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NOVELA

Julian Barnes: El ruido del tiempo

domingo 02 de octubre de 2016, 18:51h
Julian Barnes: El ruido del tiempo

Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2016. 208 páginas. 16,90 €. El escritor británico noveliza con brillantez la vida del compositor ruso Dmitri Shostákovich en una historia que se alza en metáfora de las tortuosas relaciones entre el poder totalitario y la creación.

Por Carmen R. Santos

Cuando Aleksandr Solzhenitsyn publicó Archipiélago Gulag se confirmaron las sospechas de la terrible represión desatada por Stalin en la Unión Soviética. A través de la propia experiencia del autor, Premio Nobel de Literatura, y del testimonio de numerosos compañeros de infortunio, nos sumergimos en el horror de las detenciones, torturas y campos de concentración y “reeducación”, sarcástico eufemismo que nada tiene que envidiar al “Arbeit macht frei”( El trabajo os hará libres) que los nazis estampaban en la entrada de muchos de sus campos de exterminio. Pero también en la Rusia del dictador Stalin -las víctimas de su sangriento régimen se cuentan por millones-, se puso en marcha un tipo de horror dirigido específicamente a los creadores, a los artísticas, a quienes se quería doblegar a toda costa e imponerles cómo y cuál debía ser su trabajo. Algo en lo que igualmente coinciden el comunismo y el nazismo, siendo para ambos arte “degenerado” todo aquel que no seguía sus consignas.

Las tortuosas relaciones entre el poder y la creación en los sistemas totalitarios es un asunto que despierta gran interés y ofrece múltiples posibilidades. En nuestro país, recordemos, por ejemplo, la pieza Cartas de amor a Stalin, de Juan Mayorga, en la que brillantemente se aborda la figura del escritor Mijail Bulgakov a quien el estalinismo sometió al ostracismo y la condena. No menos brillante es la novela, El ruido del tiempo, que ahora nos propone el autor inglés Julian Barnes (Leicester, 1946), quien, junto a nombres como los de Martin Amis, Ian McEwan, o Graham Swift, formó ese “British Dream Team”, un grupo claveno solo en la reciente literatura británica sino en la europea. Con títulos, entre otros, como El loro de Flaubert, Hablando del asunto o Inglaterra, Inglaterra, Barnes se ha hecho acreedor de numerosos y prestigiosos galardones.

La historia del compositor Dmitri Shostákovich (San Petersburgo, 1906-Moscú, 1975), que nos presenta la novela de Barnes, ilustra a la perfección esas escabrosas relaciones entre un poder tiránico y el arte, centrándose en una de las formas en la que los artistas viven, se posicionan, sufren, esa autoridad dictatorial. Dictatorial y en la mayoría de los casos asesina. Desde luego, en el caso de Stalin. Obviamente, la manera en la que Shostákovich se enfrentó -mejor dicho, no se enfrentó- al régimen estalinista no es heroica ni su vida se asemeja a la de figuras como Isaak Bábel, Anna Ajmátova, Marina Tsvetaieva, , Boris Pasternak, o Osip Mandelshtam. Precisamente en el título de las memorias de este último, El rumor del tiempo, se inspira el de la novela de Barnes.

Shostákovich gozaba de éxito y reputación con las obras que consideraba debía componer. Pero un día todo cambia. El 26 de enero de 1938 se representa en el Bolshói moscovita su ópera Lady Macbeth de Mtsensk. Pero no será una representación más. Asiste a ella, oculto, el dueño y señor del país, el todopoderoso Stalin. Poco después, aparece en el periódico Pravda, el boletín oficial del régimen, un vitriólico editorial contra esa ópera, y contra su autor, titulado Bulla en vez de música. Se sospecha que el propio Stalin fue quien lo escribió. Aunque eso era lo de menos. Lo importante es que suponía una absoluta sentencia condenatoria a la música de Dmitri Shostákovich. Una sentencia que no se podía ignorar: “Aquello era un editorial del Pravda; no un juicio fugaz contra el que cabía recurrir, sino una declaración política del más alto nivel. La Sagrada Escritura, en otras palabras. La única acción posible que le quedaba a Dmitri Shostákovich era disculparse públicamente, abjurar de sus errores y explicar que mientras estaba componiendo su ópera se había dejado llevar por los insensatos excesos de la juventud”.

Y eso es lo que haría. Shostákovich adapta su arte a las consignas oficiales y se convierte en el más alto y aparentemente convencido representante de la auténtica música rusa, popular y melodiosa. Y el régimen le perdona su desliz y le colma de honores.

Puede que muchos condenarían a Shostákovich por su cobardía, por no mantener la pureza del artista. Pero Julian Barnes no lo hace. Tampoco le aplaude ni siquiera le justifica. Simplemente nos lo pone ante nuestros ojos para que seamos nosotros, si queremos, quienes emitamos un juicio. Barnes simplemente, y es eso tanto, nos sitúa ante las contradicciones, la complejidad, el miedo, la culpa…, de un Shostákovich humano, muy humano. Un Shostákovich que, en una imagen estremecedora, fume y fuma sin parar en el rellano de su casa. Allí pasa muchas noches, provisto con una pequeña maleta en la que lleva lo imprescindible. Espera, teme, ser detenido a media noche y no quiere que le saquen de su casa a empujones y en pijama. Hasta que comprende, acepta, que no es, que no quiere ser un mártir. Prefiere ser, será, un técnico de la supervivencia. Quizá porque “una de las muchas desilusiones de la vida consistía en que nunca era una novela, ni e Maupasant ni de ningún otro. Bueno, quizá un cuento satírico de Gógol”. Lean El ruido del tiempo. Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

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