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DESDE ULTRAMAR

36-16: 80 años de la Guerra Civil española

lunes 18 de julio de 2016, 20:36h

18 de julio de 1936. 18 de julio de 2016. Han pasado exactos 80 años desde el alzamiento franquista. Era verano y nuevamente lo es. A lo lejos se observa cierto silencio en España sobre rememorar tal acontecimiento, pese a ser el suceso más trascendental de la España contemporánea, que la delineó hasta la fecha y la marcó en fenómenos como el proceso de reinserción en Europa o el exilio que la empobreció. Nos recuerda que no siempre existió la España del euro.

La Guerra Civil, una de tantas nuestras, decía Camilo José Cela, nos recuerda que las dos Españas, incluso, pudieron entremeter una tercera, neutra. Si es que de verdad esa tesis fuera acertada. ¿Cupo la neutralidad? Un velo se cubrió sobre los exiliados, los que perdieron y hasta sobre ciertos nombres como el de México, refugio de tantos y del gobierno de la República en el exilio, cancelando pues, las relaciones diplomáticas con Madrid. Y pese a la infinidad de textos alusivos, creo que no se acaba de decir por qué se llegó a semejante matazón. No es la matazón misma. Entraña desigualdad, empobrecimiento sistemático, privilegios, atraso y su secuela de hambre, ruina, miseria, escasez, violencia manifiesta de múltiples formas y estamentos difíciles de superar y abordados, acaso de manera equivocada por la Segunda República. Y todo aderezado con las ganas de salir de ese marasmo acumulado, por vías distintas y cada cual encubriendo sus propios intereses, que acabaron por masacrar a España, convirtiendo el episodio en uno de los más terribles del siglo XX. No fue poca cosa porque allí convergieron mucha incuria y desazón en el encausamiento de los desafíos a tratar en 31.

Menciono el silencio de este aniversario, cual si fuera rémora del pactado en la Transición, ya denunciado desde distintas palestras, obligándolo a reabrirlo. A ello han seguido posturas de toda índole y desde distintos sectores. Algunas populacheras más que populistas, otras serias y otras que ponen el acento igual en verdades reales: que la posguerra fue peor que la guerra, como suele pasar, o demuestran que hay sucesos que nunca cicatrizan ni alcanzarán un consenso. Es el caso.

Como sea, la Guerra Civil española ha dejado patente el drama humano, personal, de sus protagonistas. De ambos bandos. El aislamiento diplomático, la dictadura franquista, la misma que sentó las bases económicas de la España actual, pese a todo, la represión y el clamor por las libertades a que condujo después de muerto el Caudillo, los pactos sucesivos, de La Moncloa y otros, nacionales y regionales, la reinserción en Europa o la vuelta del exilio, cuando se produjo, todo lo permea el factor humano. Del exilio mismo digamos acerca de los “transterrados” intelectuales –como los definió el asturiano José Gaos, desde México– que encontraron allí continuidad lingüística y cultural para proseguir su obra iniciada en España, volviéndose empatriados; o la vivencia personal de quienes pasaron esa etapa y son producto de ella, de una y mil formas, dentro y fuera de España. Porque hubo otros destinos de diversa suerte para una España peregrina destrozada: Alemania, Argentina, Francia, Portugal, Puerto Rico, la URSS. Nadie quedó ajeno al sabor amargo de emigrar: de los borbones al más humilde seguidor de un bando u otro. Nadie.

Y a veces en América tras de las independencias, España se nos acaba en 1824 y parece anecdótico lo sucedido en el 36, al desconocerse qué fue de la España postimperial. Ha faltado contar su devenir en ambas orillas y ambas son responsables de ese olvido. A quienes no nos une una familia cercana a España al menos en siglo y medio, nos mueve la curiosidad de acercarnos para comprender mejor lo que observamos. Y desde luego que hay su variante: que se piense en España que la España del exilio, la cercana, quedó sin más y nada propone desde entonces. Yo no coincido con quienes en la Península me han expresado que los exiliados o sus descendientes rumean una España imposible, superada, hoy utópica, afirman. Mucho de la actual es lo pensado en el 31.

La sangría intelectual y de fuerzas perdidas para ella que significó el exilio dejaron a España al menos perdiendo 50 años de intelecto, tiempo que tardó en recuperar una intelectualidad y mentes libres para expresarse, tal y como me lo refirió un archivista del centro dedicado a estudios rocieros de Ayamonte. Algunas mentes fueron de las más significativas en el mundo, en la centuria pasada. Así de grave fue perder a los Buñuel, a los Picassos, a los Juan Ramón Jiménez, a los Cernudas, a las Zambranos y a las Remedios Varo, a los Albertis, a los León Felipe o a los Gaos y los Xirau. Recién ha muerto en México, el jurista laboralista Néstor de Buen. Uno más. Y con ellos los anónimos de ambos bandos que por angas o mangas, dejaron la Península. Decir de los republicanos que soñaron otra España posible y que veo hoy concretada en muchos de sus anhelos. Así que tan utópicos ellos y sus descendientes, pues no.

El exilio republicano mantuvo los valores del 14 de abril. Sus símbolos, sus centros de reunión y estudio, sus prácticas. Si el abuelo republicano de un amigo pedía gritar vivas a la República a sus nietos, otro cantaba su himno en la ducha.

Mi amigo José Saborit, ciudadano español y mexicano, de abuelos valencianos y murcianos republicanos, al toque de “Porque fueron somos, porque somos serán”, rememora su visión de aquel exilio republicano, expresando: “Que no se olvide: Si Felipe VI llegó al poder, fue porque lo puso ahí Juan Carlos I; si Juan Carlos I llegó al poder fue porque lo puso ahí Franco; y Franco llegó al poder, matando gente, que no se olvide”. Este “que no se olvide” es lo que los republicanos españoles exiliados en México, han tenido presente durante toda su vida, y lo han permeado a sus hijos y nietos, inclusive. De ahí el nombre tan atinado para la Ley de “Memoria Histórica”. Memoria que España dejó de tener, que en sus libros de historia le arrancaron esas páginas, y que ahora se las están volviendo a pegar, con muchas enmendaduras, pero a pegar finalmente. Y apunta: los españoles exiliados en México sentían que su estancia en México iba a ser algo temporal, que pronto volverían a España. Aquel 20 de noviembre de 1975 mi abuelo al enterarse de la muerte del generalísimo (sic), fue por un puro especial que tenía guardado de muchos años, abrió una buena botella de vino y se lo fumó. Los españoles republicanos que llegaron exiliados a México por la Guerra Civil española están agradecidos con esta tierra y su gente, y es así que educaron a sus hijos, que se hicieron mexicanos y trataron de aprender su cultura y tradiciones, ver ambas culturas de igual a igual.

Buscando opiniones, mi amigo Santiago Gómez Robledo, ciudadano de ambos países, cuyo abuelo era franquista avecindado en México, me respondió: “Pues que España no pudo ser ajena a los movimientos que se gestaban en Europa. Lamentablemente, fue el laboratorio previo a la Segunda Guerra Mundial. Y pues bueno... a mí en lo personal... si ese movimiento no se hubiera dado, ni yo ni mucha gente existiríamos. Mis abuelos permanecieron acá gracias a ese movimiento. México cambió y se enriqueció de ese movimiento. Es curioso pero creo que esta migración contraria a la del siglo XVI por la calidad de los migrantes, fue una conquista cultural que nos cambió a todos”.

Existe en la Ciudad de México el Parque España, con un monumento al general Cárdenas, que abrió las puertas al exilio español. En El Retiro, en Madrid, corre el Paseo de Méjico, como hasta hace algunos años se escribía en su cartel (pero nos hicieron caso y lo han puesto con “x”, cosa que me desagrada) que corre de la Puerta de Alcalá al Estanque. Ambas capitales, ciudades hermanadas, nos recuerdan que el acercamiento entre ambas naciones tras el drama aquel perdura. La memoria queda y nos queda preservarla. Yo solo puedo afirmar que a ambos amigos los aprecio y me alegra tenerlos aquí. La Guerra Civil aún merece reflexionarse para que nunca se repita.

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