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NOVELA

Natalia Ginzburg: Todos nuestros ayeres

domingo 21 de agosto de 2016, 17:51h
Natalia Ginzburg: Todos nuestros ayeres

Trad. de Carmen Martín Gaite. Prólogo de Elena Medel. Lumen. Barcelona, 2016. 360 págs. 20,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. Con motivo del centenario de su nacimiento, más que oportuna recuperación de la escritora italiana y de su literatura que nos descubre lo que encierran los detalles cotidianos.

Por Esperanza Castro

¿Quién no ha querido descubrir la huella del pasado o, en alguna ocasión, seguir el rastro de su propia familia? ¿Quién, por muy doloroso que sea, no ha ansiado escuchar las historias sucedidas durante la guerra?

Natalia Ginzburg (Palermo, 1916) brinda en Todos nuestros ayeres la oportunidad de fisgar a través de las rendijas para descubrir la huella, el rastro y el eco de una época dolorosa y determinante de la historia de su país.

Ginzburg pertenece a ese grupo de imprescindibles cuando se trata de representar la literatura italiana. En ocasiones minusvalorada entre coetáneos de la altura de Ítalo Calvino, Alberto Moravia o Cesare Pavese, es hoy “de lectura obligada” dentro de la enseñanza, voz que debe ser escuchada por las nuevas generaciones de la Italia del siglo XXI. Todos nuestros ayeres (1952) nos llega para celebrar el centenario de su nacimiento, para recordar que los grandes temas surgen de las pequeñas cosas, para reivindicar el drama de los que sufrieron en el más absoluto silencio. Si bien no se puede considerar una escritora feminista, sí se diría que desde su sencillez reclama un lugar para las mujeres, quienes, a su modo de ver, desde la sombra sostienen la columna vertebral de la sociedad.

Al igual que la autora, Anna, protagonista de la novela, vive agazapada en medio de una familia cerca de Turín. Es una chiquilla sigilosa, anodina, que “como un insecto” simplemente existe, está. Esta situación le permite ver sin ser vista y escuchar sin ser escuchada; ocasión perfecta para el mejor testigo.

Los ojos de la niña nos hablan del padre, antifascista acérrimo que pasó media vida escribiendo unas memorias que al final quemó, un hombre que tiranizó hasta casi la esclavitud a su primogénito, Ippolito. Nos habla también de este, el adolescente y prematuro tutor, el joven de las pocas palabras y la sonrisa torcida; de la caprichosa, voluble y enamoradiza Concettina; de Giustino, el hermano más cercano a ella, el chico que hace “lo que se espera de él”.

Anna observa la casa que hay al otro lado de la calle. La que se puede tocar si se alarga un poco el brazo y que, sin embargo, resulta inalcanzable; sólo quizás cuando Emanuele cruza para “resistir” con su joven ilusión al fascismo; o cuando Giuma, el compañero de juegos de infancia, la besa al salir de la escuela.

Su vida transcurre en segundo plano, permite que otros sean los protagonistas. Ni siquiera cuando el sexo irrumpe violentamente, la muchacha nos permite entrever sus sentimientos, como si lo que acontece no le estuviera pasando a ella. Por eso, cuando Cenzo Rena, el caballero andante treinta años mayor, aparece para rescatarla, para llevarla al sur donde “todos son campesinos”, se convierte simplemente en “la esposa de”.

Natalia Ginzburg es en Todos nuestros ayeres la escritora de lo cotidiano, de los detalles nimios. Se sirve de la mirada limpia de adolescente para pintar personajes sencillos que, poco a poco y entre todos, formarán un vibrante collage.

Con una estructura de narración clásica, lineal, la novela se divide en dos partes. La primera abarca los primeros años de infancia, los anteriores a esa guerra que se acerca de forma pausada pero persistente. Aquí están muy presentes los personajes masculinos, bien dibujados, representativos en su diversidad; mientras que lo femenino permanece en la oscuridad, colándose por los entresijos. La segunda parte comienza con la partida hacia el Sur. Ahí se vivirán las consecuencias de la contienda que, como un eco lejano, se va acercando irremediablemente. Cenzo Rena emerge como un dios gobernante que lo domina todo acaparando casi toda la narración.

La lectura ágil sobrevuela el texto, donde se encuentra el reflejo de un periodo sangrante y la capacidad infinita de adaptación del ser humano. El mayor acierto es la cercanía, la posibilidad de empatía que brinda. Las voces se escuchan próximas, nítidas como secretos de familia susurrados al oído.

Natalia Ginzburg se remonta a un pasado en el que el lector es capaz de distinguir a sus mayores, a los relatos que le contaron o que, acaso, tuvo el privilegio de descubrir a escondidas, agazapado y mirando por una rendija.

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