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NOVELA

Don DeLillo: Cero K

domingo 23 de octubre de 2016, 16:41h
Don DeLillo: Cero K

Traducción de Javier Calvo. Seix Barral. Barcelona, 2016. 320 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 13,99 €. El brillante novelista norteamericano nos ofrece una inquietante fábula sobre la búsqueda de la inmortalidad en un relato de ciencia-ficción de altos vuelos.

Por Paulo García Conde

Cuando se habla de cualquier obra de Don DeLillo, se identifican a menudo en críticas y reseñas aquellos temas que trabaja como “sus obsesiones”, sin ofrecerle al narrador el beneplácito de la duda, ahuyentando la posibilidad de que sea quien narra la historia el que se muestre obsesionado o no con los elementos que la configuran. Sí es verdad que en la bibliografía de este escritor estadounidense hay varias materias recurrentes, y quizá el hecho de que estas sean etiquetadas de obsesiones tenga que ver con el enfoque con que el narrador siempre las observa, de la atmósfera que habitualmente las envuelve.

Con DeLillo podemos hablar de estilo narrativo, de estilo literario. Hay un acierto en su escritura, y es que su última novela recuerda a la anterior, y la anterior a la antecesora, sin despertar en el lector la incómoda sensación de estar leyendo siempre la misma historia. No todos los autores contemporáneos pueden presumir de ello. No obstante, hay otro patrón que parece repetirse en cada uno de sus libros, y es la falta de profundidad en el mar que se decide a esbozar en cada lienzo al que da forma. DeLillo es un escritor que plantea preguntas, siempre, y se celebra que sean estas a menudo preguntas comprometidas. Pero no solo por el hecho del compromiso merecen la pena, sino por el valor y la necesidad que en realidad hay contenidos en ellas.

En Cero K, la cuestión principal es el miedo a la muerte; o, más bien, el miedo que produce el desconocimiento total que el ser humano tiene acerca de la muerte. Jeffrey Lockhart, el narrador, es hijo del multimillonario inversor Ross que, haciendo honor al trabajo con que ha generado y acumulado grandes sumas de dinero, ha decidido invertir en un centro especial donde personas con alguna enfermedad avanzada puedan ser congeladas en espera de llegar al momento futuro de curarlas y devolverlas así a la vida. Una vida eterna, quizá. Eso sí, con un lapso indeterminado de por medio.

Ross pide a Jeffrey que lo acompañe cuando la mujer de este último, en estado casi terminal, está a punto de ser intervenida en las instalaciones de este proyecto que fracasa en su intento de resultar futurista. DeLillo juega con elementos manidos de la ciencia ficción que, desgraciadamente, recuerdan por veces a películas ochenteras donde el secretismo y la presencia de profesionales con un comportamiento casi robotizado pretenden construir un ambiente distinto a todo lo visto con anterioridad. Los diálogos de los personajes son otra marca de la casa de Don DeLillo, elección que en ocasiones puede resultar brillante y, en otras, estrepitosa. Si cambiásemos los diálogos que Ross mantiene con su padre por cualquiera de los que Eric Packer, protagonista de Cosmópolis (Seix Barral, 2003) dilapida dentro de su extravagante limusina, apenas notaríamos la diferencia.

Por estas razones podría uno sentirse un tanto molesto con el autor, no porque sus novelas resulten ser un fiasco, sino por todo lo que podrían dar de sí sus ideas y que, sin embargo, no alcanzan el desarrollo que en un primer momento pueden aparentar cubrir. Hay en Cero K una escena donde son presentados dos de los investigadores del centro especial (gemelos, de apariencia aséptica; otro estorbo en los planes de confección del autor) y que, en un par de páginas, se dirigen a un público reducido para hacer gala de una retahíla de preguntas que rozan la brillantez, reflexiones camufladas con sencillez que sin embargo levantarían una por una decenas de novelas de alta expectativa. ¿No basta con vivir un poco más por medio de alguna tecnología avanzada? ¿Necesitamos seguir y seguir? (…) ¿Y la inmortalidad literal no comprimirá nuestras formas duraderas de arte y nuestros prodigios culturales hasta dejarlos en nada? ¿De qué escribirán los poetas? ¿Qué pasará con la Historia? ¿Qué pasará con el dinero? ¿Qué pasará con Dios? ¿No nos convertiremos en un planeta de viejos encorvados, mil millones de viejos de sonrisas desdentadas? ¿Y qué pasa con quienes mueren? Los demás. Siempre habrá otros que mueran. ¿Y por qué han de seguir con vida unos mientras otros mueren? (…) ¿Para qué servimos si vivimos para siempre?

Una avalancha de interrogaciones jugosas, fácilmente endosables como preguntas de vital interés, y que sin embargo el autor deja sin respuesta. Las despacha a lo largo de tres páginas para luego abandonarlas a su suerte, para dejarlas colgando en el limbo. Y se aventura por otros caminos que, tras un desarrollo meticuloso pero algo intrascendente, parecen no conducir a ningún lado. Quizá sea esta la intención original, pero resulta confuso que el cierre de la novela no sitúe tan siquiera al lector en la tesitura de rumiar aquellas cuestiones que no han quedado cerradas dentro del planteamiento principal.

Pese a esas lagunas, hay que destacar los méritos de un escritor que acomete temas que con suma facilidad se tildan de obsesiones. Porque todos, de alguna manera, remueven algo en el interior de las personas; todos ellos son susceptibles de atrapar la atención del potencial lector, ya sea porque bordean alguno de sus principales temores, porque hurgan en la superficie de algún hito de curiosidad insaciable, o porque prometen ofrecer algo distinto a la novela contemporánea general. DeLillo es un hombre que cumplirá el mes que viene ochenta años, y que no por ello muestra pudor alguno en abordar el papel de la tecnología, el sexo o las convenciones sociales cuando en buena parte de su vida fueron estos un asunto colindante con el tabú.

Escribe con la energía propia de un hombre joven pero maduro, y de ahí que sea ese mismo el perfil de varios de los personajes protagonistas en su obra literaria. Con Cero K regresa un autor que atrapa a muchos seguidores con el acierto de sus argumentos, aunque el tratamiento deje, una vez más, la sensación de que podría haber salido algo mayor del total de sus páginas.

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