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TRIBUNA

Europa incinerada

jueves 27 de octubre de 2016, 20:04h

Esta semana el Estado francés ha tratado de dispersar el asentamiento de refugiados de Calais. Dispersar con el objetivo de absorber una población que, acumulada en un punto, resulta un peligroso cuerpo extraño. Está por ver si esa política de dispersión y absorción tiene éxito o si finalmente esa población resulta inasimilable, acaso debido a lo que de substancial conserve la nación francesa. El problema es a todas luces un problema europeo.

Pero hace mucho tiempo que Europa perdió el rumbo. La línea de su horizonte aparece luminosamente en blanco. Y no tiene un norte que defina el rumbo porque tampoco puede encontrar su matriz en el pasado. El caducado Tratado de una Constitución para Europa negaba cualquier referencia a la Cristiandad, a la vez que ensalzaba como signo de identidad la potencia crítica y racional de su filosofía. Esa crítica racional, sin embargo, recae desde hace tres siglos sobre un pasado que ha llegado a juzgarse enteramente ajeno: simple objeto de negación.

No sabemos qué respuesta ofrecer a la enorme cantidad de refugiados que abordan las costas del subcontinente europeo por la misma razón que nos impide fijar los elementos reales que pudieran definir en común a los pueblos de Europa. Y, sin embargo, basta una rápida mirada a la historia para encontrar contenidos compartidos. Pero es la naturaleza de esos contenidos la que resulta inaceptable desde la reducción económica de la vida, desde el temeroso hedonismo consumista, en que ha resultado finalmente la muy racional crítica moderna.

Los graves problemas que hoy tenemos planteados resultan aporías absolutamente irresolubles para la perfecta abstracción ideológica reinante en una Europa que sólo puede invocar el “globo de viento de los derechos humanos”, son palabras de Francisco Ayala. Sólo una filosofía menos asustadiza podría hallarles salida. Pero un terror pánico – cuyo signo es el reinado de lo políticamente correcto – nos tiene bloqueados. Se inhibe toda voz que pretenda afrontar sin contemplaciones la cuestión misma de la naturaleza y la historia de Europa. La simple mención de sus raíces cristianas dispara, como efecto de una suerte de reflejo condicionado, un muro de alusiones, objeciones o descalificaciones anteriores a cualquier análisis. Es un reflejo característico de la modernidad desde su mismo umbral. Bertrand de Jouvenel recordaba cómo en su crítica a la sociedad de su tiempo – definida por la renovación tecno-científica, el impulso comercial y el florecimiento suntuario – Rousseau encontraba en el pasado de Occidente un orden ideal. Ahora bien, ese orden no debía encontrarse, bajo ningún concepto, en la barbarie feudal y la oscuridad gótica de un medievo infame, ni en la superstición y el prejuicio de la vieja religiosidad. Aquel desprecio rousseauniano del pasado de Europa es también el nuestro: también a nosotros nos está vetado encontrar luz alguna en la edad oscura. Si allí se encontraran las raíces de Europa habrían de resultarnos de todo punto invisibles.

La crítica de ese medievo y su figura cristiana es el fuste de la modernidad. Esa crítica demolió hace tiempo viejas estructuras jurídicas, políticas, económicas. Hoy alcanza los fundamentos últimos de la vida humana. Por eso no nos sorprende la nula comprensión que ha encontrado la instrucción Ad resurgendum cum Christo que recuerda a una sociedad secularizada la creencia en la resurrección de los cuerpos y llega a negar exequias al incinerado por razones contrarias a la fe cristiana. Poco cabe esperar cuando la misa pierde incluso el valor de una ceremonia meramente antropológica y los sacramentos se confunden con el servicio de bodas, bautizos o comuniones de una empresa organizadora de eventos. La instrucción será desoída y los clientes de los servicios eclesiásticos incinerarán a sus muertos y dispersarán sus cenizas para celebrar su retorno al seno de la madre naturaleza o al corazón vivo de la pachamama, para fundirse con el uno o para ser nada con la nada.

Ante el crítico racionalista así como ante el deseo del consumidor las razones de la teología son hoy un perfecto sinsentido.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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