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TRIBUNA

Inconsistencia de los políticos

sábado 05 de noviembre de 2016, 16:42h

Las contradicciones en las que incurren casi todos los líderes, portavoces y mentes ocurrentes de los distintos partidos políticos que sufrimos, son muy abultadas y están al alcance de cualquier sentido crítico mínimo, si no lo impide el sectarismo.

En las sectas, no ha lugar a discrepancia, ni siquiera duda, acerca de la veracidad de cualquier palabra que provenga del gurú. Éste o bien está iluminado por un ser esotérico, o bien él mismo se otorga ser fuente infalible de verdad. En todo caso, el gurú es omnisciente, tiene respuesta para todo, crea ideología y sus dictámenes son acatados, so pena de expulsión.

Las ideologías son un conjunto de ideas y creencias, no contrastadas con la realidad que, no obstante, pretenden actuar sobre esa realidad, para transformarla y lograr así un bien que siempre está más allá de lo real y tangible. Es un idealismo que carece de banco de pruebas donde ensayar. Sin embargo, pretende destruir lo existente, para dar a luz algún tipo de paraíso incierto, bucólico y maravilloso. Así, seducen a los niños, por viejos que sean.

En el mundo de las ideas, primero el empirismo, luego el racionalismo, muy centrado el racio- vitalismo y, últimamente, el constructivismo no dejan espacio a iluminados y flautistas de Hamelin, para que aterricen con el paracaídas de sus prédicas ideológicas y soluciones mágicas. Pero, desgraciadamente, siguen llegando y tienen éxito; convocan, por millones, a una feligresía pasmada, dispuesta a abrir la boca y atrofiar las meninges.

Los ideólogos de hoy son correcaminos, tienen prisa a todas horas y se sienten azuzados, además, por periodistas ansiosos de visitar el futuro. Consecuentemente, se ven obligados a inventar de corrido, sin reparos, ni cuenta de las ocurrencias de semanas atrás. Incurren en contradicción, se desdicen hoy con la misma osadía y autosuficiencia con que improvisaron ayer, o mienten sin vergüenza, ni pesar alguno. Eso sí, son maestros de la elipsis, la restricción mental y el circunloquio para hacer comunicación por la tangente y mantenerse en el candelero… políticamente correcto.

Hay un contingente inmenso del electorado que, habitualmente, está en las nubes: trabaja mucho, paga impuestos y se cansa bastante; ve programas fútiles en televisión, o es adicto al fútbol, que sigue apasionadamente. Tal masa social no lee, ni comprendería, los editoriales de los periódicos y apenas es capaz de usar algunos tópicos y simplezas sobre política. Cuando hay convocatoria electoral, estas personas son pasto de las promesas, la demagogia populista y las emociones enervadas; votan por intuición, por rabia, o por miedo, de modo errático y sin un criterio formado, o masivamente se abstienen. En este caladero, se puede hacer pesca milagrosa, cada cuatro años, porque se les puede engañar con facilidad.

Los políticos están muy interesados por simplificar el universo social, dividiéndolo de forma dualista: hay izquierdas y derechas, nacionalistas de una bandera y de otra. Son categorías arbitrarias, falsas y muy oportunas para manejar y manipular. Este eje es como el “cardo”, en el trazado de las ciudades antiguas; el de ahora imaginario.

El dualismo resulta inevitable. Las personas interesadas por el acontecer político, han de elegir uno u otro extremo de la polaridad y compartir los memes vigentes en ella. Cada quién “se hace” de derechas o de izquierdas, nacionalistas de aquí o de allí. De ahí, surgen feligresías contrapuestas, dispuestas a escuchar cosas contrarias, en virtud de los memes con que hayan contaminado su criterio. Es la ley del menor esfuerzo, más cómoda que labrar pensamiento propio, con autonomía.

El siguiente paso es la investidura maniquea de las feligresías: la izquierda es buena para la izquierda, lo mismo que la derecha para la derecha, mientras que los malos siempre militan bajo la otra bandera. Unos todo lo hacen bien y los otros son una panda perdularia.

Una vez escindido el universo social, se configuran grandes círculos de índole concéntrica: los partidos. En su núcleo central, siempre encontraremos una secta de personas afines al gurú, una camarilla de incondicionales, o una cohorte pretoriana altamente adoctrinada por la ideología peculiar, incapaz de hacer crítica para ponderar criterios, ante las crisis. El lema es: aquí no se viene a pensar, sino a seguir instrucciones. Al menos, eso es lo que vemos en el espejo del Congreso y el Senado, donde cada representante es “dueño” de su escaño, pero no de su pensamiento. Allí, sólo piensan ocho y sus secuaces asienten por disciplina, según dicen.

Con un diámetro mayor está el círculo de los militantes de partido, hombres y mujeres más o menos leídos, que pugnan por entrar en el núcleo distinguido de los excelsos que rodean al líder supremo. Ya reciben migajas que caen de la mesa opulenta de los más privilegiados, y son tanto más acérrimos cuanto más se aproximan a satisfacer sus expectativas. Pueden ser peligrosos, porque aún no han llegado del todo y están en edad de merecer.

Este círculo es abrazado por otro aún más externo, el de los fieles electores, la base que fija el suelo del fracaso, cuando está frustrada y dolida por mentiras y engañifas, o toca el cielo del delirio maníaco durante la noche de éxito electoral.

Derechas e izquierdas, centradas y extremas, desertaron hace tiempo de la Providencia divina. Unos promueven autonomía y, en la margen del Estado, resuelven sus problemas con esfuerzo inteligente. Otros se alojan en cierta pasividad de clase, ensalzan la taumaturgia del Estado y utilizan la dependencia como recurso existencial. Ambos, qué curioso, son procesos idénticos de condicionamiento operante (Bandura), aunque el resultado sea contrario y divergente. El nacionalismo es cosa visceral, y retrógrada hasta el tribalismo.

Ante ese panorama, cada político cultiva su clientela, dice aquello que cree que “los suyos” esperan oírle decir, sobre no importa cuál sea el tema. El discurso es un mero aglutinante, una amalgama de tópicos, que no tiene substancia de fuste, ni sirve para pergeñar proyectos, que entusiasmen y sean útiles para cohesionar a la sociedad y crear realidades.

Simplificando, a la derecha dirán que van a bajar impuestos y reformar la ominosa estructura del Estado, porque no puede ser tan metijoso y omnipresente. A la izquierda, que obligarán a que paguen más los ricos, para que el Estado pueda agrandarse y ofrecer más, y más pingües beneficios públicos. En el caso nacionalista, insistirán que nuestra patria será grande, después que sea libre y más idéntica a sí misma. Y todos contentos.

Así, el país continúa, como dijera Azaña, “presidido por la impotencia y la imbecilidad”. Nos hace falta, todavía, la Liga de Educación Política Española, que alentaron, en 1913, personas como Ortega, Maeztu, Madariaga, Fernando de los Ríos, Antonio Machado, Azcárate y Pérez de Ayala. Curiosamente, cada uno de ellos gastaba autonomía de pensamiento. Ninguno era sectario, incluido Fernando de los Ríos, quien, a decir de Lorca, era un “socialista de guante blanco”. ¡Ojalá tuviéramos una docena de políticos de guante blanco, dialogantes, aperturistas e innovadores como aquellos, en el núcleo central de cada círculo concéntrico!

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