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MACGUFFIN

La política de la farsa

Dudo de si empezar a escribir con una frase tan manida como ‘la realidad supera a la ficción’. No por poco original deja de ser efectiva, así que si: La realidad supera a la ficción. En la noche del domingo me expuse a mi ración diaria de ficción, que en las últimas semanas suele ser un capítulo –o un par, no nos engañemos- de la serie estadounidense House of Cards, thriller político protagonizado por Kevin Spacey y Robin Wright. Sin ‘spoilear’ al lector, diré que la casualidad –o lo que sea- hizo que el de esa noche girara en torno al debate entre los tres candidatos demócratas a las primarias de su partido para encarar las presidenciales de 2016 (en la tercera temporada de la serie). Y los guionistas quisieron que fueran dos mujeres y un hombre que, en buena parte de la escena, usaban el feminismo, la igualdad de género y las oportunidades de las mujeres del país como armas arrojadizas. El voyeurismo que permite la ficción, eso sí, nos ponía a los espectadores en una oposición privilegiada que no tenemos en la vida real: la de conocer la trastienda al completo, los porqués de las estrategias y las motivaciones de cada candidato, tan alejadas de la vocación de servicio público que define a la política -¿es eso, no?- como pegadas a intereses individuales, favores y deudas.

Ya el lunes por la mañana desayuno con los resúmenes del debate presidencial estadounidense, el segundo ‘cara a cara’ televisado entre Hillary Clinton y Donald Trump que se esperaba con una dosis extra de morbo por las recién desveladas declaraciones en tono soez y sexista del candidato republicano. Clinton afilaba sus cuchillos, Trump preparaba el contraataque, y la cosa no decepcionó a los más marrulleros. El magnate metido a político apareció en las horas previas al debate en una rueda de prensa junto a varias mujeres que denunciaron en su día al marido de su contrincante, Bill Clinton, por acoso sexual. Comparadas con la trayectoria del expresidente y aspirante a Primer Caballero, las palabras de Trump fueron meros “comentarios de vestuario”, como él mismo las calificó.

La exsecretaria de Estado, por su parte, aprovechó la filtración del vídeo grabado hace más de una década para atacar, como si no fueran suficientes las descalificaciones de Trump a las mujeres durante los últimos meses para poner encima de la mesa la misoginia que corroe al candidato republicano. Pero para la política-espectáculo que interesa ahora, la que regala ‘clicks’ y ‘trending toppics’, es más efectiva la palabra ‘coño’ justo antes de un debate que una tendencia machista continuada.

Y al final, como siempre y a ambos lados del charco –que aquí nos estamos convirtiendo en expertos en debates electorales por simple repetición- un debate estéril en el que no se exponen medidas sino que se lucha en el barro, y en el que las armas no son los argumentos sino los trapos sucios. Y cuanta más mierda haya, mejor, en una especie de Sálvame político con peor fondo; porque mientras el cotilleo entre personajes medio famosos se queda en una especie de limbo entre la realidad y la ficción, los políticos instrumentalizan las preocupaciones reales de los ciudadanos para dejar al contrario a la altura del betún y arañar unas décimas en las influyentes encuestas. Toman las inquietudes y los problemas de aquellos a los que dicen representan y los convierten en una dramatización desarreglada, chabacana y grotesca, una farsa.

¿Le importan a Trump esas mujeres con las que compareció antes del debate? ¿Es efectivamente Clinton una defensora de los derechos de las mujeres y de la igualdad de género? Si les sirve para sus intereses, sí, claro.

La realidad no supera a la ficción. La ficción está basada en una realidad que a menudo no vemos, bien porque nos la ocultan, bien porque vivimos mejor apartando la vista.

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