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ENSAYO

Sergio González Rodríguez: Los 43 de Iguala

domingo 18 de septiembre de 2016, 18:26h
Sergio González Rodríguez: Los 43 de Iguala
Anagrama. Barcelona, 2016. 168 páginas. 14,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

A partir de la desaparición y posterior asesinato de los 43 estudiantes de la localidad mexicana de Iguala, Sergio González Rodríguez nos ofrece en Los 43 de Iguala. México: verdad y reto de los estudiantes desaparecidos, una radiografía de las innumerables carencias sociales e institucionales que presenta el país azteca. Sus referencias al pasado, con el fin de ubicar nombres propios y acontecimientos concretos, suponen un acierto debido a que su objeto de estudio es local, por lo que muchos de los hechos a los que se refiere, los desconocerá el lector.

La obra resulta fácil de leer y de entender su mensaje. Las reflexiones estrictamente vivenciales (por ejemplo, apelaciones a su hermano o a una prima suya, ambos fallecidos) humanizan el contenido sin perder de vista su objetivo de denuncia. Asimismo, evita en todo momento que el sensacionalismo se apodere de la narración cuando describe cómo fueron secuestrados los estudiantes y quemados sus cuerpos.

En consecuencia, alerta sobre una flagrante violación de derechos humanos por parte de las autoridades, cometida por una combinación de acción y omisión. Ello nos lo transmite sin recurrir a tópicos, cuyo uso desnaturalizaría el mensaje. Además, destaca la variedad de fuentes consultadas. Este último aspecto resulta fundamental, puesto que González Rodríguez investiga y relata un hecho, cuya verdad oficial lleva asociados numerosos interrogantes, como sinónimo de falsedades.

No obstante, como hemos indicado, el valor de la obra se ve multiplicado por las enumeraciones que hace sobre los excesivos déficits que presenta la legislación mexicana en el terreno de la seguridad. Al respecto, el autor no comparte que las autoridades gubernamentales (y ahí la figura del presidente Peña Nieto no sale bien librada, aunque el autor tiende a magnificar la influencia histórica que Estados Unidos, por ejemplo a través de la CIA, ejerce sobre México) se decanten por la represión en lugar de por la prevención, lo cual no resuelve sino que incrementa el problema. A pesar de esta afirmación, la obra no debe calificarse de alegato buenista, susceptible de exonerar siempre de responsabilidad al ciudadano que ha cometido delitos y culpar en su lugar a actores más ambiguos (el contexto social, el gobierno en cualquiera de sus niveles administrativos…).

En efecto, Iguala reúne todas las características para definirla como “ciudad fallida”: pobreza que genera altas tasas de emigración, elevados niveles de violencia, presencia continuada del crimen organizado y extorsión de las autoridades a los ciudadanos. Este sombrío panorama, común por otra parte en varios lugares de América Latina, ha propiciado también la irrupción de grupos de inspiración marxista-leninista para los que la ideología (totalitaria, cabría añadir) es el fin único al que deben supeditarse acciones y personas, sin admitir crítica o disidencia a esta estrategia.

Estos grupos dicen hablar por el pueblo al que el individuo se halla subordinado, sometido y supeditado. Además, emplean la “memoria” (por ejemplo, los 43 estudiantes de Iguala), como aval instigador y legitimador de los liberticidios de toda naturaleza que cometen o que tienen previsto cometer. La contundencia del autor en este punto no admite dudas: “sólo desde una postura irracional puede atentarse contra la vida de las personas y querer justificarlo con alegatos ideológicos” (p. 37).

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