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TRIBUNA

El Freud de Jorge Edwards

Jorge Casesmeiro Roger
jueves 20 de octubre de 2016, 18:33h

Tuve que repetirlo ante el pasmo del auditorio. Así es, amigos: el español fue el primer idioma al que se tradujo un texto de Freud, las primeras Obras Completas del gran psiquiatra vienés fueron publicadas en castellano antes que en alemán, Freud aprendió nuestra lengua durante su adolescencia leyendo el Quijote; y hasta en su temprano gusto por el cervantino Coloquio de los perros podemos indiciar su vocación psicoanalítica. Ahí es nada. Valga, como nota a pie, en este IV Centenario luctuoso del padre de nuestras letras.

Pero el asombro de mis oyentes ateneístas me resultaba familiar. Era el mismo que yo había experimentado hace un par de años. Y precisamente en el Ateneo, durante una sesión del seminario Cronistas de Indias dedicada a nuestra leyenda negra. Fue ahí, a colación de la vasta poliglotía de Julián Juderías –pues el autor de La leyenda negra de España (1914) dominaba dieciséis idiomas–, cuando Agapito Maestre y Jesús Pastor Gómez se recordaron entre filósofos las traducciones nietzcheanas de Ovejero Maury, y que las primeras O.C. de Freud se publicaron en español a instancias de Ortega.

¿Antes que en alemán?, inquirí yo escéptico. A lo que Agapito me desafió a tirar del hilo, remitiéndome a la célebre carta que Freud escribió a López-Ballesteros tras leer sus primeras traducciones.

Meditación del Quijote

Habiendo leído a Freud, confieso que sentí tanta curiosidad como vergüenza. De modo que me puse a tirar del hilo desde mi propia biblioteca; empezando por la correspondencia de juventud entre Freud y su novia. Y ahí, para mi sorpresa, estaba ya lo sustancial; hasta con anotaciones de mi puño y letra fechadas hace diez años.

Al mes siguiente volví a encontrarme con Agapito. Le reconocí que el dato era correcto, y que pensar a Freud en español me había descubierto una doble vía fascinante: la que va de Freud a España por el camino de Ortega, y la que nos lleva de España hacia Freud por la ruta de Cervantes.

Cierto que era información disponible y archisabida, pero a mi entender de grumete estaba dispersa y poco divulgada. Para botón de muestra, esa misma semana había escuchado a un ilustre letrado afirmar en televisión que el español era un pueblo retrasado en materia de libertad sexual por haber sido, entre otras cosas: el último país de Europa en editar la obra de Freud; concretamente, según dijo, La interpretación de los sueños.

Libro de Freud de 1900, cabe apostillar, magníficamente interpretado por Ortega ya en 1911. Eso sin contar que mientras Freud y sus discípulos se dedicaban a especular sobre las fantasías oníricas, en 1909 don Santiago Ramón y Cajal aislaba desde su espartano laboratorio madrileño la pieza capital de la biología del sueño y de los grandes ritmos biológicos: el haz retino-hipotalámico. Tal y como nos lo recuerda Rof Carballo, en su magisterial El hombre como encuentro (1973). Cosas del materialismo español, que diría Zambrano.

De todo esto hablé, el pasado 15 de septiembre, en la Cacharrería del Ateneo madrileño. Donde me invitaron a cerrar el ciclo estival de conferencias que dirige con tesón prusiano Ana Maestro. El título de mi ponencia fue “Freud en español”. El material aportado a los asistentes: mi artículo “Freud y la bella castellana” (El Catoblepas, 2015; [email protected], 2016). Y para el debate, una pregunta abiertamente retórica: ¿Qué periodismo cultural puede hacerse en España, si desatendemos la historia y la cultura españolas?

Y digo esto último, porque el impulsor definitivo de mi artículo fue la dadivosa y acrítica recepción mediática española de la última biografía de Freud. Me refiero a la obra de Élisabeth Roudinesco Freud. En su tiempo y en el nuestro (2014), publicada aquí el año pasado durante el cuatrocientos aniversario de la segunda parte del Quijote.

Eau de boutade

No es cuestión de repetir ahora lo escrito. Ahí está el artículo para quien quiera leerlo; para solaz y bochorno de todos. Solaz, al tomar conciencia de la colosal empresa de traducción que Ortega, Ruiz-Castillo y López-Ballesteros emprendieron en medio de la I Guerra Mundial. Admiración por la fértil recepción crítica que tuvo en España e Hispanoamérica la obra de Freud. Y alegría leer sobre Cervantes en la correspondencia amorosa entre Freud y su prometida, o en la de su amistad escolar con Eduard Silberstein.

Pero desazón, sonrojo y golpe de timo por mi ignorancia. Pena de ver nuestra cultura abandonada. De comprobar lo poco que esto importa a nadie; y me refiero aquí a los editores, reseñistas, críticos y entrevistadores de reputados historiadores de flamantes biografías de Freud y monumentales diccionarios de psicoanálisis.

Diccionarios de autores que afirman sin despeinarse, por ejemplo, que no hay ningún novelista español de la segunda mitad del siglo XX para quien el psicoanálisis haya constituido una fuente de inspiración o creación. Lo que citan y bendicen Roudinesco y Plon en su Diccionario de psicoanálisis de 1997. Y aquí todavía lo reimprimimos obedientes.

Pues miren ustedes, bastan dos españoles con el mismo nombre para impugnar tamaña boutade. Abro, para empezar, la novela de Luis Martín-Santos Tiempo de silencio (1961) y leo: “Tú también Edipo, hijo mío, tú también, ¿cuándo te librarás de tus complejos infantiles?”. Y se trata de una novela capital para entender la narrativa española de la segunda mitad del siglo pasado. Tenía, su autor, 36 años, y llevaba ya diez como director del Psiquiátrico de San Sebastián. ¡Qué no habría hecho de haber superado aquel accidente de automóvil! ¡Y lo que habría disfrutado Freud con su rompedora novela!

Pero es que si quitamos a Martín-Santos el guión de su apellido, nos encontramos con otro Luis Martín Santos no menos relevante, y autor de cinco versiones de un diálogo ficticio entre Nietzsche y Freud, como Encuentro en Sils-María (1985) o La muerte de Dionisos (1987). Vaya. No está mal para un solo nombre. Considerando que este último Martin Santos, además de profesor en las universidades de Burgos, Complutense o Millersville, fue investigador en el Archivo Husserl de Colonia, secretario docente para la Comisión Fullbright; y director de cursos en Virginia, Carolina del Norte y Sacramento, así como de los acreditados Merimée-San Sebastián... Anda, si hasta impartió filosofía española en la Sorbona y lo condecoraron con la Legión de Honor. ¡Ay, africanitos de España! ¡Clínica afición, esta nuestra, de ponerle alfombra roja al que nos desprecia!

Uno de los nuestros

Así me desaté, el otro día, ante mis cultivados amigos del Ateneo. Con ese ardor bisoño del que predica sobre lo que está aprendiendo. Con el rubor inflamado de uno que todavía está descubriendo España a los 40 años. Y afectado también, supongo, por la meiga de Valle-Inclán, que aún vaga por la Cacharrería blandiendo bastonazos.

En fin. Freud en español. Una historia genial que en Hollywood tendría su película, en Inglaterra una serie de la BBC y en Francia un bonito obelisco. Pero en España… España no es país dado a ponerse medallas. Nos va más el tiempo de silencio, las maravillas al retablo, los procesos de encubrimiento psíquico.

¿Trágico?, respondí a mis oyentes. Pues no han visto nada. Si quieren saber hasta dónde alcanza el sainete, lean el extenso y abigarrado artículo de Jorge Edwards intitulado “El Freud de Roudinesco, el Freud de todos nosotros”. Lean, insistí, dicha tribuna, publicada en la prestigiosa revista Letras Libres el pasado enero, ya IV Centenario del fallecimiento de Cervantes. Lean y tomen nota de toda la cultural mitteleuropa que desfila entre sus párrafos. Es un largo y cultísimo artículo. Pero no busquen en su filiación nada de lo que aquí les he apuntado. Para iniciarse en eso, vayan mejor al Jorge Edwards de “La aventura del idioma”, el del discurso que pronunció en 1999 este sobresaliente escritor hispano con motivo de su recepción del Premio Cervantes.

Sí. De hecho, olvídense del Freud o Roudinesco de Jorge Edwards, y viajen mejor con él por los meandros de su infancia: por su memoria del colegio de San Ignacio de Chile, por el Manual de Técnica Literaria de Solar Correa, o por su quijotesco descenso al realismo mágico de la manchega Cueva de Montesinos. ¡Qué alocución! ¡Qué testimonio! Un discurso que pertenece a un linaje escaso, casi extinto. Sólido, completo, hilvanado con maestría. De visión original e independiente de leyendas y lugares comunes. Léanlo. Es lo más bello que este paleto enamorado de lo suyo puede recomendarles hoy.

Jorge Casesmeiro Roger

Licenciado en Pedagogía y en Periodismo

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