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TRIBUNA

Filosofía o Televisión. Libertad, Igualdad, Fraternidad

viernes 04 de noviembre de 2016, 20:57h

Dicen que vivimos hoy en una sociedad de hombres libres e iguales. De hecho se trata de una sociedad individualista y homogénea, en la que el contenido de la libertad se reduce a la elección del canal de televisión y la igualdad resulta una abyecta replicación de modos y maneras divulgados por los medios de formación de masas. Vulgar egoísmo: ése es el carácter elemental que se extiende en nuestras sociedades. No es, desde luego, un problema nacional ni simplemente actual. Es un nuevo avance de la sociedad de masas.

En esta situación es preocupante especialmente la plena ausencia de ideas aptas para servir de orientación; más allá de réplicas mecánicas de ideologías surgidas en el XIX. No es que reclame la restauración de ese absurdo sacerdocio laico encarnado en los llamados intelectuales. Ya tenemos suficientes políticos de academia. Me refiero a la ausencia de cualquier pensamiento bien articulado o sistemático capaz de servir a la configuración de un mapa del mundo, en suma, al vacío de toda filosofía. Faltaría, en correspondencia, una masa crítica de personas capaces de reconocerla. Acaso resulte escandalosa, precisamente, la falta de preocupación al respecto, la tranquila complacencia del hombre semiculto que se ignora y encuentra consuelo en un pensamiento fragmentario y débil que es simple autocomplacencia.

El sistema educativo está lejos de poder contener esta nueva expansión de la sociedad de masas, cuando es uno de sus motores fundamentales. La educación se reduce hoy a mera instrucción no sólo para el trabajo, sino también para una ordenada y cautiva vida civil. Y se avecinan ya nuevos grados de homogeneización técnica del proceso educativo, crecientemente ajustado a las formas dictadas por las instituciones pedagógicas o por la Organización Internacional para la Estandarización (ISO). De la vulgata que difunden tales fuentes forma parte una prédica abstracta de los derechos humanos, resuelta en un conjunto de lugares ya sabidos sobre las relaciones de género, el desarrollo sostenible, la democracia participativa o el consumo responsable, entre otros tópicos que ha de dominar el hombre ultramoderno. Esos lugares comunes – que modulan hoy las viejas exigencias de igualdad y libertad – se ofrecen como respuesta a todos nuestros problemas y ocupan sucedáneamente el espacio de una ausente filosofía contemporánea.

Si las ideas clave revolucionarias de libertad e igualdad concluyen en un estado semejante. ¿Qué queda de la fraternidad? La igualdad como homogeneidad y la libertad como individualización se acompañan de una fraternidad convertida en solidaridad. Si la fraternidad se dirigía al prójimo: al familiar, al vecino, al cercano, la solidaridad de la sociedad universal de masas ha de extenderse indiferenciadamente a todo hombre. El lejano convertido en telepróximo, que dice A. Finkielkraut, aparece como objeto de una infinita sensibilidad empática. Una sensibilización que se expresa en un sentimentalismo o una emotividad sin contención que significa de hecho una descarga de responsabilidad, que será definitiva en el momento en que entregamos nuestro óbolo a la correspondiente ONG. El fenómeno es conocido: mientras se muere en las calles ante la indiferencia de los transeúntes, ayer mismo J. Mourinho recibía emocionados aplausos al donar su reloj como contribución a la recaudación de fondos para la educación de niños en Tailandia.

Estoy convencido, sin embargo, de que nuestra sociedad no se reduce a esa vana ciudadanía compuesta de solitarios que lloran a lágrima viva ante el televisor. Estoy convencido de que existen las personas capaces de enfrentar realmente este programa de demolición del mundo humano en nombre de la explotación tecnoeconómica de nuestras vidas. Porque esa explotación es el feo rostro escondido tras la máscara de tales libertad, igualdad y fraternidad. Aunque las fuerzas capaces de oponerse a esa demolición no parecen estar en el parlamento, también allí ha de haber voces contrarias a esa masificación extrema y probablemente se encuentren en todas las fuerzas políticas. En todas las fuerzas políticas porque el problema no es meramente político.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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