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NOVELA

Sam Savage: El camino del perro

domingo 02 de octubre de 2016, 18:46h
Sam Savage: El camino del perro

Traducción de Ramón Buenaventura. Seix Barral. Barcelona. 2016. 150 páginas. 16,50 €. Libro electrónico: 7,99 €.

Por Daniel González Irala

Estamos ante el autor de la novela Firmin que, tras ser editada fuera de los cauces comerciales habituales, consiguió gran éxito en éstos un tiempo después. Pero además de esta poderosa novela, Savage tiene publicadas cinco más, una de ellas (The criminal life of Effie O.) escrita en verso, siendo de las traducidas al español destacables El lamento del perezoso y Cristal.

Sobre la que nos ocupa, la crítica internacional ha dejado igualmente ver su conformidad y entusiasmo; se trata de la historia personal y vital de Harold Nivenson, un artista plástico y literario en decadencia que utiliza la escritura como vía de autoconocimiento y escasa relación con el mundo. Depresivo y asocial, se dedica a mirar por la ventana de una casa en la que no está a gusto a unos vecinos por los que la fisonomía del barrio residencial en que vive cambió como cambian los tiempos, de tal forma que de vivir en él artistas (menores o mayores en cuanto a la calidad de su obra), se ha pasado a la tecnificación de un arte que, desde su universo diletante, no tiene sentido o, más bien, se lo han hecho perder.

En concreto, Harold no para de observar a la profesora Diamond, alguien que compagina su oficio con la escritura (lleva once novelas gruesas, de las consideradas best-sellers publicadas) y que vive inmersa en esa tecnificación por la que el barrio pasó a ser también estéticamente más agradable. A este respecto, Nivenson reflexiona sobre la fealdad, y lo hace del modo contrario al que Paul Auster lo practicó en Tombuctú. Su perro Roy, fallece y él siente caerse a un abismo en el que lo inasible se concretará en escritura, en arte, en vida.

Se ha dicho que estilísticamente, Savage es deudor de alguna novela del alemán Thomas Bernard, mientras que vitalmente deba también mucho a J.D. Salinger; sin embargo somos partidarios más del primero que del segundo, por el hecho de que el personaje, brillantemente conseguido, es ya un señor de edad, que convive con su mujer Moll, con la que tiene dos hijos (a uno de ellos lo llama Alfie), es decir, una familia que al menos anímicamente, sostiene su estado letárgico y a veces casi catatónico.

Es cuando el protagonista ficciona sobre el encuentro entre personas, cuando se da cuenta de que necesita un respiro y toca fondo de manera catártica en ese abismo, lo que le permite expulsar demonios (literarios y no) y desaprender esas vías de suicidio que le llevaron a admirar en demasía a André Breton, Antonin Artaud, los personajes de Dostoievski o hasta Walt Whitman, para encontrar su propia forma de entenderlo todo, aquella por la que aún tiene en su casa una serie de lienzos de un pintor llamado Meininger, por el que se sintió, como mecenas, en la necesidad o tesitura de verse traicionado.

De que su vida siga el camino del perro, se nutre la necesidad de aislamiento del artista, por el que sólo el amor propio le llevará a consignar el comportamiento de sus otrora amigos (también fue mecenas de otros pintores) entre los que está el citado retratista de mujeres desnudas en poses insólitas, como la fehaciente prueba de traición llena de hipocresía que fue.

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