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NOVELA

Gema Nieto: La pertenencia

domingo 02 de octubre de 2016, 18:41h
Gema Nieto: La pertenencia

Caballo de Troya. Barcelona, 2016. 240 páginas. 16,10 €. Libro electrónico: 3,99 €.

Por Francisco Estévez

La labor de Elvira Navarro como editora invitada en Caballo de Troya fue del todo punto eficaz, mantuvo el legado y voluntad de Constantino Bértolo de poner sobre la mesa de novedades un puñado de nombres que aunara voluntad literaria y voz distante de las corrientes en boga preferidas por el pragmatismo editorial. Así las cosas Alberto Olmos, el nuevo editor anual invitado en Caballo de Troya, tiene puesta sobre su elecciones muchos ojos curiosos y lenguas de diferentes voluntades. No parece convertirse en carne de picadillo o chisme literario. La acústica de los iglús (2016), de Almudena Sánchez, por ejemplo, contiene algún relato notabilísimo y presenta a una autora de dotes genuinas. Otro de los textos de valor del sello es el presente libro. Se suma con saldo positivo a la lista de novelas frecuentes estos últimos tiempos que reflexionan sobre la muerte y sus desgarradoras consecuencias para la construcción de la identidad. Recordemos la portentosa El comensal de Gabriela Ybarra (2015) en esta misma colección.

A través de cortos fragmentos con distintos puntos de vista, la protagonista de La pertenencia nos contará su crecimiento desde la muerte de su madre a los trece años hasta el momento actual de escritura del propio libro. No conviene desmenuzar mucho más del relato por el bien de su lectura. Una técnica arriesgada y un estilo inusual llevan la prosa de Gema Nieto a una volatilidad que algunos lectores pueden malentender o no apreciar. Por ejemplo, el intento adjetival en su extraña voluntad, discreto en su hacer, potente de logros, ya es señal de una escritora de raza. Por otro lado, la desposeída narración creada con una dificultosa voz en tercera persona (la más alejada de todas) transmite primero la mudez, después lo incognoscible, más allá los vértigos y otro abismos… hasta que posibilita el pasar a una primera persona plural con la que dar visión global de la familia: “nos doblamos, entonces, como árboles hacia el pasado, hasta rompernos”. Algunos vacuos no entenderán que dejando de lado los estilismos, en sustancia, la novela es forma Sería fácil remitirles a Ideas sobre la novela de Ortega y Gasset o hacerles reflexionar que por encima del aluvión de folletones del siglo XIX a Galdós lo seguimos leyendo por el engarce genial de sus historias.

La narradora de La pertenencia, que tiende a confundirse con la propia autora, apunta algunos posibles antecedentes que novelaron la tragedia de la madre muerta como son Gorki o Dickens. El texto a mitad de camino tornará intensamente rojo y descubrimos en este “memorial de días perdidos” que a una ausencia segura se suma otra, aquella del primer amor perdido, y más…, “la pertenencia, el estado de gracia más desconocido de todos”, el motor narrativo de estas páginas, la certeza de que se puede morir más de una vez, que la vida es un ir muriéndose a cada rato muchas veces, como explicó el poeta Ángel González al cumplir años.

Aparecen de continuo referencias culturales y literarias propias de la autora (buena clave es la pág. 149), desde una que pasa de Baudelaire al sentir del Oliveira de Julio Cortázar, hasta un fugaz homenaje a Antonio Vega y, en fin, así Sherlock Holmes o las variaciones musicales enigma hilan aquí un íntimo y finísimo lazo que apenas es, tan vaporoso que la novela se deshilacha por momentos si no fuera por el frío interior compartido que se extiende hasta el lector. Frío y lirismo que no quedan distantes de otra de las novelas del momento, la sutil Hermano de hielo de Alicia Kopf (Alpha Decay, 2016). De alguna forma misteriosa Gema Nieto muda con genuino veneno literario el “atuendo perfecto de espinas y piedras” que se tejió y nosotros leemos ya transformado en palabras afiladas unas, congeladas otras, duras todas. Hay en estas páginas un apetito de luz, un deseo de claridad. Como sentenció Alejandra Pizarnik: “La lucidez es un don y es un castigo. Está todo en la palabra”.

A la contra de Ignacio Echevarría, uno queda tentado de apuntar que en España, tras un tiempo, por fin comienza a escribirse con aquella soltura y dinamismo que se aprecia en nuestra literatura hermana, la hispanoamericana. En el resumen de solapa, supongo que redactado por Alberto Olmos, se advierte al lector del “trágico recuento del propio pasado cuando la vida por fin concede una tregua”. Erróneo, la vida no tiene tregua; de hecho la propia escritura del libro fue lacerante como confiesa la protagonista-autora cuando “escribir es un continuo desangrarse”. Sin embargo, de existir esa tregua, veremos entonces con qué nos araña, sacude o deleita Gema Nieto.

Entre nosotros anda renovado el concepto del “engagement” de las letras, es decir, el de la literatura comprometida, virado ahora con promesas de novedad hacia el uno mismo, hacia el yo. Pareciera sensato pensar que solo un real compromiso externo pudiera nacer cuando se ha cumplido cierto compromiso con uno mismo. No hace falta retraerse a Sartre y su ¿Qué es la literatura? Este compromiso interior nace aquí de cruzar el Leteo y contarlo.

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