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NOVELA

Sjón: El chico que nunca existió

domingo 11 de septiembre de 2016, 17:52h
Sjón: El chico que nunca existió

Traducción de Enrique Bernárdez. Nórdica. Madrid, 2016. 157 páginas. 17,50 €.

Por Daniel González Irala

La música y el cine tienen mucho que ver en la producción literaria de este escritor islandés, cuyo nombre original (seudónimo de Sigurjón Birgir Sigurösson) se traduce al castellano como “visión”. Estas dos artes nos son referidas tanto dentro del corpus literario de los libros de Sjón, como por razones externas. De este modo, Sjón, sabemos, no es un recién llegado a ninguno de estos medios de expresión. Su trabajo como letrista de la cantante pop Björk así lo atestigua, como también lo hace su intervención en el guión cancionado de Bailando en la oscuridad de Lars Von Trier. A su vez, la música aparece en la prosodia de ésta y otras de sus novelas como El zorro ártico, siendo también el cine, en este caso el primitivo o mudo, tema recurrente de sus argumentos, si bien forma y contenido pueden ser la misma cosa en tantas ocasiones.

El narrador, pegado al personaje principal, Mánni Steinn, empieza siéndonos arisco y antipático, cuando lo vemos prostituirse con tipos a los que llama “pilila” no sabemos bien si por placer o para poder subsistir, nos identificamos más con esa chica que monta en bicicleta y le observa mientras sube por una loma. Será de una manera paulatina cuando descubramos que Steinn como personaje es más deudor de las infancias perdidas propias de Charles Dickens, que de la mirada fría desde la que se le rechaza por ser homosexual y huérfano, una mirada compleja que tampoco es exactamente la que tiene el narrador o narradores, su padre o sobrino, años más tarde, sino la que proyecta el personaje protagonista sobre sí mismo. En este sentido, veremos con peores ojos, a pesar de ese primer capítulo, a todos aquellos adultos que como el fotógrafo que trabaja con su madre adoptiva tratan de sacar provecho de esta situación.

Tres son los elementos que como contexto nos ayudan a entender lo que sucede y a marcar caminos no tan fáciles en torno al ciclo vital de la peripecia, casi once años pasan, y que son el nacimiento de una sociedad hermética al cine a través de dos grandes salas (un cine mudo, mediante el que seres proyectados en una lona absorben tanto la vida del muchacho, que es capaz de no salir de allí en horas), la llegada por el océano de víctimas de la gripe española que parecen venir para quedarse y, por último, las consecuencias que sobre todo en la población danesa con respecto a Islandia tiene el fin de la Primera Guerra Mundial.

De atribuir la razón de todo lo podrido a uno mismo, se pasa, gracias a una investigación de los recursos expresivos portentosa, a considerar, desde la frialdad de aquellos parajes, primero gracias al disfrute generalizado de Charles Chaplin y Fatty Arbuckle, héroes cómicos no sólo de Mánni, sino de los marginados sobre quienes los pastores evangelistas acuden a lo nuevo para redimirlos, al uso de este medio como autoconsciente fantasmagoría de una realidad que actúa puertas adentro.

“El borde dorado de la parpadeante llama de la vela suaviza los rasgos del rostro”, quizás en esta frase los detalles visuales se den la mano con un conjunto que a partir de ese momento adquiere humanidad, pues armonía tenía desde un principio.

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