La candidata demócrata pelea contra la historia y contra su impopularidad entre el electorado.
Cuentan las malas lenguas que cuando saltó a los medios de todo el planeta el escándalo de Mónica Lewinsky, Hillary Clinton apenas se inmutó sabedora de que su plan a largo plazo no pasaba por ser la esposa sumisa y fiel del ideario norteamericano, sino que su afilada ambición le hacía planificar con paciencia su futuro asalto a la Casa Blanca. Que entonces ella cerró filas y calló por lealtad política a su marido a cambio de que éste le sirviera de trampolín en los años venideros.
Pocas personas en la historia cuentan con el bagaje y la experiencia que Clinton atesora como candidata demócrata. En las últimas dos décadas ha sido primera dama durante ocho años, senadora y secretaria de Estado en el Gabinete de Barack Obama durante su primera legislatura, cuando dejó el cargo para preparar su asalto definitivo a la Casa Blanca.
Sin embargo, es precisamente su currículum y sus formas de política hábil la que le ha granjeado la impopularidad que ha arrastrado durante toda la campaña. Prácticamente nadie se fía de ella, habida cuenta de que durante los últimos lustros siempre se ha arrimado a la lumbre que más calentara variando numerosas veces de postura en cuestiones clave como seguridad (votó a favor de la intervención militar en Iraq) o el matrimonio homosexual (se opuso radicalmente hace unos años para ahora defenderlo).
Este perfil cambiante ha hecho de ella una de las personalidades más impopulares de la política estadounidense a ojos del electorado, tanto demócrata como nacional. De hecho, muchos analistas consideran que se ha sabido aprovechar del vacío en la carrera del partido para apenas contar con oposición en un primer momento, pues un senador casi octogenario, Bernie Sanders, le puso en más apuros de los esperados durante las primarias.
Para acabar por alimentar esa imagen de desconfianza, a Clinton le ha salpicado en primera persona uno de los mayores escándalos políticos de los últimos años. Desde hace un tiempo el FBI le investiga a ella y a su entorno por el envío de miles de correos electrónicos confidenciales cuando era secretaria de Estado desde un servidor privado, lo que puso en serio peligro la seguridad nacional, a juicio de la agencia gubernamental.
En un primer momento, la investigación, en torno a la cual han orbitado acusaciones de tráfico de influencias y destrucción de pruebas, fue archivada por falta de pruebas, aunque recientemente se ha reabierto una pieza paralela al airearse más emails de Clinton con una de sus más estrechas colaboradoras, Huma Abedin, ex mujer de Anthony Weiner, excongresista demócrata envuelto, por si fuera poco, en un turbia investigación que intenta aclarar mensajes de alto contenido sexual que éste envió a una menor a través de las redes sociales.
A lo largo de la campaña, Clinton ha intentado cambiar la imagen que la mayoría de americanos tiene sin mucho éxito, puesto que la mayoría de ellos le ven como el mal menor frente a Donald Trump. Por mucho que ha intentado ganarse las simpatías de sectores clave como jóvenes o mujeres, estos siguen desconfiando de su palabra y viendo en ella pura y dura ambición más que una política comprometida.
Sin embargo, sus habilidades, sus maniobras o las casualidades le han situado en una situación privilegiada de cara a la historia: podría ser la primera presidenta en los 240 años de vida Estados Unidos. El margen con el que contaba hace unas semanas le hacía, en privado seguramente, prometérselas muy felices, aunque éste se ha estrechado a golpe de filtración. Aún con todo, sigue siendo la gran favorita de cara al próximo martes cuando, décadas después, puede cobrarse su venganza con el destino.