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RELATOS

Juan Villa: La mano de Dios

domingo 21 de agosto de 2016, 17:36h
Juan Villa: La mano de Dios

Point de Lunettes. Sevilla, 2016. 120 páginas. 12 €

Por Inmaculada Lergo Martín

No saldrá el lector inmune de la lectura de La mano de Dios; como no pudo hacerlo Fabián, el protagonista de “Los almajos” -el relato más extenso, más bien una novela corta, de los cinco que conforman el volumen-, atrapado en aquella España que sigue siendo difícil de encarar, entre la profilaxis del olvido y la necesidad de la memoria, con la culpa instalada en un lugar recóndito que solo aflora, como esa planta que llaman almajo, cuando una sequía pertinaz agrieta la tierra: las yeguas -cavila para sí mismo Fabián- en tiempos de hambruna van a buscarla para abortar, y evitar así el sufrimiento a sus potrillos, a los que les espera únicamente el dolor y la muerte; y también la ingieren en pequeñas dosis, muy lentamente, para morir ellas mismas cuando su instinto les dice que no habrá futuro. Así, Fabián -como los Buendía en Cien años de soledad, cuyo eco, junto al de Juan Rulfo o Carpentier, y al de lo mejor de la narrativa hispanoamericana de la segunda mitad del XX resuena en todo el libro- va descubriéndose parte de un destino que lo arrastra hacia una conciencia cada vez más clara de su fatalidad (“nadie parece querer aceptar que también existen túneles obstruidos, definitivamente obstruidos”), y rehén de su culpa. Sobre todo de su culpa, porque aunque “prosperar con la penuria ajena era la marca de los tiempos”, en aquel mundo que le tocó vivir, “sumiso y tergiversado”, él, que había mentido para salvarse, estaría siempre por ello en el bando de los perdedores, “a cuántos les sucedió en uno y otro bando”, y no tendría redención posible.

Otros relatos, por el contrario, cargados con una ironía más amable aunque no menos poderosa, nos hacen sonreír, instalarnos en esa otra España en que, en llamativa antítesis, convivían los avances tecnológicos y la “apertura” con la sordidez de la posguerra. Así, en el relato que da título al libro, compartimos el estupor sagrado con que unas gentes sencillas contemplan un día en el cielo cinco extrañas líneas divergentes, “nubes cónicas cuyos extremos brillaban con calidad metálica”, que el capellán del pueblo convirtió en terror, también sagrado, al asegurarles, en un discurso apocalíptico, que se trataba sin duda de la mano justiciera de Dios, que tarde o temprano bajaría de lo alto para castigar a los pecadores, perjuros y blasfemos, que envilecían una tierra en que pululaban “masones, intelectuales, marxistas y otras hordas de Satán”. Finalmente llega la noticia de que cinco reactores americanos había sobrevolado “suelo patrio”, dibujando una mano abierta de cooperación tendida hacia la modernidad. Una modernidad que, en otro de los relatos, llega solo gracias al tozudo empeño del solitario Epitafio Otero de construir una radio. Y de esa manera, “aquel grupo de chozas neolíticas diseminado entre pinos centenarios y humedales, apeado de la Historia, fue tomado por las ondas, se instaló en la actualidad y, en un portentoso salto de centurias, de milenios, entró de golpe en el siglo XX de nuestra era”.

A pesar de ser historias independientes, el libro se presenta con una cierta estructura, cuyo escenario son las gentes y el paisaje de la Andalucía baja en torno a Doñana, poblaciones perdidas o recién nacidas, que permiten al autor recrear un tiempo de tonos míticos. El volumen se abre (hay que subrayar la maestría narrativa del autor en los inicios de todos los relatos), en “Pregúntale a la culebrita”, con un párrafo que describe la Ciudad de los Niños, a la que envían al pobre bobo Aurelio: “…una de esas instituciones medievalizantes de rosario y vergajo, entre monasterio y cuartel, […] edificios nuevos construidos a fuerza de caridad en terrenos baratos a varios kilómetros de los arrabales de la capital: […] de atmósfera crasa y como desvalijados: cobijos alumbrados para una raza descartada”; metáfora de una patria que era igualmente un país de suburbio, obligada a vivir en los arrabales de la Historia. Pero ráfagas de progreso, de ciencia, aires del exterior…, van removiendo indefectiblemente la rigidez mantenida con firmeza por el peso de la sociedad. El retrato de ese mundo inocente y perverso a la vez es magistral; unos años que nos acunaron entre realidades incuestionables e ilusiones de Modernidad, y en los que aprendimos, -como Epitafio Otero- “altruismo y tesón y perseverancia frente al fracaso”. Y finalmente nos deja, en el cierre del libro, con el peso aplastante de lo inevitable. Todos los personajes, sin embargo, aunque atrapados y resignados, buscan una salida, luchan de una u otra forma por recuperar su dignidad.

La prosa de Juan Villa (Almonte, 1954) en estas páginas es rica, connotativa, de adjetivación precisa, con la mezcla justa entre acción y reflexión, de abundantes referencias literarias y generosa en lo humano; un placer en definitiva para degustar con calma. La edición se presenta además con una serie de dibujos de Daniel Bilbao, que ilustran cada uno de los relatos y que son igualmente un elemento valioso que sumar, por su realización, a la magia del texto. Y el volumen -como es habitual en esta editorial sevillana y he comentado en otras ocasiones- tiene asimismo una maquetación y una factura impecable que no hay que dejar de agradecer.

En definitiva, léanlo, sin más.

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