www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

JORNADA 7: REAL MADRID 1 EIBAR 1

El Eibar incendia la crisis del Real Madrid | 1-1

El Eibar incendia la crisis del Real Madrid | 1-1
domingo 02 de octubre de 2016, 18:09h
Los madridistas nunca dominaron hasta dañar al sobrebio partido de los vascos.


El Real Madrid no había vuelto a ganar desde que Casemiro se lesionara en Cornellá.
Este es el titular sobre el que se ha desplegado la sombra de una crisis que ha tomado forma con tres empates consecutivos. El bache de resultados y sensaciones, amén de minar la ventaja adquirida en la cima de la Liga y desatar alguna que otra escaramuza casi impostada (litigio Ronaldo-Zidane), ha acrecentado su abrasión en las últimas horas: Luca Modric se ausentará de la dinámica un mes. La lesión del croata estrujaba la consistencia de un Madrid que desencadena el refresco de los fantasmas de desequilibrio táctico que expulsaron del cargo a Mourinho, Ancelotti y Benítez. Éste es, sin duda, el primer paseo entre espinas del entrenador galo. Sin dos piezas nucleares de su centro del campo afrontaba el coloso de Chamartín un duelo concebido como balsámico por los precedentes, pero los eibarreses no venían de turismo a la capital. Parecería que la estrategia de la entidad vasca es hacer acopio de puntos de arranque para gestionar el calendario. Y en esas estábamos. Séptima jornada, sin la presión clasificatoria vigente y con la oportunidad de convulsionar la historia y sobrevivir en el teatro más luminoso. El parón de selecciones azuzaría el desempeño energético de unos y otros, actuando como un parámetro más a tener en cuenta en un empresa elevada a la apariencia de catárquica para el favorito.

 

Zinedine Zidane suturó las bajas de Casemiro, Modric, Marcelo y Ramos (ésta última por decisión técnica) anunciando una vuelta de timón: despoblaría el centro del campo de sostenes y se abandonaría a la acumulación de calidad, aún a riesgo de padecer dolor de espalda en las contras visitantes. Kroos se mantenía como improvisada ancla e Isco y James le circundarían como interiores que engrasaran la conexión con el tridente arquetípico. Sin embargo, el cafetero no comparecería en el verde por la aparición de molestias en el calentamiento y sí lo haría Kovacic, que aportaría lógica sistémica a pesar ser publicado como suplente (y de no tener en su naturaleza el rol y los automatismos de destructor). Pepe y Varane volvían a formar pareja en el centro de una zaga ya defendida por Keylor Navas. Carvajal y Danilo repetían en los laterales con clara vocación atacante y de carrileros sueltos. La decisión del preparador galo tendía a buscar el monopolio de la pelota, un epígrafe decrépito en las últimas semanas, para controlar, proponer y rematar en su tránsito plácido por este duelo. Pero no sólo la velocidad de desplazamiento y el atino de cara a portería influiría en el resultado de la ecuación expuesta. La vigilancia tras pérdida y la implicación de cada línea en el repliegue, un tanto flexibilizada, recobraban trascendencia para mantener el pulso que ya le imponen Atlético y Barça. El recurso asumido necesitaría de algo más que talento e inspiración para eludir un resbalón que desatara, de forma definitiva, el incendio en el Paseo de la Castellana. El retrovisor anunciaba ya nubarrones.

 


Despejado de la tensión que amagaba con atenazar al coloso contrincante arribó el sistema de José Luis Mendilibar. El arquitecto vasco comprendió que habría de rearmar a su estructura para no quedar expuesto a un duelo de tú a tú que jugaría en contra de sus intereses. Así, el veterano estratega interpretó como prioritario la siembra de dudas en la convicción ajena. Para ello, sentó de inicio a Bebe, una de sus herramientas predilectas para explotar tesituras, como ésta, que invitan a correr al espacio. Además, optó por colapsar el tercio central del terreno, colocando un 5-4-1 en el que Escalante, Fran Rico y Dani García suponían la almendra gravitacional que se adheriría a los zagueros Dos Santos y Lejeune. Luna y Capa, laterales con capacidad de acompañamiento ofensivo, se afanarían por eludir las superioridades exteriores con el sudor de Peña y Pedro León. Enrich, punta referencial, figuraba como un islote en la punta de lanza de un plateamiento pensado para fiscalizar el temple local, pues trataría de cortocircuitar el petendido fútbol entre líneas y las llegadas exteriores. La reducción de espacios también resplandecía en el guión armero. Crecer con el paso de los minutos desde ese repliegue para ganar ambición y morder a la contra o desde la pizarra redondeaban la propuesta.

 

Si alguna de la esferas del Bernabéu contemplaba un baño y masaje en esta humilde visita pronto se esfumaría dicha asunción. La subida del telón ofreció una predisposición valiente del club visitante, que se negó a encerrarse a la primeras de cambio (y durante todo el combate) y respondió con presión muy elevada al primigenio intento gobernador merengue. Se constriñó a la gallardía posicional la salida de vestuarios vasca: con celeridad se desnudó una asimetría en la intensidad de ambos púgiles y el libreto de Mendilibar impondría el compás con soberana rotundidad. Sólo una escapada en slalom de Bale, que se deshizo de dos marcadores pegado a la cal para trazar una diagonal que se topó con el lateral de la red -minuto 4- escapó de la irreverencia visitante. Un minuto más tarde que este despertar atacante local, los azulgrana lanzaban a cuatro rematadores hacia el área capitalina. Pedro León, resplandeciente en este curso y apostado en banda diestra y con tiempo, dibujó un centro sedoso que Fran Rico enlazó hacia la red madridista con un remate certero y desmarcado. El atentado diseñado hizo caja y la espalda de los mediocentros volvía a penalizar a un Madrid que, para su impotencia, habría de remar con palos en sus ruedas.



En cinco minutos sufrió un abrasivo revés la complacencia merengue y el bloque madrileño reaccionó reclamando, ahora sí con vehemencia, el mando del tempo y del mediocampo. Pasó el Eibar a entregar metros y replegar en su cancha, cediendo la alternativa a la densa circulación del Madrid. Isco y Kroos fluctuaban, con Caraval y Danilo sumados a la elaboración, pero los avances exteriores no se concretaban en llegadas a posiciones de centro y Benzema seguía descontextualizado. Como la posesión merengue no escapaba a su lentitud rítmica, no sufría en la gestión de la ventaja el muro vasco, tan cómodo en la congelación del tránsito en la frontal de su área que pasado el minuto 10 renovó su querencia por suponer una amenaza. Entonces, con 0-1, alternaría presiones elavadas con encierros que esbozaban contragolpes que rompían el compás local. Pero la asiduidad de este movimiento conduciría a los visitantes hacia la exposición que necesitan los exteriores capitalinos para dañar. El juego de la altura de sus líneas ofreció a los pupilos de Zidane subterfugios sobre los que conseguir que la calidad brillara. En ese impás, casi en el 20 de juego, Ronaldo (enchuufado pero desacertado) encontró un mano a mano con Capa en el perfil izquierdo. La cobertura no llegó a tiempo y el luso desbordó, pedaleando, hasta centrar hacia el segundo poste. Allí, Gareth Bale impuso su anatomía y, de cabeza, inscribió las tablas -minuto 17.

 

No tardó el sistema de Mendilibar en recordar la amenaza a la que se exponía el Madrid si volvía a descender en su compromiso en fase defensiva. Pedro León, muy destacado con la pelota y laborioso sin ella, encaró a Danilo, en otra tesitura de abandono táctico merengue. Dribló de forma trabajosa al cariosa, sentó a un Kroos fuera de tiempo y chutó hacia el primer poste para que Navas luciera reflejos --minuto 19-. Este toque de atención retrajo al aspirante a todo. De este modo, el equipo de Zizou se tornó horizontal, con asociaciones perennes y controladoras, y el tempo del enfrentamiento descendió hasta un trote respetuoso. Antes del advenimiento del desenlace del primer acto, el coloso adelantó líneas y obtuvo opciones de remate, aunque no envueltas en un entorno de fluidez. Más bien era el magnetismo de Bale y Ronaldo el que generaba desajustes en el cierre visitante. Danilo aprovechó una combinación para tocar línea de fondo y centrar para el remate, tortuoso y no ajustado en su dirección de Benzema -víctima clara de la incapacidad coral para jugar entre líneas y eludir la acumulación de centros parabólicos-. A continuación fue el luso el que perforó al galope y en transición. El balón al espacio de Kovacic disparó el regate que desembocó en un zurdazo cruzado que Riesgo detuvo con problemas.

 

Pero, como había susurrado la esencia irresoluta del envite, el Eibar respondió enturbiando la posesión local hasta deshacerla e interponer una enmienda nítida sobre el control del cuero. La recta final antes del intermedio asistió a la progresión exponencial de la relevancia en la trama de los vascos, que combinaban con lógica en cancha ajena, aunque no localizarían la puntería suficiente como para inquietar a Navas. Con el patrón de juego interpelado, el Madrid no conseguiría sacudirse el marasmo. Varane y Pepe brillaron más que Isco, Kroos y el ausente Benzema, y la silbatina descendía desde la tribuna, de manera irremisible, en el camino hacia el camarín. Sin continuidad ni personalidad en su reclamo del mandato del partido, el conjunto capitalino no sólo no se encontró a sí mismo sino que sufrió una suerte de apnea que enclaustraba a su rendimiento, nunca extremado en ninguna faceta del juego. Ni asedio ni firmeza. La lluvía espaciada de centros que Ronaldo y Bale se peleaban por encauzar clausuró un oscuro primer tiempo del que el visitante salió sonriente. Cedió en la posesión (62% madridista) y en los tiros a portería (3-2), pero permaneció de pie y sin enfrentar demasiadas turbulencias. Su tenaza aplicada sobre un centro del campo en prácticas (sin Modric y Casemiro) ofreció fruto con pragmático resultado y era trabajo de Zidane activar las soluciones trabajadas y concienciar a los suyos -como en los tres últimos duelos- de la urgencia por asimilar la pulsión competitiva como una condición sine qua non para luchar por el título señalado este ejecicio: la Liga. Ya que no hay regularidad posible sin una alfombra de compromiso global y específico.

 

Zidane movió el banquillo y sentó a Varane y Benzema -inédito- por Nacho y Morata. El resguardo físico en un intervalo de apreturas en el vestuario condujo al técnico a quemar dos sustituciones que no revolucionaban la apuesta. Sí pareció indicar una mayor tratativa de virar hacia el ataque, pero el prólogo de segundo acto evidenció el peor de los escenarios: la ruptura de líneas no admitía ya debate, con los delanteros ajenos al rigor táctico, Kovacic y Kroos caminando en fase defennsiva y la zaga entregada a su suerte. Porque el Eibar percibió la sangre y se lanzó con todo. Capa y Luna se uniformaron de carrileros largos y un puñado de interiores, con Fran Rico sobresaliendo, conducían el continuo repiqueteo de juego en estático y en transición que desestabilizó a los madridistas. Pedro León chutó apresurado y angulado en el 48 para corroborar el movimiento de Mendilibar y el sonrojo de un Madrid expuesto a sus peores males. A la expectativa.

 

Tardó 10 minutos el conjunto local en salir del shock y lo hizo de la mano de Bale, no de un ejercicio coral. El galés asumió la jurisdicción de la gestación de peligro como un asunto personal y se tiró hacia la cal diestra. Desde esa posición, y con el paseo aliñado de Carvajal, amaestró el ímpetu del Eibar con la concatenación de desbordes y centros. Uno de ellos, en el 53, conectó con el cabezazo de Morata en el segundo poste. El toque del canterano devolvió el esférico al centro del área. Ronaldo, enredado, envió su intento a las nubes con todo a favor, perdonando una de las limitadas opciones claras en liza. Con el dictado del enfrentamiento un tanto guadianesco, como si variara bajo la voluntad de la dirección del viento, avanzó un duelo que para nada rompía en monopolio merengue. No obstante, Enrich remató desviado por poco un centro desde la banda de Danilo, de nuevo desasistido por su cobertura (Kovacic) y, por tanto, retratado en el mano a mano defensivo. De inmediato, en el 59, Bale estrellaría en la madera un testarazo soberbio, autografiando el vaivén sobre el que navegaba la incertidumbre generalizada en la trinchera local, pues para el conjunto armero este tú a tú, a marcador empatado, suponía un homenaje a su histórico arranque liguero. Quería Zidane que sus pupilos cambiaran la velocidad de las revoluciones, que terminaran este ejecutar pasivo que se asemejaba bastante a un dejarse llevar que permitía el protagonismo del centro del campo del Eibar, por encima de los peones merengues. Pero la red tejida por los visitantes desconectó el frágil fluir asociativo madridista y no iba a resultar tarea sencilla. A 25 minutos del crepúsculo, sólo las individualidades decoraban su bagaje: Ronaldo rompió la inercia de siesta en el 65 con una finta y chut muy desviado desde la frontal.

 

El único chipazo de Isco (espeso y plano) indentificable, en el 68, entrelazó una pared con Bale y confluyó en un centro apurado que Ronaldo no acertó a dirigir con peligro. La sostenida escasez de profundidad en estático provocó que Zidane eligiera a Marco Asensio (instracendente) y sentara al esforzado malagueño. El joven mediapunta habría de generar fútbol más vertical y entre líneas pero no podría olvidar su responsabilidad en fase defensiva, pues el Eibar, si bien más encerrado, se manejó también con pericia en el modelo de robo y salida. Mendilibar reaccinó entregando descanso al valioso trabajo de Sergi Enrich y la alternativa a Kike García, para refrescar pulmones y amenaza. Cruzado el 75, todavía no había ahogado el Madrid a su contestatario púgil por la vía del ritmo y la verticalidad. Había pagado con creces la influencia de los ausentes pero, toda vez quedó relegada la ganancia de legitimidad estilística, era cuestión ya de eludir la debacle y arrancar tres puntos de urgencia. Por el camino golpeó a puerta el recién entrado en el bando vasco para que Navas se desperezara, recordando el pelaje visitante por si quedaba alguna duda. Otra vez, el respingo de última hora, ese caminar sobre el filo, constituía la argucia primordial del líder. Todo un síntoma. La agonía se tornaba en costumbre.

 

Capa, fino y efectivo como Dani García, retrató el paradigma: en el 80, el carrilero atravesó en conducción el centro del campo y superó a Kroos y Danilo sin pestañear. Más bien, los que nos pestañearon fueron los madridistas. Nacho ejercería como salvavidas en dos acciones consecutivas del lateral vistante. El testarazo de Dos Santos en un córner botado por Pedro León redondeaba el honorable desempeño vasco.

 

Mostró un manejo depauperado de los tiempos y el temple el Madrid en este epílogo, cometiendo faltas que frenaban (más) el ritmo trompicado, entregaban aire al esfuerzo de resistencia eibarrés y les regalaban acciones de pizarra. Sin despegarse de la lateralidad y los centros aéreos, Asensio y Ronaldo probaron suerte sin éxito antes de que la contrarreloj pesara sobre las botas de los madridistas. Bebe, punzón al espacio, sustituyó al entregado Rubén Peña (tapón de Carvajal) en el 86 ante el tenso silencio del graderío, cambio destinado a contemporizar y que ayudó a confirmar que el asedio final local no fue tal. El tiempo añadido sobrevino sin que el Eibar sudara en el encierro, ni siquiera sin que se encerrara. Incluso supo lanzar contras gracias a la conexión Bebe y Pedro León, que fue sustituido por Adrián para ganar tiempo, después de un partido formidable. Hizo leyenda el humilde, que asaltó el cielo de un Real Madrid sin soluciones globales. La falta de engrase ofensivo puso en evidencia las lagunas estructurales, más aún en un brete con lesionados capitales. Cuarto empate consecutivo y liderato esfumado. Ahora es el turno de Zidane para justificar su estatus como técnico. Porque la falta de energía (explícita en el cierre de partido) es sólo la superficie del devenir depresivo merengue.



Ficha técnica:
1 - Real Madrid:
Keylor Navas; Carvajal, Varane (Nacho, m.46), Pepe, Danilo; Kroos, Isco (Marco Asensio, m.72), Kovacic; Bale, Cristiano Ronaldo y Benzema (Morata, m.46).
1 - Eibar: Riesgo; Capa, Mauro, Lejeune, Luna; Fran Rico, Dani Garcia, Escalante, Pedro León (Adrián, m.92), Rubén Peña (Bebe, m.87); y Sergi Enrich (Kike, m.75).
Goles: 0-1, m.6: Fran Rico. 1-1, m.17: Bale.
Árbitro: Juan Martínez Munuera (Comité valenciano). Amonestó a Bale (44), Carvajal (44), Morata (56) y Kroos (73) por el Real Madrid; y a Escalante (29), Dani García (48), Lejeune (57), Peña (71) y Fran Rico (84) por el Eibar.
Incidencias: encuentro correspondiente a la séptima jornada de LaLiga Santander, disputado en el estadio Santiago Bernabéu ante la presencia de 72.103 espectadores.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios