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NOVELA

Jon Kalman Stefansson: La tristeza de los ángeles

domingo 31 de julio de 2016, 17:17h
Jon Kalman Stefansson: La tristeza de los ángeles

Traducción de Elías Portela. Salamandra. Barcelona. 2016. 316 páginas. 20 €. Libro electrónico: 13,99 €.

Por Daniel González Irala

Dentro de la denominada Trilogía del muchacho, cuya primera parte, Entre cielo y tierra, logró traducirse a quince idiomas, este peculiar escritor islandés entrega las tremendas aventuras de su muchacho en un pueblo donde el invierno arrecia, las casas y los habitantes que las pueblan se construyen mediante palabras para desaparecer y rebelarse ante un demiurgo o demonio que cava fosas cuyos detritus les sirven a la tierra de abono.

El infierno en Kalman Stefánson nunca se hizo de fuego, sino más bien de hielo y es así como sobreviven para morir sus criaturas, a saber: Jens, un cartero que llega para quedarse a un pueblo (cuando todavía lo es) a la casa de Helga, último páramo lejos de la tormenta, que se caracteriza por el consumo de café, aguardiente y vino (el líquido platónico por excelencia) y en el que se leen en voz alta obras de Shakespeare, en concreto Otelo, que hizo sufrir a Desdémona sus fastuosos y literarios celos.

Dividida en dos partes que podrían seguir un esquema hegeliano de acción-devastación, aparecen en un camino, que va de la mitología nórdica a la ciencia-ficción, personajes singulares como el farmacéutico que es a la vez alcalde, el ciego que acude allí solo para leer y que no puede imaginar cómo al tener esa biblioteca, la casa de Helga puede estar tan poco resguardada, pues considera que a quien es capaz de leer nada malo le puede ocurrir, o la chica de la que se enamora el muchacho.

Muestra múltiples posibles lecturas esta audaz y poética novela. De esta forma, no cuesta encontrar paralelismos con El corazón en las tinieblas, de Conrad, si bien debemos sustituir la selva y el Congo por unas atmósferas heladas como témpanos construidas y entendidas también por capas y que llevan al mismo y recurrente lugar oscuro de la condición humana, dibujándonos lugares en el mapa que desaparecen al paso de los protagonistas y del mismo lector a su través.

Se dice al final del prólogo de la primera parte, “Nuestros ojos son como gotas de lluvia”, que el principal objetivo es la salvación del lector, cosa que se promete harto imposible una vez hemos acabado de leer; esta licencia le sirve al autor para introducir multitud de injerencias en la narración (no todas ellas igual de brillantes) para llevarlo a una poética honda que no se anda con estrecheces naturales, yendo a degüello contra el ser humano como especie, lo cual se agradece.

A este respecto estamos ante un texto tristísimo y desesperanzado que proviene de la búsqueda de un misticismo o espiritualidad que en ocasiones también no es tal. Los celos, pues, de Otelo que llevan a matar a Desdémona con sus propias manos hoy serían un crimen por violencia de género, eso nadie lo discute, sin embargo la indolencia y ese dejarnos caer más y más es considerado moralmente peor que ese crimen, ¿qué cabe entonces hacer?, me temo que no encontrarán la respuesta a esta pregunta, al menos no de forma explícita.

También por momentos el planteamiento parece estar resuelto de una forma tan premeditadamente morosa en los detalles, apareciendo unos diálogos necesarios mucho antes, cada vez más tarde, como poco dada a la entrega al fácil convencionalismo literario que nos invade.

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