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NOVELA

Francisco Casavella: El día del Watusi

domingo 31 de julio de 2016, 17:22h
Francisco Casavella: El día del Watusi

Anagrama. Barcelona, 2016. 896 páginas. 24,90 €. Más que oportuna recuperación, en un solo volumen, de la trilogía del escritor barcelonés, que se alza inaugural e imprescindible en la novelística sobre la Transición.

Por Francisco Estévez

La parca se llevó pronto a Francisco García Hortelano, quien busco rápido seudónimo en Casavella para alejar parecidos nominales con el autor de Gramática parda (1982). Así las cosas no sabremos cuánto podría haber dado de sí el potencial de su escritura. Los futuribles siempre pecan de odiosa exageración. Sin embargo, sobre el novelista se ha ido tejiendo una maraña de observaciones tendenciosas por ambos extremos que convendría despejar por respeto a su obra. Aclamada por unos y relativizada por otros, la dispar narrativa de Francisco Casavella tiene evidentes logros que corresponde justipreciar con una conveniente distancia crítica. La editorial Anagrama trata de unificar ahora esa disparidad quizá irreconciliable con la reedición de la trilogía El día del Watusi (2002-2003), por varios motivos alzada a la categoría siempre lejana de mito. Es pues buen momento para ajustar con mayor nitidez el perfil del autor.

El grueso volumen incluye Los juegos feroces (2002), Viento y joyas (2002) y El idioma imposible (2003) al calor de dos prólogos. Uno de Kiko Amat, el otro de Carlos Zanón. El primero centrado en la persona y el segundo en la obra. Conviene recordar también Lo que sé de los vampiros (2008), la última novela de Casavella, merecedora del Premio Nadal (2008), decepcionó a muchos ya no sólo por la cercanía al pastiche histórico, sino también por los augurios pronosticados por la excepcional sorpresa que supuso El día del Watusi. Pocos textos en aquellos años levantaron posiciones tan diferentes. Mientras unos aupaban la trilogía a altares de vértigo, otros la apeaban a lodazales que ella misma narra. Sin embargo, los más no pasaron de tratarla con apática tibieza. Fue comprensible, pues durante la Transición la mayoría de los escritores españoles escaparon de la realidad por no contar el presente. La revisión narrativa tuvo que esperar bastantes años, acudan los interesados a El relato de la Transición. La Transición como relato (2013).

Sin embargo, Francisco Casavella se dedicó a explorar la Transición y proponer su relato con una excelente novela de tan amplias dimensiones que hubo de escindirla en tres. Después vinieron otros como Rafael Chirbes, Javier Cercas o Antonio Orejudo, pero salvados casos tangenciales, el gato se lo llevó al agua Casavella. Por tanto, podríamos afirmar que la trilogía se erigió como el texto literario fundacional sobre la Transición por tempranear el tema, por su magnitud y por estricto mérito literario que sería mezquino ningunear a pesar de sus altibajos.

Bien instaurados los fuertes latigazos de la corrupción política y el correspondiente ayuntamiento financiero a la altura de 1995, recorreremos con Fernando Atienza y cartografiaremos aquella Barcelona pícara y ebria de libertad que despertaba a un mundo nuevo allá por 1971. El motivo es el encargo de una novela. Los puentes entre ambas épocas muestran paradojas y concomitancias que se suceden con naturalidad en brillantes páginas. No hay costumbrismo como se suele afirmar, sino cierta cercanía a la forma de narrar galdosiana entreverada por un laberinto de género negro que tiende a la caricatura. La novela no dejará indiferente gracias a una prosa inteligente pero sin envanecimiento, con fragmentos que acallan al silencio. No en vano se tropieza el lector con ese “tiempo de silencio”, alusión a aquella novela memorable, pero también a otro tiempo nuevo con otros silencios más sofisticados. A la caza del Watusi se irá a través de chabolas, el mundo portuario, los bajos fondos… y de modo circular o acaso de espiral, pues hay profundo sentido simbólico, volveremos a 1995.

Una particularidad del escritor de largo aliento radica en la solitariedad. Algunos ya saben, ese matiz radical apreciado por Unamuno entre la soledad, siempre impuesta, y la solitariedad, elección consciente o voluntad del individuo que opta por la soledad pues en ella encuentra el lugar propicio para la meditación o la creación. A pesar de su oprimente poder, el primero es siempre adjetivo, el segundo es condición sustantiva, sin embargo. La solitariedad puede ser germen de riquezas personales mientras que la soledad nos aleja de lo más humano que somos. Así parecía bien entenderlo Casavella quien gustaba citar aquello de Bukowski:“Isolation is the gift”.

La sagacidad característica de W. H. Auden nos avisó hace ya mucho que no leemos igual al escritor novel que al reconocido. En este último siempre hay algo más que un simple juicio estético ya que al hacerse histórico se ha inmiscuido en nuestra biografía y tendemos a ajustar cuentas personales con él. Así con Francisco Casavella. El abigarrado tomo El día del Watusi tiene un objetivo de arriscada dificultad como es el retrato convulso de 25 años de nuestra vida contemporánea. La novela tiene notables aciertos y ligeras caídas superadas gracias a la calidad de página del autor. A través de una crítica lúcida e implacable esta narración admirable y novela de culto descatalogada hace tiempo se convierte hoy día en texto indiscutible para entender desde otra perspectiva más amplia nuestra Transición, incluso acercarse a las desdichas actuales de nuestro país. En suma, una feliz y oportuna reedición.

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