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NOVELA

Jorge Edwards: Persona non grata

domingo 11 de septiembre de 2016, 18:03h
Jorge Edwards: Persona non grata

Ed. de Ángel Esteban y Yannelys Aparicio. Cátedra. Madrid, 2016. 504 páginas. 18,40 €. Libro electrónico: 14,99 €. Primera edición crítica de una obra imprescindible de la literatura en español, en la que el autor chileno relata su experiencia, no precisamente feliz, con el régimen castrista.

Por Alejandro San Francisco

Uno de los sucesos más prolíficos para la producción cultural fue la Revolución Cubana de 1959, que llevó al poder a los barbudos de Fidel Castro y Ernesto Che Guevara -que habían derrotado a la dictadura de Fulgencio Batista-, e inauguró la primera experiencia de socialismos reales en América Latina.

Despertó un entusiasmo pocas veces visto, admiración en el extranjero, deseos de imitación en diferentes países del continente y solidaridad fuera de estas fronteras, además de homenajes populares y compromisos de partidos hermanos. El proceso se inscribió dentro de la Guerra Fría, en su expresión específicamente interamericana, con más fuerza cuando la revolución se proclamó marxista y se alineó en el campo de la Unión Soviética. Las expresiones culturales se dieron en la música, en la poesía, ciertamente en la novela y en otras manifestaciones que quería retratar el desarrollo del proceso revolucionario y las esperanzas que despertaba para el continente.

El libro Persona non grata está situado en un momento específico y muy especial. Era 1970, y Salvador Allende acababa de acceder al gobierno en Chile, iniciando un proceso que se denominó “la vía chilena al socialismo”, con el mismo fin que Cuba, pero con distintos medios, como se especificaba. Una de sus primeras medidas en el ámbito internacional fue precisamente restablecer relaciones diplomáticas con Cuba, para lo cual envió a Jorge Edwards -que era a la vez diplomático y escritor- a cumplir la importante misión. Ahí está el origen de la obra que reedita Ediciones Cátedra, con un excelente estudio preliminar de Ángel Esteban y Yannelys Aparicio, trabajo muy inteligente e informado, y que permite conocer la trayectoria de esta obra que fue publicada por primera vez en 1973 por Barral Editores.

La experiencia cubana de Edwards fue bastante más compleja de lo presupuestado. En tanto llegó a la isla se sorprendió de que nadie lo esperaba y poco después se encontraría con otra sorpresa más desagradable aún: consideraban que no era confiable, lo espiaban, le revisaban sus cosas. En esto desempeñaban un papel importante dos circunstancias visibles del chileno, además de su pertenencia a una familia tradicional y con parientes ricos en Chile. La primera es que era amigo personal del poeta Pablo Neruda -militante del Partido Comunista de Chile y que había escrito su Canción de gesta en 1960, como homenaje a Castro y a la Revolución-, que había tenido un incidente con los escritores cubanos, por asistir a la reunión del Pen Club en Nueva York en 1966.

En esa ocasión los ánimos se caldearon en la isla y hubo una carta lapidaria -dictada desde muy arriba-, firmada por numerosos escritores que condenaban la actuación de Neruda, por haber servido a los propósitos del imperialismo. La segunda es que Edwards circulaba por los ambientes culturales y literarios de La Habana, especialmente en la Casa de las Américas, cuya política recibía ataques del régimen, y en reuniones con figuras como Pablo Armando Fernández y Heberto Padilla, a quienes se acusaba de haber rodeado al chileno para darle “una visión negativa de la Revolución Cubana”. “No hables nada. No confíes en nadie. Ni siquiera en mí”, le comentó en una ocasión Padilla, mostrando uno de los elementos más visibles y dramáticos de la dictadura: una sociedad construida sobre la desconfianza, llena de adversarios reales o potenciales, que se relacionaba con cinismo y temor esparcido por todas partes, que tendría en el poeta cubano una de las manifestaciones más ignominiosas, como fue la farsa de su “ridícula confesión autoinculpadora”, como se le llama en el estudio introductorio.

Ambas situaciones -que fueron formando parte del “prontuario” de Edwards que lo llevaría a ser non grato- se encuentran explicadas en el libro, mostrando algunos detalles interesantes. Por ejemplo, que entre los signatarios de la carta contra Neruda hubo muchos que se informaron de su firma el mismo día que se daba a conocer, mientras recuerda que los escritores latinoamericanos se encontraban divididos entre la admiración al poeta chileno y la adhesión incondicional a la Revolución Cubana. En el caso de Padilla, el propio Edwards recuerda haberle pedido que tuviera cuidado, que no fuera loco, que no actuara de manera imprudente. “¡Ay de los ingenuos, de los ilusos!”, exclama Edwards, lamentando la situación de Heberto Padilla, que creía que su fama de escritor lo protegería frente a la persecución del poder.

Todo eso fue generando una situación compleja para Edwards, y negativa frente a las autoridades del régimen, que el escritor va recordando con detalle, en un ambiente que bascula entre lo escalofriante y lo revelador, de una revolución que nació como promesa pero que hacia 1970 podía mostrar la consolidación de una dictadura, el “culto a la personalidad”, el fracaso económico y la pobreza de la población, entre otras manifestaciones de la nueva vida que habrían desalentado a muchos creyentes en el proceso cubano. Algunas de esas cosas aparecen en el libro, como las narraciones de la miseria y las persecuciones en la isla; también algunas realidades chilenas, como la visita de buque escuela Esmeralda a Cuba, a la que llegó el mismísimo Fidel Castro, que se sumaba al intento de comprender la extracción social y posición ideológica de los marinos, para prevenir posibles escenarios adversos para la revolución socialista en Chile.

Los trazos que se hacen sobre Fidel Castro resultan especialmente atractivos, como reconocen dos personas que leyeron Persona non grata y le escribieron a Edwards agradeciendo y comentando algún aspecto de la obra. Uno de ellos era Guillermo Cabrera Infante, escritor cubano exiliado en Inglaterra: “Me parece magistral cómo usted ha retratado a Fidel Castro con su mezcla de esquizofrénico y gran actor” (Londres, 4 de febrero de 1974). El otro es el dramaturgo Arthur Miller: “I found your book fascinating, especially the picture of Fidel” (23 de junio de 1988). Efectivamente, el líder cubano aparece como telón de fondo en los distintos capítulos, con su locuacidad e inteligencia, las atenciones especiales hacia su interlocutor, mezcladas con declaraciones duras y trato degradante.

Una de esas manifestaciones es la siguiente: “¿Por qué tienen ustedes que nombrar a escritores en la diplomacia?”, le preguntó Fidel Castro a Edwards en la conversación de despedida. El líder cubano pensaba que habría sido mejor un obrero como enviado de la Unidad Popular chilena. No está de más recordar que Edwards pensaba que eso fue finalmente mejor, porque de otra manera los propios obreros se habrían decepcionado muy temprano de la revolución socialista. Habían sido meses duros para el escritor, entre el 7 de diciembre de 1970 y el 22 de marzo de 1971. La despedida, después de lo vivido, le permitió al chileno despegar con “un sentimiento irrefrenable, gozoso, de liberación”, aunque la experiencia lo continuaría persiguiendo más adelante, como contaría Edwards en otras partes, como su libro Adiós, poeta..., donde narra sus años con Neruda como embajador de Chile en París.

Persona non grata es una novela atractiva, que se lee con rapidez y no da respiro. No es una novela cualquiera, sino que puede ser entendida como testimonio, según se explica en el estudio introductorio. En cualquier caso, resulta magistral en la descripción de la evolución histórica y el ambiente interno del régimen cubano, especialmente en el ámbito de la cultura, subordinada a la Revolución, con un círculo de “sargentos” más bien opacos y serviles -los que llevaron adelante la acusación contra Neruda-, mientras otras figuras más notables como escritores sufrían una persecución sistemática. Sin duda, una novela que vale la pena leer, por su propio valor literario y por su contribución a la mejor comprensión de un proceso histórico fundamental de América Latina en los últimos sesenta años.

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