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DESDE ULTRAMAR

5 de agosto: Lo que vi en el Maracaná olímpico

jueves 11 de agosto de 2016, 19:58h

Quiero compartir con los amigos lectores de El Imparcial situados en ambos hemisferios, mi imperecedera vivencia y el vivido recuerdo indeleble de la noche olímpica del pasado 5 de agosto, en el graderío del mítico estadio Maracaná, en Río de Janeiro. Haber estado en tan legendario sitio y en tan extraordinaria ocasión fue grandioso, de verdad. Sucedió tras de una tarde soleada y templada.

Dicen que son lo mejor de unos Juegos Olímpicos: sus ceremonias de apertura y de clausura. Ergo, andariego, me marché a cumplir mi sueño de asistir a la inauguración de unos Juegos Olímpicos, con la oportunidad irrepetible que solo podía augurar cosas sensacionales. Los días previos en la capital carioca, me permitieron apreciar, sentir, de forma palmaria la algarabía, el jaleo que conlleva una justa olímpica. Sí, existen dos Río, el olímpico y el cotidiano, como puede suceder en todas partes. Moderada, sobria la sede, sabíase que acogía tan magno suceso deportivo permeando a sus más emblemáticos sitios y a sus más reconocibles estampas de fama mundial, algunas cubiertas por remodelación o limpieza. La diversidad de personas que acudían de todo el orbe a tal acontecimiento planetario, eran más que visibles. Río estaba revestida de cosmopolitismo.

Porque Río de Janeiro este año es una capital del mundo. Y no ha escatimado en espectacularidad en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos, pese a que ha sido catalogada como austera. Solo decirle que los fuegos pirotécnicos al final, mucho me recordaron los que presencié la noche del 20 de abril de 1992, en que se inauguró la Exposición Universal de Sevilla’92, que no fue catalogada jamás como austera. La humareda impedía ver la absorbente negrura de la noche.

Tanto la seguridad para llegar al estadio olímpico, como para entrar a Brasil, no fue excepcional. Primó el orden y la orientación del solícito voluntariado hacia quienes nos íbamos acercando al sitio, cuyo mejor camino para alcanzarlo era abordando el metro y bajando en la estación Maracaná. A la salida del espectáculo, gracias a un oportuno operativo de la prefectura de Río de Janeiro, se canalizó al público hacia el metro, abordándolo nuevamente de forma gratuita y multitudinaria, en un absoluto orden que me permitió abandonar el lugar de manera muy rápida. Fue una excelente coordinación entre todos los involucrados para que así se consiguiera. Fue algo digno de agradecerse.

El boleto de acceso al evento, decorado de una manera atractiva, era leído por un detector para verificar su autenticidad. Se ingresaba por diversas puertas y en cosa de nada ya se estaba en el graderío. Al entrar al estadio te recibían con una guía verde alusiva a esta edición olímpica. El Maracaná es amplio y lucía lustroso para el mango suceso. Yo no tuve dificultad para encontrar mi asiento, colocado justo detrás de la astas que ocuparon la bandera anfitriona y la olímpica. El frenesí era notable. Yo llegué dos horas antes del acto y pude ver un estadio que pasó de semivacío a estar repleto. El entusiasmo creció tras de aparecer una afamada artista que dio entrada a todo lo que vimos después. Destaco la entrega del público, secundando canciones, ovacionando, feliz. Los asistentes brasileños disfrutaron profundamente sus juegos y así los vi asumirlos.

Cuando se izó la bandera de Brasil y ya flameando, una sensación de orgullo nacional recorrió el estadio. Muy merecido. La gente siguió buscando sus lugares, incorporándose tardíamente, porque estuvo comprando refrescos y rosetas de maíz antes de ingresar a sus localidades. Ya había oscurecido cuando empezó la gala y a uno tras otro, aplaudimos entusiastas los números montados. Brasil desplegó un soberbio ingenio que de manera rápida nos permitió ver una trama colorida, evocadora, ingeniosa e impredecible mostrando desde sus recursos naturales, su llamado a la protección ecológica, su alerta al cambio climático, sus pueblos originarios, la llegada de los portugueses –fue luego apoteósica la ovación a la delegación portuguesa al entrar a la cancha durante el desfile olímpico– y su alegría dancística, con una coreografía de órdago. El ritmo marcó una velocidad al evento, que se agradecía para no aletargar el momento olímpico.

A mí me agradaron los números presentados. La gente guardó compostura y se sumó a la celebración. El desfile olímpico me pareció rápido en lo que cabe y celebro que exista. Todos los competidores, deportistas y países, merecen transitar por esos momentos de ovación. La noche se la llevaron los refugiados y los independientes. Los países iberoamericanos fueron ovacionados de manera muy destacada, sobresaliendo acaso Argentina. A Colombia, a Cuba, a España, a México les fue notablemente bien. Ya he señalado el caso portugués. Es verdad que mientras transcurría aquella parada, la gente se iba al sanitario o a comprar más comida. Lo he expresado: me gusta más el orden de antaño, en las gradas y en la marcha de las representaciones. Yo desde luego que me incorporé desplegando mi megabandera tricolor vitoreando al paso de mi delegación, como mandan los cánones y como se respeta entre los asistentes, ponerse de pie. Fue muy emocionante la entrada del contingente de Brasil, por su público rendido.

La probadita del carnaval de Río y antes el número de baile moderno, fueron excepcionales y pusieron a los asistentes a bailar. En efecto, fue larguísimo el discurso del titular del comité organizador, certeras las palabras de Thomas Bach y vino lo tremendo: el abucheo abrumador al presidente Temer. No se anunció su llegada y el presidente del COI fue cuidadoso de darle la palabra para inaugurar los juegos, sin mencionarlo. La gente pasó de una eufórica ovación a una rechifla ensordecedora, de tono violento y reprobador a su persona. Como si hubieran hecho un intempestivo cambio de chip de golpe y porrazo. Yo me quedé atónito.

Muy emotivo resultó el canto del himno olímpico por infantes que lo dotaron de una solemnidad inconmensurable. Los juramentos de atletas y jueces estuvieron muy bien y la verdad es que la ceremonia nos dejó un muy buen sabor de boca. Peña Nieto ni se apareció por allí. Hizo bien, pues trae demasiadas broncas en las manos, como para andar paseándose. Le seguimos descubriendo propiedades de inexplicable origen, en Miami. Es nauseabundamente corrupto.

Hay una mala prensa contra Río. Que si hay quienes pasan de los juegos, afirma. Me recuerda lo que se decía de Sevilla y sus zonas no tocadas por la Expo. Que si no debió ser la sede, como se dijo de México’68. Que si busca al señor que no le gusta el asunto, como siempre los hay en todas partes. Que si los malos manejos financieros, como suele pasar. Me parece que esas notas venden mucho, pero no abonan a lo certero e importante y consiguen nada. A mí me han entusiasmado los Juegos, como cada cuatro años y con Río de Janeiro solo puedo estar agradecido de haberme mostrado lo mejor de sí, en una glamorosa ceremonia de inicio que recordaré por siempre. Solo puedo expresar un sentido: Muito obrigado!

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