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CRÍTICA DE ÓPERA

Norma, o los senderos emocionales que conducen a la tragedia

viernes 21 de octubre de 2016, 08:13h
La Orquesta y el Coro Titulares del Teatro Real han brillado de manera especial en el estreno este jueves de la famosa ópera de Bellini, que no se representaba en Madrid desde hacía 102 años, en una coproducción del coliseo madrileño con el Palau de les Arts de Valencia y la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera.
Las oscuras nubes que descargaban anoche en la Plaza de Oriente parecían perseguir al público al interior del teatro, que volvía a encontrarse con un celaje similar proyectado en la sutil pantalla que hacía las veces de monumental telón. Detrás, una docena de bailarines inauguraba el escenario mientras la Orquesta Titular del Teatro Real interpretaba, a las órdenes de la batuta de Roberto Abbado, las notas de la obertura de Norma, uno de los títulos emblemáticos de la historia de la ópera, y que describen ya desde el principio la tensa y fingida “calma” del pueblo galo mientras aguarda la señal de su Dios, transmitida a través de la sacerdotisa Norma, para iniciar la guerra que expulse definitivamente al odiado invasor romano. La paciencia, sin embargo, empieza a faltar tanto en el pueblo como en los druidas a la vez que el personaje que da nombre a la tragedia lírica en dos actos compuesta por Bellini en 1831, con libreto de Felice Romani, ve crecer en su interior un peligroso volcán de conflictos emocionales.

El pueblo galo, al que da voz el Coro Titular del Teatro Real con la solidez y calidad a la que nos tiene acostumbrados, tiene que ser apaciguado una vez más por Norma. “El pueblo romano morirá”, vaticina la sacerdotisa, “pero será por sus propios vicios”. La sacerdotisa, hija de Oroveso – el druida a quien interpreta con gran convicción vocal y actoral el barítono Michele Pertusi -, apela a la paz, sobre todo porque sabe que el primer invasor en morir será el procónsul romano, Pollione, el hombre al que ella ama en secreto y que es padre de los dos hijos que ha de mantener ocultos. El tenor estadounidense Gregory Kunde interpreta en el primer reparto a este hombre que se ha visto hasta entonces protegido por el amor de Norma. Hasta que deja de amarla e inicia la conquista de otra sacerdotisa, la joven Adalgisa, que igual que antes ocurrió con Norma, se ve arrastrada a su vez por un sentimiento que traiciona sus votos y a quien interpreta con gran calidad vocal la mezzosoprano francesa Karine Deshayes.

El drama de Norma, uno de los roles más difíciles de interpretar del repertorio belcantista, se desencadena cuando su amor deja de ser correspondido. La soprano italiana Maria Agreste interpreta con elegancia vocal a la sacerdotisa que marca los designios de su pueblo, ocultándole que sus sentimientos como mujer y como madre están, sin embargo, por delante de su sagrado cometido. Unos sentimientos que primero fueron de amor y que, de pronto, van a convertirse en una cascada imparable de desamor, odio, venganza, perdón y, finalmente, arrepentimiento y castigo. Precisamente por reunir tan amplia variedad de emociones, algunas claramente contrapuestas – ama a sus hijos pero llega a intentar matarlos -, Norma no solo es uno de los personajes más complejos con los que una soprano se tenga que enfrentar, también se ha convertido en uno de los más conocidos y apreciados por el público gracias a la belleza de una partitura que profundiza en el drama romántico a través de una heroína cuyos antecedentes se encuentran en las óperas Medea de Cherubini y La vestale de Spontini, ya que en la primera se desarrolla el argumento del infanticidio como venganza y en la segunda, el de la sacerdotisa que rompe sus votos por el amor de un hombre, ambos presentes en Norma, aunque enriquecidos por Romani en el libreto de esta obra que musicalmente se caracteriza por melodías largas, dramáticas y de enorme tensión emocional.

Por lo que se refiere al capítulo escénico, su responsable, el director italiano Davide Livermore, demuestra que su experiencia como cantante de ópera durante 22 años tiene mucho que decir a la hora de acertar en el que se ha convertido en uno de los caballos de batalla de la puesta en escena de una ópera, colocar a los intérpretes en la parte delantera del escenario y respetar la voz sin molestarla innecesariamente poniendo como excusa el desarrollo de la acción. Quizás por ello, anoche llamara la atención que justo cuando Norma interpreta una de las arias más bellas, emotivas y famosas de la historia de la ópera, “Casta diva”, Livermore haya decidido situar a la soprano en lo alto – muy alto – de la gigantesca raíz del omnipresente árbol que se convierte en centro neurálgico de la Galia ocupada del siglo I a. C. y alrededor del cual se desarrolla la mayor parte de la trama para la que el director italiano respeta época y espacio, su otro indudable gran acierto.
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