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TRIBUNA

Pistoleros de la calumnia

jueves 29 de septiembre de 2016, 20:30h

Verdi (o tal vez fuera Shakespeare) pone en la boca de Otello: “Peor que la injuria es la sospecha de la injuria”. Y es que el verdadero protagonista del drama no es el León de Venecia sino el conspirador Iago, el maestro de la mentira y del oprobio.

Iago responde a la tipología del sujeto, abundante en la civilización contemporánea, del canalla, por cierto magníficamente descrito por Julia Navarro en su última gran obra. Iago es el villano, el ser carcomido por la furia de la venganza, del rencor. Probablemente es un ser frustrado que arrastra como chepa la amargura. Iago es una víbora repleta de veneno, un compulsivo urdidor de engaños y falacias. Su psicopatía aparece oculta a los ojos ingenuos de quienes le rodean, que no advierten que es un matador. Es pura basura, inmundicia, una araña que salta sobre el inocente, un matón que asesina por la espalda. Encierra la ira del acomplejado y es un consumado cobarde.

Pero Iago no muere, ni siquiera en la ficción. Contempla, sarcástico, la muerte de Desdémona y Otello. Es un ser que rezuma toxicidad, pero que no desaparece de la escena. ¿Cuántos Iagos nos rodean hoy? A mí no me salen las cuentas. Vivimos circundados de insanos Iagos.

Me refiero a los pistoleros de la calumnia, del calumnia que algo queda. Aquellos herederos del: “Mentira bien inventada, vale mucho y no cuesta nada”, que acuñó el refranero. Estos seres hacen rodar la mentira, como bola de nieve, engordándola al paso y convierten el mentir en su maldita forma de vivir. Se pavonean en el engaño engendrado impudorosamente. Miente, como decía Lord Palmerson de Napoleón, hasta cuando dicen. Son amorales, indignos que se embadurnan en el barro con sus propias mentiras.

Son los contemporáneos querulantes, embaucadores pintamonas que se dedican al golpe bajo y por la espalda a los higadillos. Son los que con voz baja buscan al gacetillero para que hable mal del otro. Se rebozan en la casquería para desacreditar al de al lado. No se atreven a dar la cara pero no por timidez sino por pura cobardía. Siempre, como delatores que son, se amparan en la oscuridad en la que todo vale (también mentir) para dejar por los suelos la dignidad o el honor del rival.

Como ratas de la injuria que son pertenecen al alcantarillado. Es su sitio y ahí deben quedar encerrados… para siempre.

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