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CRÓNICA

Svetlana Alexiévich: Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial

domingo 30 de octubre de 2016, 16:49h
Svetlana Alexiévich: Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial

Traducción de Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González. Debate. Barcelona, 2016, 334 páginas. 22,90 €. La Premio Nobel 2015 nos ofrece una impactante crónica novelada sobre los efectos de la invasión nazi en a través de testimonios de quienes era niños en ese momento.

Por Alfredo Crespo Alcázar

La obra que tenemos entre manos supone un merecido homenaje a aquellos niños bielorrusos que sufrieron en primera persona el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015, y autora, entre otros títulos, de Voces de Chernóbil y La guerra no tiene rostro de mujer, se propone darles voz para que expliquen cómo vivieron y qué recuerdos guardan de la llegada de las tropas alemanas a sus poblaciones.

Para ello, establece algunas consideraciones formales y metodológicas fundamentales. En primer lugar, recurre al género de la entrevista, lo que aumenta el valor del libro. En efecto, para recopilar las decenas de voces que transitan por su obra, inicialmente la autora debió contactar con esos “últimos testigos”, localizarlos, explicarles su proyecto y el objeto de estudio, lo que a buen seguro no les trajo recuerdos agradables.

En segundo lugar, dichas entrevistas las efectúa entre 1978-2004, es decir, las inicia cuando aquel gigante (con pies de barro, como el tiempo demostró) que era la Unión Soviética no había dado muestras de languidecer sino que se presentaba ante el mundo tan liberticida como siempre. No obstante, aunque termina su trabajo en 2004, no hallamos referencias a la implosión de la URSS, ni al clima de inicial euforia que caracterizó a Rusia y a las ex repúblicas soviéticas en la década de los años noventa del pasado siglo.

En tercer lugar, sus protagonistas quedan circunscritos al ámbito geográfico de Bielorrusia (nación de la que es oriunda Alexiévich); más en particular, la mayoría proceden de la región de Minsk. Asimismo, todos ellos residían en aldeas humildes que fueron devastas por los soldados de Hitler, tras declarar Alemania la guerra a Stalin.

En este sentido, a través de sus testimonios sabemos que en muchas de las aldeas bielorrusas se organizaron guerrillas locales para combatir al ejército invasor, en las cuales se integraron algunos familiares de “los niños de la Segunda Guerra Mundial”.

Finalmente, Svetlana Alexiévich permanece voluntariamente al margen, dejando que sean los “últimos testigos” quienes se sinceren libremente y cuenten sus vivencias a modo de recuerdos. Como ejemplo de esta afirmación, Volodia Ampilógov, que contaba entonces con 10 años, explica que “unos cuantos chicos jugábamos al pillapilla en el patio. Entonces llegó una camioneta grande y de ella empezaron a saltar soldados alemanes; nos cogieron y nos lanzaron a la parte de atrás, debajo de la lona. Nos llevaron a la estación de tren; la camioneta se acercó al vagón a reculones y nos tiraron adentro como si fuéramos sacos. Encima de la paja” (p.126).

En consecuencia, todos los protagonistas tienen en común haber padecido el sufrimiento. Se lo transmiten a la autora quien, a su vez, nos los hace llegar evitando el sensacionalismo y el buenismo. En efecto, el objetivo de Alexiévich es homenajear, dar voz a unas víctimas anónimas, no buscar en el lector la complicidad mediante el recurso a la pena gratuita. Esto es fundamental porque permite leer el libro empatizando con los protagonistas y también extraer consecuencias generales, pero no por ello menos importantes, que van desde el reconocimiento de la crueldad intrínseca que lleva asociada la guerra hasta la brutalidad más particular del nazismo.

Sobre ésta última cabe detenerse y reflexionar en función de lo que nos narran estos “últimos testigos”. En efecto, era habitual que el ejército nazi recurriera a la eliminación física de víctimas inocentes pero también empleó la destrucción material de las poblaciones. Esto último no debe entenderse sólo como un acto de salvajismo, sino también como una forma de borrar el pasado y, por tanto, la identidad de un pueblo.

Centrándonos en los testimonios, los entrevistados por Svetlana Alexiévich ya son adultos, pero ello no les impide relatarnos la amargura que vivieron en aquel lejano inicio de la década de los años cuarenta. La mayoría de ellos perdieron a sus padres (en muchos casos asesinados ante sus ojos) y luego fueron a parar a algún orfanato soviético, donde las condiciones de vida resultaban deplorables: “Una vez, una de las niñas de nuestro orfanato se puso enferma; necesitaba una transfusión de sangre. Pues en todo el orfanato no había nadie a quien se le pudiera sacar sangre” (p. 213).

También los “últimos testigos” nos transmiten la camaradería y complicidad que había entre las víctimas. En efecto, fueron muchos los matrimonios que acogieron momentáneamente a esos niños huérfanos como si de sus hijos se tratara, poniendo en peligro su propia integridad física, sobre todo si los receptores de la ayuda eran judíos.

No obstante, los rasgos y las características de la niñez permean toda la obra. De hecho, a muchos de los protagonistas les costó convencerse de que no volverían a ver a sus padres. Este hecho lo refleja así Lena Starovóitova: “De noche soñé que mamá encendía la estufa; el fuego ardía mucho y mi hermanita lloraba…Pero yo estaba muy lejos y no la oía. Me desperté asustada: mi madre me llamaba y yo no respondía. En mi sueño, mamá lloraba…Yo no podía perdonarme sus lágrimas. Ese sueño se me repetía muchas veces… Siempre lo mismo. Deseaba volver a soñarlo y… a la vez me daba miedo. No me queda ninguna fotografía de mi madre. Solo ese sueño. Sólo en él puedo verla…” (p. 255).

Es más, tampoco entendían el significado e implicaciones de la palabra guerra aunque todos ellos padecieron sus consecuencias, no solo durante el periodo que duró la contienda, sino en los años posteriores. En ese sentido, algunos de los protagonistas señalan que durante el resto de su vida les costó relacionarse con otras personas o que fue tal el sufrimiento que padecieron durante la ocupación alemana, que después no mostraron ni un ápice de empatía con la tristeza de los demás.

En definitiva, una obra de máximo interés que rescata una parte fundamental de la historia del siglo XX. Sus protagonistas, aunque anónimos, a través de sus testimonios se convierten en héroes que supieron aguantar y soportar toda la carga de brutalidad que el ser humano es capaz de desplegar durante una guerra. Svetlana Alexiévich les tributa un sentido homenaje, permitiéndoles “soltar” recuerdos que ellos difícilmente olvidarán.

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