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NOVELA

Junichiro Tanizaki: La historia de un ciego

domingo 25 de septiembre de 2016, 16:03h
Junichiro Tanizaki: La historia de un ciego

Prólogo de Fernando Sánchez Drago. Traducción de Aiga Sakamoto. Satori. Gijón, 2016.176 páginas. 18 €.

Por José Pazó Espinosa

Un masajista invidente asiste ciego y casi diríamos mudo, a los acontecimientos que llevaron a Japón a su unificación en el siglo XVI. Tanizaki escribió esta historia en la misma época que Sobre Shunkin o que El elogio de la sombra, en esos años en los que abrazó la sombra y la penumbra como parte de su peculiar investigación literaria y vital.

Tanizaki fue, como muchos de los grandes novelistas japoneses del siglo XX, un hombre decadente. Venía de un Japón antiguo y de una familia arruinada, y toda su vida fue la combinación de una tremenda ambición literaria, un constante análisis de la sexualidad y las relaciones, y una búsqueda de la esencia constitutiva de la existencia que acabó encontrando en la tradición y el pasado. Como buen decadente, abrazó al principio el progreso para descreer después de él y sumirse en las sombras de las historias y los ropajes del pasado. Siempre con contradicciones, eso sí, porque Tanizaki era, ante todo, un escritor de genio.

La editorial Satori acaba de publicar La historia de un ciego, casi a la vez que Sobre Shunkin. Los dos son relatos históricos y los dos juntos constituyen un tratado sobre la ceguera. Si en Sobre Shunkin exploraba desde fuentes ficticias la relación entre una bella profesora de música y su fiel aprendiz y amante, en La historia de un ciego Tanizaki recurre a fuentes reales sobre las andanzas de Hideyoshi. La obra fue escrita en Koya san, la montaña más sagrada del budismo esotérico japonés, durante una estancia que Tanizaki hizo en un templo con su segunda mujer.

La obra habla de guerras y engaños, de inteligencia y poder, y es a la postre una de esas sagas y genealogías que tanto gustaban a Borges. Quizá porque, a los decadentes, el pasado les ofrece un refugio cómodo, precisamente por su ambigüedad y su naturaleza laberíntica. El pasado legitima al poeta, al hacer menos rígido el compromiso con el presente. Los hechos fueron, pero ya no son y por lo tanto comprometen menos.

La historia la cuenta un masajista ciego que sirve a Oichi, hermana del gran Oda Nobunaga, y a sus tres hijas. En el prólogo, Sánchez Dragó presenta la obra como un caso de amor más allá de la muerte, usando la expresión de Vicente Aleixandre. Sin embargo, el amor está tan camuflado como una espada traidora bajo el ala de un kimono. Más que amor, hablaríamos de fidelidad, observación y comprensión, en este caso del ser femenino y su punto de vista. Alguna vez hemos afirmado que el verdadero tema de la novela nipona, el verdadero problema alrededor del que giran la mayoría de sus tramas, es la comprensión del otro. Sus personajes luchan y sufren por ese conocimiento, hasta el punto de morir por él. No mueren por no conocerse a sí mismos, sino que están dispuestos al máximo sacrificio por llegar a conocer la verdad del otro.

Este ciego, nos cuenta eso, una comprensión lenta, palpada y construida con las manos y el tacto, y por una fina observación sin ojos. Tanizaki, arropado por la historia, y los velos y silencios femeninos, parece decirnos que el que no ve, no oye y no habla, es en realidad quien ve, quien oye y quien habla.

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