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ENSAYO

José Manuel Cuenca Toribio: Marx en España

domingo 04 de septiembre de 2016, 16:02h
José Manuel Cuenca Toribio: Marx en España

Almuzara. Córdoba, 2016. 261 páginas. 19 €.

Por Luis Arias González

En apenas dos años, hemos presenciado como (¿re?)surgía en España una fuerza política arrolladora con raíces, estrategia y concepciones teóricas plenamente marxistas, aunque éstas aparezcan convenientemente maquilladas y remozadas bajo capas de populismo, lucha antisistema, regeneracionismo democrático y movimientos alternativos varios. A cierta parte de los analistas y politólogos, la explosión les ha pillado completamente por sorpresa y aún se preguntan, estupefactos, sobre la verdadera naturaleza de dicha resurrección, algo que les parecía impensable tras el batacazo de 1989 cuando se enterraron, sin exequias ni distinciones, el marxismo científico y el dogmático, teniendo en cuenta, además, que diez años antes el principal partido de la izquierda española ya había proclamado enfática y públicamente su propia desafección.

De manera ciertamente original, el profesor Cuenca Toribio opta por buscar las posibles respuestas al enigma planteado en el campo de la historia cultural, con una aproximación hecha desde el rigor y la independencia de criterio habituales en su vasta obra. Deja, por tanto, a un lado las trilladas circunstancias coyunturales del momento, no se enfanga en las arenas movedizas de la traída y llevada Ley de Memoria Histórica, escabulléndose tanto del adanismo como del estéril cortoplacismo dominantes para centrarse en el magma cultural y académico que conforman el caldo de cultivo donde se ha incubado este fenómeno y del que procede, como es harto sabido, la mayor parte de sus dirigentes y cuadros. En Marx en España. El marxismo en la cultura española del siglo XX, la opción por la que ha optado, sumamente exigente, le obliga a manejar multitud de nombres, obras y acontecimientos; tantos, que acaban apabullando, literalmente, al lector. Para hacerse una somera idea, bastaría sólo con ojear las jugosas notas finales incorporadas a cada uno de los tres capítulos o el índice de nombres.

Pero el libro supera con creces la mera acumulación erudita de títulos y anécdotas para el consumo interno de especialistas e iniciados porque plantea un análisis en profundidad que va mucho más allá de lo factual y descubre las complejas concordancias y las relaciones que ayudan a entender la tupida maraña de intereses y objetivos comunes tejida en torno al calado y a la persistencia del marxismo en el imaginario cultural y en el universitario como pasos previos -e indispensables- para el salto a la arena política. El resultado no dejará indiferente a nadie y ésa es, sin duda, una de las mayores virtudes de la obra, polemista por naturaleza y en donde brilla, por su ausencia absoluta, toda alusión a lo “políticamente correcto”.

El autor, por convicción personal y por formación, se encuentra en las antípodas de lo que supone el materialismo histórico y, siempre que puede, lo declara bien explícito una y otra vez, sin sombra alguna de los complejos y “síndromes de Estocolmo” que atenazan a buena parte de nuestra inteligencia, paralizada por el mito de la supremacía ética de la izquierda y de su consiguiente predominio indiscutible en la esfera cultural. Resulta así una excepción contracorriente que se une a otras -Moral Roncal, Martín Rubio, Álvarez Tardío, Rey Reguillo, Andrés-Gallego…- dentro de la dilatada parcela contemporaneísta. Sostiene, por tanto, un argumento de partida que, a todas luces, incomodará a quienes les moleste ver cuestionados, mediante el razonamiento y el estudio desapasionado del Pasado, sus dogmas fundacionales y a sus idolatrados maestros -llámense Marcuse o Tuñón de Lara-, pero que tampoco va a contentar a los adscritos, como él, de manera laxa al humanismo liberal cristiano, con los que mantiene siempre un punto de sincera y radical autocrítica, postura que le honra y que constituye un rasgo casi inédito en la nómina de la historiografía española.

La inmisericorde disección del marxismo no supone, en su caso, una embestida maniquea. Su objetividad le lleva a reconocer, sin tapujos, la valía de determinadas personalidades y de obras maestras adscritas a la órbita marxista. Aplicando también ese mismo criterio, lamenta la mediocridad generalizada en los planteamientos ideológicos y en las estrategias globales de creación cultural que caracterizan la contrapropuesta al marxismo; una contrapropuesta, además, atomizada e inmersa en peleas intestinas, con un entreguismo conformista y una desidia reprobable que han contribuido a reforzar la hegemonía del pensamiento único en aulas y publicaciones.

No resulta tarea fácil la de adscribir el libro a un género concreto. Su creador pretende que sea visto como un ensayo, quizás por la enorme ambigüedad que ampara la etiqueta y por la libertad formal que le autoriza; en realidad, estamos ante un trabajo histórico de investigación, riguroso y con todas las condiciones metodológicas y requisitos científicos que se presuponen. Utilizando una argumentación y una ordenación cronológico-temática que nos remiten al esquema propio de una tesis doctoral, aunque aliviada de sus insoportables convencionalismos académicos, asistimos al peculiar proceso de implantación ideológica que comienza balbuceante y de manera minoritaria en el último cuarto del siglo XIX para acabar imponiéndose como modelo cultural casi único y triunfante a partir de la etapa final del franquismo, perdurando con todo el vigor prácticamente intacto hasta hoy en día.

En cada uno de los tres capítulos se nos van descubriendo gradualmente las múltiples claves y los principales hitos de este itinerario. El primero de los apartados -“Recepción y asentamiento del pensamiento marxista en España”- puede que resulte ser el menos original, por sobradamente conocido. La ramplonería ideológica del guesdismo asumido por Pablo Iglesias Posse, los intentos voluntaristas de los intelectuales del PSOE vinculados al krausismo por alzar el vuelo ideológico, la radicalización en la etapa de la República y de la Guerra Civil, el eco de los debates ideológicos de la posguerra europea en torno a las interpretaciones de Gramsci, Marcuse y Althusser, la influencia de los hispanistas más señeros, los primeros “apóstoles” -Fontana, Tuñón de Lara y Sacristán-, las publicaciones y editoriales barcelonesas y madrileñas, el boom universitario de los años 60 y la creciente politización de las nuevas universidades -Autónoma, UNED...- y facultades, han sido, entre otros, aspectos estudiados ya con profusión, si bien ahora aparecen componiendo un relato concatenado y coherente. En él, se enmarcan los orígenes embrionarios del proceso y las sucesivas relaciones causa-efecto que le impulsaron de manera creciente mediante una exposición sustentada en una aplastante lógica y en una presencia documental contrastada, ajena siempre al tentador recurso de las teorías conspirativas y apocalípticas que otros esgrimen.

El segundo capítulo -“Del mayo francés a la Transición”-, supone un desmontaje implacable y sistémico de los arquetipos simbólicos de la izquierda cultural española, conformados en aquel momento histórico trascendental y consolidados en la actualidad a modo de venerables e incuestionados iconos. Van desde la mitificada revuelta francesa a la no menos mitificada oposición universitaria a un franquismo inmerso en sus contradicciones y en su misma inanidad ideológica que le llevan a admitir en su seno el “huevo de la serpiente”, casi sin darse cuenta. Estos elementos señeros estuvieron complementados por otros menores pero igualmente activos a la hora de difundir y arraigar el modelo, aunque a veces hayan pasado inadvertidos a los estudiosos; salen así a la luz, con su verdadera proyección, las colecciones de libros de bolsillo, las revistas de toda laya, el interés del público y mercado por la divulgación histórica, los cursos universitarios de verano, el sonrojante manual doctrinario de Marta Harnecker -con su primera edición en ¡1973!-, la influencia de la historiografía marxista británica, etc.

Punto y aparte merece el especial tratamiento concedido a la punta de lanza que supusieron los estudios sobre el feudalismo y la revolución metodológica consiguiente, iniciados por el tándem Barbero-Vigil; todo un “gran salto adelante” en una fecha tan temprana como 1965 y que marcarán “el antes y el después” decisivo en el proceso de captación historiográfica acelerada y generalizada que tuvo lugar en la mayoría de los departamentos de las facultades de Letras. Continuando un crescendo de originalidad y peso específico, se sitúa la última de las partes -“Centros difusores del modelo cultural progresista-marxista. El papel protagonista de la Universidad”-, quizás la más importante, por lo menos para quienes hemos vivido y padecido en carne propia lo que aquí se desgrana.

En apenas sesenta y cinco páginas, nos encontramos con una completa radiografía de la universidad española desde los años 50 hasta hoy, aunque centrada, como es obvio, en el entorno profesional y especializado del autor; un aspecto sobre el que ya había dado sobradas muestras de dominio en el seminal artículo “La historiografía sobre la Edad Contemporánea”, aparecido en 1999. La apretada síntesis está montada sobre una visión caleidoscópica en la que se enumera, define y caracteriza la casi totalidad de la cincuentena de universidades estatales españolas y también algunos de sus centros privados, incluyendo a sus protagonistas con nombres y apellidos, algunas grandezas y múltiples miserias, expuestas de una manera tan clara que levantará ampollas entre los aludidos o, como suele ser lo habitual, una cortina de silencio y ninguneo absolutos.

Cada línea destila por igual amor a la institución y pesimismo sobre su futuro ahogada como se encuentra por la endogamia, el personalismo, la dependencia autonómica, el descabellado sistema de acceso del profesorado y la falta de exigencia entre los alumnos. La hipótesis que sostiene, señala paradójicamente al conjunto de estos males endémicos como el principal soporte de la ideología dominante en un círculo vicioso en el que sus seguidores se perpetúan en los puestos académicos y del que va a resultar muy difícil, si no totalmente imposible, salir algún día. Habría sido estupendo que tal dura afirmación se confirmara con datos numéricos y series estadísticas, pero esto hubiera conllevado, probablemente, otra obra y otra forma distinta de hacer Historia.

A sus setenta y siete años cumplidos, don José Manuel sigue dando muestras envidiables de vigor de pensamiento y de valentía en cada una de sus propuestas. Se podrá estar de acuerdo o no en la idea central que sostiene todo el libro y en algunas de sus afirmaciones parciales, pero lo que nadie podrá reprocharle jamás será la amplitud de miras y el carácter pionero que le ha hecho salirse, una vez más, del camino trillado. Quienes le siguen habitualmente están (mal)acostumbrados a todo esto y a su peculiar prosa plena de ironía y de un léxico culterano que juega e implica al mismo lector en un guiño permanente; para el resto, resultará todo un gozoso hallazgo comprobar que aún hay contemporaneístas que, al margen de modas, se esfuerzan en dar forma literaria a sus escritos y se resisten al uso de esa jerga dominante y despersonalizada que uniformiza a gris la mayoría de las publicaciones.

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