www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

DESDE ULTRAMAR

Robots: “Confirme su humanidad…”

viernes 09 de septiembre de 2016, 20:10h

La frase que encabeza esta entrega me dejó patidifuso, extrañado, inquieto: tras de suscribirme a una página, a vuelta y a manera de respuesta aparece en mi pantalla una frase dentro de un recuadro que decía, en tono amenazante, que para continuar el proceso de suscripción yo debía de pincharla de forma afirmativa, en caso de serlo, sobre la siguiente leyenda: “Confirme su humanidad. Antes de que se suscribe, (sic) tenemos que comprobar que usted es humano”…. Lo alarmante es que ya llevo 3 páginas en esa misma peculiar e inaudita tesitura: que yo tengo que comprobarle a una máquina –o si se quiere, solo a un programa computacional– que yo soy humano. ¿Qué eso aparece solo por ponerse o que es por mi seguridad? no, ni me lo trago ni lo acepto. Estamos perdiendo los papeles en el nombre de la tecnología, porque ella nos está rebasando.

¿O sea que yo tengo que acreditar que no soy un robot?, me siento invadido, no más que cuestionado…y por una máquina. Me queda la impresión de que me estoy perdiendo de algo o no ha nacido la persona capaz de explicármelo. ¿En qué momento nos extraviamos, so pretexto de tecnificarnos y parecer modernos, haciendo tabla rasa del pasado, de la condición humana? y ya encaminados y sin reparar en gastos, sin preguntarnos aunque debiéramos: ¿de cuándo a acá tenemos que acreditarle a una máquina, quiénes somos? No basta ser vanguardistas. ¡Ya basta de perder nuestra humanidad en aras de la tecnología!

En un pispás ya tenemos lectura de iris, cámaras vigilantes de nuestros pasos por las calles, huellas digitales para entrar y salir, registros de voz y para registros laborales, policiales, de pasaporte y demás, en un océano de claves personales y contraseñas en la infinita mar de la Internet que nos colma de trámites ya solo en línea y usando en mi caso, vgr., una tableta que igual me permite hacer videos que acceder a mi acervo de leyes para compartir en mis clases. ¿En qué momento acabé utilizándola? ¿Cuándo dejé de usar códigos impresos? Pues en alguno de tantos me sucedió. Y todo aparenta ser tan positivo que pareciera que no admite réplica, pero sí conlleva alguna carga de negatividad, o es que yo soy arisco por naturaleza. O ambas cosas, que es lo más seguro que suceda. Nuestros poros están siendo auscultados, acaso, como ya lo hacen con nuestros cabellos y nos estudian nuestro ADN. ¡¡¡Qué miedo!!! Y hay que entenderse con la lente o la pantalla, que no con una persona de carne y hueso, expresión que ya es un arcaísmo.

Me parece ridículo que los robots nos dominen, y lo escribo en 2016 por si esto es leído en 2097, cual si fuera ciencia ficción, porque ya es una incipiente realidad que cambia a pasos agigantados. Y con ellos la tecnología que los soporta. La digitalización me abruma. En mi ámbito se digitaliza los archivos históricos y con ello la memoria histórica, exponiendo nuestros acervos a perderse en el cambio de versiones del programa utilizado (o su desaparición), con nuevos virus, con descargas de programas o actualizaciones de formas equivocadas, con lo cual peligra el memorial humano. En pocas palabras, encriptándolo o destruyéndolo.

Y nos estamos comportando de esa manera, casi imperceptible, sometiendo nuestra humanidad a la verificación tecnificada de una máquina. No, es que sencillamente, no. Juan Pablo II lo dejó testamentado a finales del siglo pasado: “el siglo XXI será del Hombre o no será…” refiriéndose a que habíamos perdido nuestra humanidad, depositando nuestro ser en la tecnología deshumanizada. Pero claro, la habremos perdido por nuestras fechorías, por nuestra comodina forma de ver el mundo, por tragarnos que todo debe tecnificarse, más que perderla por nuestro sometimiento a los caprichos de la tecnología y también, sí, porque a un badulaque le parezca divertido que una máquina cuestione nuestra humanidad. Me parece inaceptable. Porque aquí los que deberíamos de hacer las preguntas somos nosotros y no ellas. Me abruma tanto como la vertiginosidad del cambio tecnológico sin rumbo claro. Acaso por solo un afán mercantilista.

Mas caigo en la cuenta de cómo poco a poco la tecnología nos ha ido invadiendo –sí, también con su cauda de beneficios palpables– más y más, de manera imperceptible, a veces decretada, no dejando espacio para una salida alternativa. Sin que sea más barato, porque eso no acaba de suceder, siempre.

Mi mundo se va colmando de tecnología por doquier, no necesariamente a pasos agigantados, pero sí sostenidos y en plan de no retroceder. Al menos en mi entorno porque soy además, reacio a ella. Y eso que me fascina, pero no la digiero ni tan fácil ni tan rápido. Su presencia es inversamente proporcional a un menor contacto entre los humanos. Y así, la energía solar se anuncia para casas habitación, aumentan los edificios inteligentes, los teléfonos móviles hacen lo inimaginable, la televisión queda cuestionada en su futuro y los ordenadores de achican, mientras las transacciones bancarias ofrecen infinitud de posibilidades en línea, recibimos imágenes del espacio exterior y nos comunicamos en nada vía internet al otro lado del planeta; y en la misma, también crecen las ventas de internet que prescinden de los vendedores humanos, incrementando las reservas en línea y las compras de billetes y boletos y de todo; crecen los archivos colocados en filminas, los registros cibernéticos hacendarios y docentes o las modalidades de pagos en línea, que no admiten retrocesos. A veces me gustaría alzar la voz y unirme a los miembros del ludismo británico de inicios del XIX, cuando veo cómo la tecnología sustituye al Hombre y no necesariamente nos da sucedáneos ni opciones. El abaratamiento laboral del trabajo desde casa, la consolidación de las clases en línea, con su carga de mengua de calidades (aunque el discurso advierta que nada de eso pasa), es preocupante y perceptible si deseamos aceptarlo como un hecho real. Mas preferimos pasar de largo.

Nos maravillamos con el avance de la medicina y esto está muy bien. Lo que ya no me cuadra, es el depender de un robot, el perder el contacto con los humanos, so pretexto de trámites en línea, o que el robot me requiera, me inquiera mi autenticidad; que sea yo quien me identifique. Como en la ciencia ficción ¿estamos creando robots que llevan lo bueno y lo malo del ser humano, la desconfianza y el lado criminal, incluidos? ¿es que es inevitable que los programen con ambos hemisferios, como los que poseen su amos o creadores? valiente cosa. De ser así, como especie entonces estamos en la vil olla.

Y mientras, desechamos las Humanidades de nuestra enseñanza. No requerimos más de gente pensante y sensible al arte, al pensamiento, la disertación y la crítica. Solo tecnificada, cual engranaje. Aunque sea muy tecnificada, aún me planto el placer y el regusto de no congeniar con toda la tecnología, asumiendo mi capacidad para dimensionarla y aún para distinguir lo que me place de lo que no, por el supuesto hecho de ser o parecer algo “más avanzado”. Cedemos a un robot, por ignorancia o una falsa idea de progreso, las riendas y que nos increpe si somos o no. Habrase visto. No nos equivoquemos. Primero lo humano, luego el resto.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+

0 comentarios