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DE FÉLIX SABROSO

El tiempo de los monstruos: pero, ¿cuál es el tema central de la película?

Félix Sabroso salta al vacío con su primera película sin su compañera, fallecida en 2014, Dunia Ayaso. Arriesgada y divertida fábula que propone un delicioso laberinto de reflexiones al espectador valiente.
El tiempo de los monstruos: pero, ¿cuál es el tema central de la película?

EL TIEMPO DE LOS MONSTRUOS

Director: Félix Sabroso
País: España
Guión: Félix Sabroso
Fotografía: David Azcano
Reparto: Javier Cámara, Candela Peña, Carmen Machi, Julián López, Secun de la Rosa, Jorge Monje, Yael Barnatán, Antonia San Juan, Pepón Nieto, Pilar Castro.

Sinopsis: Víctor, que dice haber rodado algunas películas que no ha conseguido estrenar, reúne alrededor de su lecho de muerte a sus más fieles colaboradores, con el fin de representar su obra póstuma. Su esposa Clara, una mujer rica en busca de su propia identidad; Andrea, una actriz que llega acompañada de su dentista; Raúl, su fiel guionista y amigo, que acude acompañado de su pareja, una dibujante frustrada e insegura.Además, están Fabián y Marta, dos miembros del servicio que actúan más bien como enfermeros. Todos participan de una insólita convivencia que será como el rodaje de una película, en la que tiene lugar un confuso debate sobre sus relaciones y el origen de su inquietud frente a la actividad creativa.

"El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos". Félix Sabroso echa mano de Antonio Gramsci para arrancar su nueva película. El cineasta lo sabe. Por propia experiencia. Los cambios, las transiciones, lo que hay entre lo viejo y lo nuevo es El tiempo de los monstruos. Pero el cineasta ha sabido gestionar a los suyos, ha dado forma a las dudas, que no tienen porqué dejar de serlo, y moldeado los miedos, que siguen ahí, pero identificados. Sabroso le ha puesto rostro a sus monstruos –los de Javier Cámara, Pilar Castro, Candela Peña, Carmen Machi, Secun de la Rosa, Julián López, Jorge Monje y Yael Barnatán- y los ha usado para crear una película arriesgada, distinta, tan existencialista como divertida y tan absurda como rebosante de significados.

Sabroso se ha enfrentado por primera vez a la soledad creativa después del fallecimiento de su compañera Dunia Ayaso en 2014, con la que había parido, escrito y rodado sus seis películas anteriores (Perdona bonita pero Lucas me quería a mí, Los años desnudos o La isla interior, entre ellas). Y vomita un puñado de ideas sobre la soledad y la creatividad, los roles asumidos y la identidad, y el sentido mismo de la existencia, en una trama laberíntica en la que perderse. Y el caso es que es un laberinto particular, porque es imposible recorrerlo de manera ordenada de principio a fin, dudo incluso de que tenga un principio y un final; la propuesta consiste en absorber sus recovecos: ir hacia delante y hacia atrás y pasar por segunda vez por el mismo sitio mirándolo desde una perspectiva tan distinta que nos haga dudar de si alguna vez hemos estado allí. Ni pies ni cabeza en superficie, una tesis mutante sobre el sentido de la vida escarbando un poco.

Sabroso reúne en una mansión a ocho personajes. Uno de ellos, un cineasta que dice haber rodado muchas películas pero que nunca ha estrenado, comunica al resto su intención de suicidarse y les deja un encargo: hacer su trabajo póstumo y definitivo. La actriz alcohólica y con necesidad de atención y su pareja dentista; la mujer tan rica como irrelevante del director; el guionista y su pareja dibujante en crisis creativa; y una pareja del servicio; Sabroso prepara para ellos un juego de metacine en el que todos saltan arriba y abajo en los niveles diegéticos, pasando de personajes a personas, y a guionistas y a directores; toman consciencia de la fina línea que separa realidad y ficción e intentan buscar un sentido último a su existencia, sea la que sea.

Pirandello y Beckett ceden sus armas a Sabroso y el director las pone en manos de un reparto a la altura. La frustración rezuma en todos y cada uno de los personajes, con un Javier Cámara excéntrico y turbado; una Carmen Machi a la que siempre se da bien llevar las riendas; Candela Peña que, muchos dirán, enseña culo, pero yo creo que enseña entrañas; y un Julián López al que le vienen muy bien para este papel las reminiscencias del humor absurdamente serio de La Hora Chanante y Muchachada Nui.

En el apartado técnico, la realización, los encuadres, el atrezzo, el vestuario y la fotografía, todo está al servicio de este juego de falsas realidades que propone el director. El color de la imagen supura artificio; unos personajes que apenas se cambian de ropa, como si interpretaran una obra de teatro en la que su caracterización a ojos del público fuera necesaria; brillante el recurso de las pelucas; la música, incisiva, dramática y teatral.

En el giro central de la película, cuando los personajes destapan la mentira en la que están viviendo, uno de ellos pregunta: “¿Pero cuál es el tema central de la película?” El tiempo de los monstruos es una gigantesca fábula de lo absurdo de la vida, de la necesidad constante de buscar sentidos que justifiquen nuestro paso por el mundo, embadurnada de ironía y mala leche, como una sátira en la que reírse por no llorar.


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