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NOVELA

Henning Mankel: Botas de lluvia suecas

domingo 06 de noviembre de 2016, 16:15h
Henning Mankel: Botas de lluvia suecas

Traducción de Gema Pecharromán Miguel. Tusquets. Barcelona. 2016. 399 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 12,99 €

Por Daniel González Irala

La prosa deliberadamente encharcada y oscura del escritor de novela policiaca sueca creador del inspector Kurt Wallander tiene en esta su obra póstuma, continuación de Zapatos italianos, todo un alegre o al menos sofisticado epitafio tras su muerte en 2015 debido a un cáncer, y cuya lucha contra él relató en Arenas movedizas. Y es que en la historia de Fredrik Welin, protagonista de Botas de lluvia suecas, encontramos misterio y agallas, las de un médico en horas bajas que vive en un islote de propiedad familiar y que de una noche a otra ve la casa de sus abuelos donde mora convertida en cenizas debido a un incendio.

La morosidad en las descripciones así como la sensación en frases clave de que caemos a un vacío insondable dan debida cuenta de que la vida del protagonista, que narra en primera persona una peripecia en forma de intriga pasajera, resulta sumamente eficaz para darnos cuenta de que su existencia es y ha sido un infierno apoyado en una suerte de nostalgia (se añoran los peces del mar -pargos, entre otros-, así como la vegetación que había no solo producto de la devastación del incendio, sino de la criticada mano del hombre) que retrotrae a los momentos en que el doctor Welin operaba piernas en la ciudad, lo que le llevó a esconderse de por vida en un encierro agorafóbico para cualquiera, ideal para él.

Para bien o para mal y a pesar de su múltiple producción, las novelas de Mankell se parecen bien poco a las de su coetáneo Stieg Larsson, y aunque esta intriga pudiera tener en muchos casos semejante fin, varía sobre todo el uso del lenguaje en ellas, por lo que cambia igualmente su consideración literaria. Si sólo nos fijáramos en quién es el asesino (o en este caso instigador del incendio), nada en las novelas de Mankell tendría sentido, y eso es de agradecer.

Entre los múltiples personajes que pueblan la trama encontramos a Jansson, paciente hipocondriaco; Oslovski, señora que sufre frecuentes ictus y accidentes; los diversos tenderos que a Welin le recuerdan a su padre fallecido, que fue camarero; su hija Louise, que será detenida en París o la periodista Lisa Modin, que guarda en su casa fotografías de guerra de Robert Capa así como escudos que la vinculan familiarmente con los nazis alemanes. También estarán los ausentes, como su esposa Harriet, sus padres o sus abuelos poblando ese duermevela pesadillesco que es la novela en su inicio.

Ganador su autor de múltiples premios como el Pepe Carvalho de novela negra en homenaje a Manuel Vázquez Montalbán, o la primera edición de “La llave de cristal” en Alemania por Asesinos sin rostro, la primera novela de Wallander (de la que se hizo una serie televisiva con Kenneth Brannagh de protagonista), este texto pertenece aún si cabe a una retórica más personal a la hora de enfrentarse al policiaco tradicional al que nos tiene acostumbrados, caracterizada por un uso del lenguaje por el que las injerencias podrían llevar a engaño y donde la siempre medida separación entre narrador y autor (es osado que toda ella sea en primera persona) es más un guiño a su legión de lectores, que un mero brindis al sol.

“Un mar plomizo como el de aquel día se parecía a la esfera de un reloj sin manecillas. O a una habitación donde se hubieran caído las paredes”; en frases como esta notamos que la intensidad es no solo dramática, sino también poética.

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