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NOVELA

Cristina Cerezales Laforet: Ulises y Yacir

domingo 24 de julio de 2016, 17:17h
Cristina Cerezales Laforet: Ulises y Yacir

Destino. Barcelona, 2016. 304 páginas. 19 €. Libro electrónico: 9,49 €.

Por Francisco Estévez

No cae en saco roto la dedicatoria de este libro en una autora lejana de la doblez y la tramoya: “Dice una leyenda japonesa que las personas destinadas a encontrarse están unidas desde su nacimiento por un hilo rojo”. Podría Cristina Cerezales haber fondeado en la tradición hispánica y citar a san Agustín. Casi churrusca la Inquisición al pensador por el antojo de una bellísima herejía para la cual debía presuponer una Tierra redonda, entre otras obscenidades. Pensaba el de Hipona que cada ser humano tiene un alma gemela que reside en la antípoda y que estamos unidos a ella por un hilo de saliva invisible. Más o menos lejos puede andar, se trata de buscar y bello será... Similar búsqueda palpita en los jóvenes corazones de los protagonistas Ulises y Yacir de la presente novela. Ya se reflexionó tiempo atrás en esta columna sobre su libro anterior, El pozo del cielo (2013), donde se incitaba al buen lector a recuperar un pensamiento más sensible. Ya antes la estupenda biografía novelada sobre Carmen Laforet, Música blanca (2009), puso en el candelero a su hija, escritora refinada con aquel español elegante que deviene en sencillez.

“Y las mujeres en las tiendas piden de fiado, compran lo justo, lo esencial, porque no entra dinero y todos tienen necesidad; y se apañan haciendo una chapuza, o la limpieza de una casa de vez en cuando, pero nada fijo y seguro. Y así, ¿cómo pueden seguir? En Zahara ocurre algo parecido. Se acabaron la pesca y la construcción”. Por desgracia, es una constatación real de nuestro litoral andaluz y cada vez más extensa por España. Pero también es un fragmento de Ulises y Yacir. La ficción novelesca proporciona vías de representación y de interpretación del ser humano y de la sociedad donde habita. Por ello es suerte que una parte notable de nuestros novelistas vuelvan a ahondar en los verdaderos problemas que nos azotan.

Desde el extraño magisterio neófito de Marina Perezagua en la perturbadora Yoro (2015) o el tratado de profundas cicatrices del terrorismo etarra en El comensal (2015) de Gabriela Ybarra. En dicha senda, Cristina Cerezales continúa su andar centrado en lo específicamente humano de nuestro ser. Aquí se narran y lidian los problemas de piel, de hambre, de aprendizaje, de cultura y de amistad. El drama de las pateras, la supervivencia en la pobreza… y como a veces entre una imposible rendija brota el altruismo, la empatía y la voluntad de comunicación y crecimiento tan específicamente humanas.

Hay escenas con tratamiento quirúrgico que podrían ser página obligatoria de lectura para nuestros bachilleres. Como el dramático viaje en patera realizado por Samia, Melika y Yacir. Con bello sentido circular la novela acabará de nuevo en el agua con mejores promesas. Hay alguna escena de tierna educación como cuando se sirve del cortejo y cante de la perdiz. El perro Plaf de Ulises representará como en el mundo real un buen canal de comunicación para los adolescentes para los que se rescatará la memoria de Giordano Bruno y reivindicará la lectura de la Odisea. Pero quizá, la voz de Cristina Cerezales comienza a sonar demasiado en sus páginas. La autora dice demasiado en sus textos y ese defecto comienza a pesar. Por otro lado, el gobierno omnisciente de sus personajes resta en exceso la libertad que ellos mismos demandan en otro plano de la realidad. Sin embargo, el drama bien pintado y la expresión de la adolescencia entre culturas diversas pero condenadas a entenderse hacen a esta novela digna de lectura esta canícula frente a la frivolidad dichosa de esos Pokemon, go home!

Hay una verdad entre líneas insinuada que no se escapará a ningún atento lector. Queda genialmente resumida, y será del agrado cierto de Cristina Cerezales, en el epitafio grabado en la tumba de la gran escritora Clarice Lispector, que reza con sabiduría: “Dar la mano a alguien siempre fue lo que esperé de la alegría”. Pues eso.

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