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NOVELA

Elizabeth Strout: Me llamo Lucy Barton

domingo 16 de octubre de 2016, 18:10h
Elizabeth Strout: Me llamo Lucy Barton

Traducción de Flora Casas. Duomo. Barcelona, 2016. 209 páginas. 16,80 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Esperanza Castro

“La gente se te echará encima por unir pobreza y maltrato. Una palabra tan absurda, una palabra tan convencional y absurda como maltrato, pero la gente dirá que puede haber pobreza sin maltrato, y tú no dirás nada.”

Lucy Barton, narradora protagonista de esta delicada novela que nos llega de la mano de Elizabeth Strout (Maine, EEUU., 1956), recibe este consejo de parte de Sarah Payne, profesora de literatura y una de las personas que más influirán en su vida.

Y es que, precisamente, la pobreza en primer plano y el maltrato que se deja traslucir a través de esta, son lo que con más potencia nos sacude según vamos adentrándonos en la narración.

Lucy se encuentra internada en un hospital de Manhattan a causa de la extirpación de su apéndice que, debido a una complicación, la mantendrá allí por algunas semanas. Hace años que está alejada de su madre, pero esta acude cuando el marido de la enferma reclama su ayuda.

Entre ambas se adivina una relación distante que oculta la urgente necesidad que tiene la una de la otra. Los días y las noches se van sucediendo y las dos mujeres no cesan de recordar el pasado, las historias de la familia, los amigos, porque hablando de los otros es cuando son capaces de hablar de ellas mismas.

En Me llamo Lucy Barton es casi más importante lo que se calla que lo que se dice. La protagonista describe sin ensañarse, pero como constante goteo, la miseria entre la que creció: el garaje que fue su primer hogar, la consiguiente falta de higiene que desemboca en el rechazo escolar (“Vuestra familia da asco”), la extrema soledad de su niñez (su árbol-amigo) y el frío cortante que la empujará a resguardarse dentro del colegio al calor de las aulas y de sus libros.

Sin embargo, detrás de lo que se nombra subyace el peor mundo posible: la infancia maltratada física y verbalmente; la humillación de un muchacho homosexual que de adulto “pasa la noche al lado de cualquier animal que vayan a matar al día siguiente”; un padre trastornado como secuela de la Segunda Guerra Mundial; una madre austera, de pocas palabras, mujer rocosa que nunca duerme.

La Lucy Barton escritora, la superviviente que años más tarde contará la historia (y que duda y duda por el dolor que genera la certeza), se gesta desde ahí, desde ese universo marginal, con el objetivo de “escribir para acabar con la soledad”.

Elizabeth Strout (Premio Pulitzer por su novela Oliver Kitteridge) dibuja con sutiles pinceladas la América más profunda -como ya antes habían hecho magistralmente Carson McCullers (El corazón es un cazador solitario, 1940) y Flannery O´Connor (Sangre sabia, 1952), con las que está inevitablemente en deuda-, y construye con elegancia (sin apartarse de la cruda realidad) imágenes (se imponen con fuerza los detalles más nimios) que van tatuando poco a poco la piel del lector.

Los saltos en los tiempos de la narración se suceden permitiendo avanzar con pisada firme hasta el final. Me llamo Lucy Barton concluye regalándonos una tibia sensación de esperanza y la certidumbre de saber que siempre, después de lo más oscuro, comienza el amanecer
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