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NOVELA

José María Merino: Musa Décima

domingo 16 de octubre de 2016, 18:13h
José María Merino: Musa Décima

Alfaguara. Barcelona. 2016. 410 páginas. 18,90 €. Libro electrónico. 9,99 €.

Por Daniel González Irala

Sobre las traiciones que solían retratar los literatos del Siglo de Oro español en sus obras de teatro y novelas trata este texto, en el que mediante el juego estructural de las cajas chinas, el autor se sirve más de sus dotes de cuentista (afán por la peripecia, grandes diálogos) para ofrecernos una novela entretenida y muy bien entretejida que utiliza al personaje de Oliva Sabuco más para reivindicar la figura femenina en la literatura clásica y actual, que para mostrar un modelo de sabiduría solo compatible con un humanismo que desaparece sabiamente dados los tiempos que vivimos.

Nacido en La Coruña y habiendo vivido en León, como su coetáneo Luis Mateo Díez, José María Merino tiene una gran técnica y oficio escribiendo y consigue con esmero recordarnos en su modo de fabular a un joven y brillante Juan José Millas (me estoy acordando de Papel mojado), alguien preocupado por usar la palabra precisa en cada momento y que explora esta vez los jardines de la novela (ya lo ha hecho varias veces, la última con El río del Edén) desde un registro conciso y ágil, que se interesa por abrir unas cuántas nuevas puertas al conocimiento, con el propósito de que al final, o queden convenientemente cerradas, o se cultive lo que hay dentro de estas supuestas habitaciones desde el simple principio de sembrar y recoger.

Los personajes que se agrupan en torno a la trama son Rai, estudiante caótico que pergeña historias sobre superhéroes que le son robadas; su madre Berta, cuya vida está a punto de expirar por un cáncer que le lleva a ver al fantasma de Olivia Sabuco sentado junto a ella en su casa; Marina, escritora de best-sellers novia de Rai; el padre de éste, Raimundo, catedrático de Filología, que deja a Berta por una mujer más joven llamada Olga, en un principio para desacreditarla intelectualmente… Todos ellos necesitan de una máscara social para poder comportarse como lo hacen; hay muchos más personajes pero es sobre éstos y/o su ausencia sobre los que más se apoya un narrador en tercera persona que, sin llegar nunca a la omnisciencia, sí que parece querer identificarse al menos intencional y emocionalmente con Oliva, ese objeto de estudio que a tantos se les rebela como apasionante y tedioso a partes iguales.


La razón de ello es la escritura con menos de dieciocho años del libro titulado Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, un ensayo que Berta guarda celosamente en su casa tras años de amorosa investigación, y donde están los rudimentos filosóficos y médicos de todo comportamiento humano. Oliva describe unas cualidades y defectos universales basándose en los humores cerebrales y cardiovasculares desde los que trataba de explicar de una manera abarcadora por qué somos como somos. Hija de Miguel Sabuco, que no sabemos si por envidia o deseo de protección, se negaría a su impresión, Oliva no solo fue supuestamente una de las futuras musas de Lope de Vega, sino que también conoció a Miguel de Cervantes, y consiguió una recomendación del mismísimo rey Felipe II para la publicación de estos ahora legajos.

Con estos mimbres, aparecen en escena los elementos suficientes (hay que decir que Merino logra el propósito por el que a un personaje lo conozcamos no solo por lo que él dice, sino también por lo que opinan sus familiares o amantes) para construir la trama perfecta y preguntarse por la actual crisis económica y humana que vivimos. Seguramente entre tanto artificio se esconde la imagen de una cadena gigantesca en la que se dice algo así como que quién roba a un ladrón tiene cien años de perdón. Suma (desde el siglo XVI) y sigue.

Y llegamos a lo impepinable. Las fuentes de las que parte Oliva para su libro son los clásicos griegos, por lo tanto a tiempos bastante anteriores a Cristo debemos el hecho de que el ser humano se comporte como lo hace y lo hizo entonces.

Conseguimos también inscribir la novela no solo dentro de una corriente realista, sino en el género fantástico; de hecho, uno de los parlamentos de los que se sirve Oliva es el siguiente: “Lo inesperado está siempre al acecho, como un depredador de los hábitos confortables” y es que ese tiempo inconmovible que ella dice tener ritmos o densidades diferentes, nos hace imbuirnos no solo en diálogo con los personajes fácilmente identificable, sino también abierto a la expectativa y la sorpresa.

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