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SE DISPARA LA DEUDA DE LAS COMUNIDADES AUTÓNOMAS

viernes 14 de octubre de 2016, 10:36h
Clavero Arévalo fue en 1977 el autor del “café para todos”. Fernando Abril y Adolfo Suárez...
Clavero Arévalo fue en 1977 el autor del “café para todos”. Fernando Abril y Adolfo Suárez se sumaron con entusiasmo a la ocurrencia y en poco tiempo la España unida, con las singularidades de Cataluña y el País Vasco, derivó en 17 Estados de pitiminí con palacios presidenciales, suntuosidades por doquier, servicios multiplicados a imitación de cualquier Estado europeo. La gran prosperidad económica que vivió España tras la Transición permitió que las clases políticas regionales despilfarraran el dinero público sin tino y a manos llenas, con escasas excepciones.

El gasto desenfrenado a favor de los partidos políticos y de los parientes, amiguetes y paniaguados de sus dirigentes ha alcanzado cifras cada vez más escandalosas. En plena crisis económica, las Comunidades Autónomas han disparado sus gastos, aumentando la deuda en 212.013 millones de euros. Incluso en el primer semestre de este año se ha incrementado en un 9,3%. Sobre el PIB regional, Cataluña alcanza ya el 35,98; la Comunidad Valenciana, el 41,7, y Castilla-La Mancha, el 35,8%. Madrid se mantiene en cifras relativamente razonables, por debajo del 15%, y el País Vasco supera ese porcentaje débilmente.

En el año 2007, la deuda de las Comunidades Autónomas se movía en los 61.000 millones y ahora en los 273.000, y creciendo, a pesar de las restricciones que Europa impone. No será fácil para el Gobierno de la nación reducir los porcentajes de deuda. Falta autoridad para ello y, en el mejor de los casos, tal vez se consiga detener el derroche pero no reducirlo.
El “café para todos” de la política de Suárez nos está costando un ojo de la cara. Los políticos están dispuestos a que todos se aprieten el cinturón menos ellos. Los partidos siguen en la carrera desenfrenada de incrementar el gasto público y mantener el despilfarro. Y menos mal que la amenaza europea de la intervención ha frenado en los últimos años la desbocada carrera de la clase política, pagada por los impuestos con los que se sangra a los contribuyentes hasta la hemorragia.