lusa, fuera de palos, corroboró la voluntad y la niebla francesas. Por ello quiso el técnico campeón del Mundial 1998 como capitán de les bleus entregar la alternativa a Kingsey Coman. El regate y el desequilibrio en el uno contra uno del joven desatascador del Bayern sentó a un Payet desenchufado y pitado por su deslealtad para con los valores de este deporte. Con el campo más abierto, Umtiti asumió la responsabilidad de la gestión de la salida de pelota (Pogba, fuera de sitio y marcado, se empequeñeció cada vez más) y amaneció la acumulación de envíos frontales que batían líneas y granjeaban opciones. La primera recayó sobre Coman, recién entrado, que lanzó el galope de Griezmann. El punta colchonero venció a Fonte y disparó al vuelo, pero su chut cruzado no supuso inquietud para Rui Patricio -minuto 58-.

 

Volvió la escuadra portuguesa a pretender la anestesia, aunque no le resultaría sencillo. Francia aguardaba, en cancha propia, para robar y salir, y su valentía posicional encerró a una Portugal mutilada para sacar el balón. Coman emergió en un lapso soberbio de trascendencia. En el 67 de partido encontró un mano a mano con Cedric que continuó con una finta y centro quirúrgico para el cabezazo, solitario, de Griezmann. El balón no tomó portería por poco. Perdonó el goleador indio pero mantuvo su personalidad el extremo del Bayern. En el 68 lanzó un cañonazo desatinado desde media distancia y en el 76 culminó su reclamación de atención: recibió de espaldas, se giró, encaró y dribló a dos rivales para filtrar un pase entre líneas para el desmarque de Giroud. El delantero del Arsenal engatilló atravesado para el valioso despeje de Rui Patricio. El daño lateral ocasionado por la modificación estaba desbalanceando el orden luso y Santos redobló su apuesta quemando las naves y desbaratando su ambición. En el 70 dio entrada a Moutinho (por Adrien Silva) y en el 77 regaló descanso a Renato Sanches (mitigado por la exigencia) para colocar a un delantero posicional, Éder. Arriesgaba el técnico luso para recuperar la pelota y romper la trayectoria dibujada por Deschamps. El jugador del Mónaco, el más dotado técnicamente del seleccionado, ayudaría a apaciguar la circulación propia, necesaria para aplacar el rol del cansancio, y el espigado punta entregaría soluciones de desahogo en largo y a la contra. Y el antídoto del decantar desfavorable surtió efecto. La asiduidad de remate galo amainó y el cuero volvió a ser discutido, con el consiguiente reparto igualitario de las ocasiones.

 


El epílogo de los 90 minutos incluyó la entrada de Gignac y el relevo de Giroud (perdedor de la batalla con Pepe y Fonte), el crecimiento creador de Umtiti y el papel principal del conservadurismo de cierre. Se aferraron a la ejecución de la táctica ambos púgiles, aunque el desenlace todavía contemplaría varios fogonazos, inmersos en un navegar calmado por los estragos del sudor. Portugal probó a Lloris con un centro-chut de Nani (que repetiría suerte sin exito en el 81) y una tijera, posterior, de Joao Mario. El meta del Tottenham reaccionó con seriedad y blocó el peligro. Había variado a un esquema más controlador Santos: Carvalho se incrustaba entre los centrales para sacar la pelota, con los laterales sumados como extremos y Éder confirmado como faro. Y Francia sólo se desamarraría del yugo sistémico rival con la enésima aventura solitaria de Sissoko (se había comido la influencia de sus compañeros de medular para romper, de primera mano, el orden contrincante y disparó un misil despejado con estirada de foto por Rui Patricio) y la oportunidad, con mayúsculas. Con la sombra de la prórroga oscureciendo el fragor de la tribuna, Evra imaginó un centro al área que la surcó, rudo y raso, hacia el primer poste. Corría el minuto 92 y Gignac cuerpeaba, de espaldas a portería, con Pepe. El delantero exiliado en México destaparía su categoría sentando al madridista en un adoquín, pero su disparo fue esputado por la madera. El tiempo extra era inevitable.

 

La Eurocopa más sorprendente e igualada que se recuerda se decidiría en 30 minutos de desafío mental. Francia había estrujado su potencialidad hasta disparar siete veces a portería (por un intento luso) y llegar al área rival en 17 oportunidades (por seis visitantes), pero Portugal era una aventajado en esta tesitura, puesto que la de este domingo sería la tercera prórroga disputada de cuatro eliminatorias en el presente torneo. La prudencia de los equipos en disputa colmó un primer acto en el que los locales propusieron y los visitantes vigilaron. Ninguno quiso exponerse y las faltas tácticas e interrupciones condujeron hasta un descanso prologado por el cabezazo de Éder que sacó Lloris, en el córner postrero lanzado por Quaresma -minuto 105-. El margen de maniobra para esquivar el reparto de la fortuna en la tanda de penaltis se recortó a 15 minutos. En realidad, Santos y sus pupilos lo recortaron aún más: el bloque ibérico se activó para asaltar el cielo con celeridad. Un centro de Joao Mario sin rematador avanzó lo venidero. Éder, solución de emergencia encontrada sobre el camino -cero goles en semestre de experiencia en la Premier League, con 14 partidos jugados y dos titularidades- asomaría como el héroe imprevisible. Provocó una falta en la frontal que Guerreiro enviaría al travesaño (de delicado zurdazo, por encima de la barrera) y desató el grito histórico de su hinchada instantes después, en el minuto 109. Con su equipo repiqueteando en transición, recibió y afrontó una diagonal, frente a los dos centrales franceses, que resolvió con un disparo de larga distancia. El lanzamiento, rasante y potente, se envenenó hasta colarse pegado a la cepa del poste, fuera del radar de Lloris. La presunta víctima propiciatoria, que no convenció a lo largo del torneo, colocó contra las cuerdas a los favoritos y no cedería una pulgada de esa tesitura. Deschamps, que se guardó un cambio, sacó a Martial y sentó a Sissoko (mejor francés de la cancha) en una intentona por revertir el escenario. No lo conseguiría. La precipitación y la ansiedad sentenciarían a una Francia que volvía a quedar relegada a lamerse su herida. Ronaldo festejó la ensoñación tornada en realidad desde la banda, en sollozo incontenible. Ya puede volver a Ítaca con la cabeza bien alta. También su seleccionador. La crítica les hizo más fuertes. Les unió. Y el talento gana partidos pero las defensas conquistan campeonatos. Son muchos los axiomas que ha manejado el preparador luso en las semanas de turbulenta concentración para convencer y resultar ganador. Arrancaron cada merecida sonrisa, también ante el anfitrión. Finalmente, la Euro que autografió el cambio de discurso futbolístico entregó la guinda a la despojada de pedigree. Pareciera que este 10 de julio sea preludio de un lustro de igualdad competitiva inhóspita. Gales, Islandia, Polonia y, finalmente, Portugal lo atestiguan.

Ficha técnica:
1 - Portugal: Rui Patricio; Cédric, Fonte, Pepe, Guerreiro; Joao Mario, Willian Carvalho, Renato (Éder, m.79), Adrien Silva (Moutinho, m.66); Nani, Ronaldo (Quaresma, m.25).
0 - Francia: Llorís; Sagna, Koscielny, Umtiti, Evra; Matuidi, Pogba; Sissoko (Martial, m.110), Griezmann, Payet (Coman, m.58); Giroud (Guignac, m.78).
Gol: m.109: Éder.
Árbitro: Mark Clattenburg (Inglaterra). Amonestó a los portugueses Cédric, Joao Mario, Guerreiro, William Carvalho y Rui Patricio a los franceses Matuidi, Koscielny y Pogba.
Incidencias: Final de la Eurocopa 2016 disputada en el Estadio de Francia, en Saint Denis, ante 75.868 espectadores. Presenciaron el encuentro en el palco, entre otros, los presidentes de Francia y Portugal, Francois Hollande y Marcelo Rebelo de Souza, los primeros ministros de los dos países, Manuel Valls y Antonio Costa, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y el vicepresidente primero de la UEFA en funciones de presidente, Ángel María Villar.
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