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POESÍA

Miguel Ángel Feria (ed.): Antología de la poesía parnasiana

domingo 14 de agosto de 2016, 17:20h
Miguel Ángel Feria (ed.): Antología de la poesía parnasiana

Edición bilingüe. Cátedra. Madrid, 2016. 365 páginas. 16,30 €.

Por Inmaculada Lergo

Miguel Ángel Feria titula su introducción a esta Antología de la poesía parnasiana «Pertinencia de una antología española del parnasianismo», y es que, aunque sorprenda, no había hasta el momento en español una investigación crítica de peso de esta escuela, a pesar de su importancia y de las continuas referencias a la misma en la historia literaria. Desde este punto de partida, Miguel Ángel Feria ofrece, por un lado, un estudio detenido y reflexivo del movimiento parnasiano, señalando su relación con el romanticismo y las teorías del arte de todo el periodo hasta las primeras décadas del XX; y, por otro, una antología que recoge, en francés y en español, la obra de diez grandes autores: Gautier, Théodore de Banville, Leconte de Lisle, Albert Glatigny, Catulle Mendès, José María Heredia, François Coppée, Sully-Prudhomme, Armand Silvestre y León Dierx. Contrasta de manera asombrosa, nos dice Feria, la recepción de la poesía parnasiana francesa en nuestra literatura con el descuido, u omisión incluso, de la misma en los ensayos sobre modernismo y lírica decimonónica en general. Su circunscripción a la lista de poetas de su antología fundacional, Le Parnasse contemporaine, preparada por Alphonse Lemerre en 1866, y su asimilación a la mera preocupación por la perfección formal han contentado a la crítica hasta el momento.

«Comprendo perfectamente a una estatua, pero no a un hombre; allí donde asoma la vida, yo me detengo y retrocedo aterrorizado como si hubiese visto la cabeza de Medusa», dice un personaje de Théophile Gautier en Mademoiselle de Maupin, obra que inaugura «el esteticismo moderno con una actitud elitista y provocadora». El Parnaso surgió, como toda escuela, como reacción a lo anterior, en este caso al desgastado romanticismo francés. Nació hacia 1860 con voluntad de renovación, con bases en las teorías del Arte por el Arte, que en Francia abanderó Gautier, defendiendo la autonomía literaria y la belleza como finalidad en sí misma por encima de otras consideraciones: «Sí, más bella surge la obra / de una forma que al trabajo / se resista, ya sea verso, / mármol, ónice o esmalte» («El arte»).

Pero el parnasianismo, afirma Feria, no se subyugó a la realidad objetiva, como se le achaca, sino que, al contrario, imprimió al mundo la realidad del arte. Los poetas del Parnaso antepusieron la belleza inmanente de las cosas a la belleza trascendente: «Busca bien, escultor, esperando a las musas, / un mármol sin defectos para una ánfora bella; / busca sus formas puras y en ellas no perfiles / amores misteriosos ni combates de dioses» (Théodore de Banville). Se perfila como un arte «sensibilizado, más que sentimentalizado», un arte que no es deshumanizado ni aséptico, como puede verse en estos versos de Banville: «¡Oh música y poesía, / cantad el erotismo / y el corazón que arde / prendido por los besos!». Y también «¡Lejos! ¡Más alto! Veo aún / las gafas de oro del banquero, / las niñas cursis y los críticos / los realistas ortodoxos. / ¡Más alto! ¡lejos! ¡aire! ¡azul! / ¡alas! ¡más alas! ¡alas mías!».

Por todo ello, la intención explícita de Miguel Ángel Feria al preparar este volumen ha sido la de poner en valor «uno de los tesoros poéticos del exuberante siglo XIX», lo cual logra, tanto en el estudio inicial de cien aquilatadas páginas y la ajustada y selectiva bibliografía como, sobre todo, en los textos seleccionados, que el propio antólogo traduce y en los que se hace notar su pluma de poeta (Feria es autor de varios poemarios y ha recibido diversos premios, entre ellos el «Ciudad de Salamanca» en 2010 por La consagración del otoño). Con el valor añadido, nada despreciable, de que la mayoría de los poemas se ofrecen por primera vez en español; y algunos otros lo habían sido de forma descuidada o poco fiel al original.

Entre ellos nos encontramos, por ejemplo, el curioso poema de Leconte de Lisle titulado «Caín», en el que el autor enfrenta ciencia y razón, ofreciendo una «cosmovisión atea, positivista y revolucionaria que augura, antes de Nietzsche, la muerte de dios»: «y al sacudir tu yugo como una humillación, / conquistando el espacio, las Cosas liberadas / ya no te escucharán cuando vayas a hablarles»); y, por supuesto, la belleza, siempre la Belleza: «En las aguas y el bosque cae la paz de la tarde, / y el horizonte de oro, cual sereno incensario, / aviva un soplo tibio que arrebola las nubes. / Más allá de la sarda va franjeando la luna / los amplios arreboles con trémolos de plata, / por hacerle un balcón a sus hombros desnudos» («Paisaje», Armand Silvestre).

En definitiva, nos encontramos ante un valioso trabajo, muy estimable por su contribución filológica, además de un libro a tener entre las manos para el disfrute de la lectura de sus textos.

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