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EN LA PENSIÓN DE LAS PULGAS (MADRID)

El tiempo y los Conway, de J. B. Priestley: la charada y la tragedia

Ese espacio alternativo tan singular y propio de las actuales circunstancias teatrales que es La Pensión de las Pulgas, situada en la que fue la casa de la célebre cupletista la Bella Chelito, se despide en pocos días con un montaje de una de las piezas más conocidas de J. B. Priestley, arquetipo de la ruptura del tiempo lineal y advertencia de las catástrofes políticas cuando se abandonan los propósitos reformadores de un país.
El tiempo y los Conway, de J. B. Priestley: la charada y la tragedia
El tiempo y los Conway, de J. B. Priestley: la charada y la tragedia
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El tiempo y los Conway, de J. B. Priestley
Traducción y versión: Débora Izaguirre
Director de escena: Adolfo del Río Obregón
Intérpretes: Rodrigo Sáenz de Heredia, Carlota Callén, Alba Gallego, Ángela Villar, Débora Izaguirre, Isabel Ampudia, Rocío García Cano, Juan Antonio Molina, Julián Teurlais y Rodrigo Daza
Lugar de representación: La Pensión de las Pulgas (Madrid)

Un espacio teatral mítico, La Pensión de las Pulgas, se clausura en poco tiempo con la representación de una obra igualmente mítica: El tiempo y los Conway, de John Boynton Priestley. Claro que con dos nociones por completo contrapuestas de lo que pudiera entenderse como “mítico”. El drama del autor británico lo es en cuanto ha saltado las barreras del tiempo y el entorno social en que se estrenó para ponerse en escena ininterrumpidamente en los lujares más lejanos del planeta y montarse, de forma continua, en sociedades y épocas muy distintas al momento histórico en que vio la luz. Un síntoma, pues, de su clasicismo incipiente, caracterizado por esa mágica capacidad para sobrevivir indemne al paso de los años.

La Pensión de las Pulgas será mítica por todo lo contrario: por su precariedad y por su fugacidad. Un espacio escénico absolutamente singular que simboliza a la perfección la lucha del teatro por mantenerse en pie en las condiciones más hostiles, y que desaparecerá de forma tan efímera como fulgurante. Quedará como un referente que apareció y se eclipsó con tanta rapidez que solo sobrevivirá en el recuerdo de un reducido grupo de espectadores abiertos a otros modos de sentir el teatro, y cuyo débil rastro junto a su alta significación le darán ese carácter legendario de una época, análogo al de las casas particulares donde perduró un gran teatro argentino durante el “corralito” o de las viviendas familiares en nuestro país, unidas a la leyenda por perecederas como fue la de los Baroja a principios del siglo XX, donde se representaron piezas rechazadas por la escena oficial de Miguel de Unamuno o Ramón del Valle-Inclán, que hoy se valoran como el teatro más significativo de su momento.

En este adiós a La Pensión de las Pulgas conviene recordar, para el público que no tuvo oportunidad de apreciar tan particular espacio escénico, que su corta pero reveladora vida ha estado envuelta en una atmósfera intensamente teatral, donde el drama de máximo culto entrecruza su camino con las producciones más populares. Descendiendo por la madrileña calle Huertas, cuando la pendiente de asfalto acelera su paso en dirección al paseo del Prado y su famosa museo, La Pensión de las Pulgas ha estado instalada en un casa decimonónica frente por frente al Convento de las Trinitarias, sí, ese donde se hizo enterrar, con hábito franciscano, Miguel de Cervantes y que aún acoge sus troceados e identificables restos mortales. Al otro lado del convento tuvo su domicilio Lope de Vega, justo enfrente de La Pensión de las Pulgas, en el muro trasero de las Trinitarias, los transeúntes pueden ver de refilón una modesta placa, con letras muy poco legibles y nula pomposidad, donde se conmemora un suceso histórico que cualquier otro país de nuestro entorno habría subrayado con énfasis. Señala las celdas del Convento de las Trinitarias donde vivió sor Marcela de San Félix, bautizada como Marcela del Carpio, la hija que Lope de Vega tuvo con su amante, la actriz Micaela de Luján, la célebre “Lucinda” de sus poemas. Escritora como su padre, maestra de la métrica, de una espiritualidad que nunca estuvo reñida con una sarcástica ironía, sor Marcela ocasionó una de las anécdotas más venerables y elocuentes del periodo barroco. La comitiva fúnebre de su egregio padre, que nunca pudo visitarla en su clausura, dio un amplio rodeo para detenerse bajo las rejas de la ventana de sor Marcela de San Félix, con el fin de que esta se despidiera para siempre de su progenitor antes de que las exequias continuasen hacia la iglesia de san Sebastián, donde está enterrado.

Un lugar, frente por frente, a La Pensión de las Pulgas. Espacio escénico donde no encontramos ninguna señal o letrero que indique su condición teatral. Simplemente, la empinada escalera del portal nos conduce a la que fue vivienda de Consuelo Portela, más conocida como La Chelito, o la Bella Chelito, pionera del cuplé picaresco con canciones como La noche de novios o La pulga, razón por la que José Martret y Alberto Puraenvidia, sus promotores, bautizaron el lugar con el sarcástico rótulo de La Pensión de las Pulgas.

En apenas cincuenta metros se dan la mano las cimas de la cultura barroca encarnadas en Miguel de Cervantes y Lope de Vega, con la refrescante escena picaresca de principios del siglo XX y las más reveladoras iniciativas de la resistencia teatral en la crisis de este siglo XXI. En este peculiar espacio donde se ubica La Pensión de las Pulgas se entrelazan, pues, los tiempos más dispares, entretejiendo evocaciones imborrables de la implantación de nuestro teatro nacional, con chispazos de la extinta Belle Époque, junto a fogonazos tan osados como fugitivos de la escena más inmediata. El azar ha querido que este adiós de La Pensión de las Pulgas se realice, a su vez, con una obra del británico J. B. Priestley sustentada justo en el cruce de varios lapsos temporales y en una reflexión sobre ese fenómeno de la intersección de distintas épocas en una misma vida.

Priestley, tras combatir en la I Guerra Mundial e iniciar una exitosa trayectoria como novelista, recalará en el teatro con piezas donde se rompía el orden cronológico de la acción para que esta adquiriese una reestructuración muy diferente a la continuidad lineal del tiempo. Es de sobra sabido que el dramaturgo inglés, para llevar a cabo esta arriesgada y afortunada experimentación, se inspiró en las doctrinas del ingeniero irlandés John William Dunne, elaboradas a partir de su experiencia personal en sueños que consideraba premonitorios. Lejos de concebirlos como un don para anticipar el futuro, Dunne ideó una teoría “serial” del tiempo. Los sucesos siempre estarían ahí presentes, en todo momento, y es nuestra conciencia, debido a sus limitaciones, la que percibe los hechos con arreglo a un orden lineal falso. Estados alterados de conciencia, como el sueño o la intuición, permitirían romper la linealidad y percatarse de lo que está ocurriendo en el pasado o en el porvenir. Nada muere, todo pervive, forma un todo donde se configura otra manera de entender la inmortalidad.

Esta doctrina posibilitó a J. B. Priestley jugar audazmente con el tiempo dramático en piezas como Esquina peligrosa, Llama un inspector, Yo estuve aquí antes, o precisamente uno de sus títulos imprescindibles: El tiempo y los Conway. No es necesario creer en la tesis del tiempo “serial” de Dunne para sentirse conmocionado por el juego malabar con la acción de Priestley, ya que este le otorga un significado dramático en sí mismo, íntimamente vinculado a los personajes y a su historia escénica, emancipándola de la ideología del tiempo que le sirve de trampolín para fracturar su concatenación rectilínea. Al comienzo del drama nos encontramos con una festiva reunión de la familia Conway, en el instante preciso en que los combatientes de la I Guerra Mundial retornan victoriosamente a casa. Un momento difícil pero exaltado por el júbilo de la esperanza.

En mitad de la fiesta, la joven Kay Conway sufre un trance de conciencia que le faculta ver en qué ha desembocado su familia 18 años después, en 1936. Las esperanzas rotas, los proyectos truncados, la amargura y el odio a flor de piel. Al salir de ese espeluznante trance volvemos a la celebración entusiasta inicial, pero ahora la contemplamos con la pesadumbre angustiosa de saber cuál es el auténtico final del trayecto y la impotencia de no poder avisar a sus protagonistas del fracaso al que se encaminan con los ojos vendados.

Adolfo del Río Obregón ha dirigido este montaje amoldándolo plenamente a las exigencias del espacio escénico impuestas por La Pensión de las Pulgas. Los espectadores están sentados en el salón de la casa, con dos balcones exteriores, rodeando el área central donde intervienen los intérpretes, pero compartiendo actores y público un mismo estatus. No existe mayor distancia entre un actor y un espectador que entre uno y otro espectador. El mobiliario es compartido, la propia luz es común al espacio de la representación y al de los asistentes. Solo el vestuario de época distingue a unos de otros. Con buen criterio Adolfo del Río ha reducido a su mínima expresión los efectos de luz y sonido -más aún cualquier otro factor escenográfico-, para hacer descansar la obra casi exclusivamente en las dotes interpretativas de los jóvenes actores, que salen airosos de interpretar a un metro, a medio metro, a solo unos centímetros de distancia de los espectadores que conviven con ellos.

El reto es máximo y el elenco sale victorioso de él. Con un texto excelentemente vertido al castellano por Débora Izaguirre y un ritmo trepidante de la acción dramática como nunca lo habíamos visto en esta pieza, por lo general enfocada hacia el estatismo y la introspección, cada personaje va perfilando sus aristas cada vez más acusadas hasta que hieran como un corte que rasga piel y carne de sí mismos y de sus más próximos familiares. Al principio de la obra, Kay, a la que da vida Débora Izaguirre con extraordinaria sensibilidad, orquesta una charada con que la familia se divierte y festeja su reencuentro familiar, que no viene a ser más que el reencuentro de la sociedad británica consigo misma tras el triunfo militar en la primera gran contienda europea.

La charada se desarrolla fuera del salón familiar. Pero la intención simbólica de Priestley es muy otra. Todos creen que el juego de máscaras ocurre fuera, como mera diversión, cuando la verdadera charada está sucediendo dentro del salón sin que nadie se dé cuenta de ello. Las ambiciones irrealizables, las debilidades del carácter, los proyectos imposibles, la falta de previsión con los pies en la tierra, la traición a la lealtad familiar, están fructificando delante de sus propios ojos, sin que ninguno sea capaz de detectarlo. La auténtica charada es la venda festiva con la que todos ellos se niegan a mirar cara a cara la verdad, incapaces de vencer sus lisonjeros autoengaños.

La constatación del brutal fracaso que se nos adelanta en el segundo acto, antes que la charada continúe con su funesto camino, adquiere en cada época y sociedad su propio significado. Algo que caracteriza siempre a las obras clásicas. A veces se ha visto El tiempo y los Conway bajo un prisma melodramático. En otras se ha resaltado el derrumbe romántico de los ideales, en una visión análoga a Esplendor en la hierba. Pero aquí y ahora, en la España de este instante, en La Pensión de las Pulgas que le da cobijo, en el drama de Priestley adquiere una resonancia especial su dimensión política y la lucha social que subyace en las pugnas de la familia Conway.

Algo que no debería extrañar. No en vano el autor figuró en la lista confeccionada por George Orwell en 1949 para prevenir la propaganda de carácter comunista. Este aspecto de la pieza de Priestley quedaba amortiguada en sus puestas en escena en épocas de crecimiento y escasa sensibilidad social. Ahora, por el contrario, esta vertiente atruena y domina, voluntaria o involuntariamente, la escena. En particular la desdicha de Madge, con sus sueños reformadores laboristas al comienzo y su duro desprecio contra todos cuando su ideario renovador fracasa, poseen un nuevo e intenso timbre en los momentos actuales. Perfectamente interpretada por Ángela Villar tanto en su combativa ilusión juvenil como en la agria dureza intransigente en que acaba cayendo, parece un aviso a aquellas sociedades incapaces de orquestar un consenso transformador. Lo que encierra un tinte amenazador, incluso siniestro, si lo escuchamos desde la perspectiva de nuestra realidad más próxima.

Ese fracaso para modificar situaciones colectivamente inadmisibles, envuelve, en esta versión, la vitalidad segada de raíz de Carol, fantásticamente recreada por Alba Gallego, o las quimeras familiares alicortas de Joan, anticipo de su desdicha sin rebelión, tránsito magistralmente resuelto por Rocío García Cano, que poseen hoy el sesgo de víctimas de una inercia colectiva incapaz de corregir sus más patentes lacras.

La propia soberbia británica que Isabel Ampudia trasmite a su señora Conway, o la conformista apatía de Robin, tan convincente en Rodrigo Daza, muestran un cariz que sintoniza con los acontecimientos de los que nos informan los medios de comunicación a diario, desde el arrogante Brexit hasta la actitud de los dirigentes por completo sordos o impotentes a las exigencias de renovación que la época exige.

Siempre esta dimensión estuvo en el texto original de Priestley, pero las particulares circunstancias del presente arrojan una nueva y potente luz sobre ella. Con ese aviso sobre las atroces consecuencias de no afrontar nuestros retos que nos envía, a través de El tiempo y los Conway, se despide de aquí a pocos días La Pensión de las Pulgas. No pierdan la ocasión de apreciarla de primera mano.

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