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ESCRITO AL RASO

Duelo Clinton/Trump: tanto monta

Hablaba Jacques Derrida de la luz negra para explicar cierta metafísica, la seducción por la sombra y el vacío, las imágenes obsesivas a la luz del interrogatorio. El pensamiento auténticamente trágico se forja en Washington, a raíz de los ataques de septiembre de 2001, cuando Estados Unidos aprobó la ley que le permitieron el uso de armas militares contra los terroristas, ley –la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar contra Terroristas– que quince años después siguen en vigor.

La jornada electoral de los EE.UU. vive su ajustada victoria, un triunfo polarizado que pertenece a la raza anglosajona, ya sea de chocolate con leche a lo Obama o ya se trate de la flebitis de Hilaria y un anciano Bill, el de la Lewinsky debajo de la mesa del despacho, y su “¿te ha gustado, presidente?”. Hilaria superó con una sonrisa el blowjob de su marido porque tenía claro que lo suyo era el poder; ella es la líder obsesionada con Siria, la candidata de los drones y las fuerzas especiales, la secretaria de Estado que ha utilizado su servidor personal para enviar correos, tal vez alguno demasiado secreto, según nos había dicho el director del FBI, que ha recibido un tirón de orejas y ahora canta la retractatio. Bernie Sanders hubiese sido mejor candidato que Hillary; y no nos cabe duda, en esa articulación, que es Sanders, a caballo entre un pacífico sheriff del viejo Oeste y el idealista Caballero sin espada de Frank Capra.

Washington: el arte político del engaño, la fantasía populista y el error de Estado. Obama, lejos de hacer regresar a las tropas del extranjero, tal y como prometió, las mantiene en Irak, Afganistán, Libia, Yemen, Somalia y Siria, con un gasto militar solo el año pasado de 596.000 millones de dólares. Prometió Obama el cierre de Guantánamo, base abierta en territorio cubano desde 1898, en tiempos de la Guerra hispano-estadounidense, y donde aún se mantiene cautivos a prisioneros sin cargos. De igual forma siguen abiertas las cuestiones de la venta y la tenencia de armas, el racismo, la violencia en las calles, la discriminación racial… Los muertos hablan: casi 9.964 fallecidos por armas de fuego en 2015, 20.282 heridos y 1.152 personas desarmadas asesinadas a balazos por la policía.

Demos más perspectiva y volumen. Las deportaciones masivas de inmigrantes ilegales también es otro de los deberes que el Premio Nobel de la Paz de 2009 deja pendiente a su sucesor o sucesora: su Administración expulsó, también en 2015, a dos millones y medio de inmigrantes indocumentados provenientes de México, Guatemala, El Salvador, Honduras y República Dominicana a los que Trump promete mano dura (¿más?). Y para mayor abundamiento en las cuentas pendientes de Obama, véase el caso Snowden y la red de vigilancia y monitorización de llamadas anticonstitucional, así como el uso de buscadores como Google para favorecer a una candidata, la demócrata, según ha descubierto recientemente el psicólogo e investigador Robert Epstein. Recordemos quién ha asesorado a Hilaria en esta campaña: el presidente ejecutivo del todopoderoso buscador, Eric Schmidt.

En un último movimiento a la desesperada y ante los tres puntos de diferencia que le separan de Hilaria en la intención del votante, Trump, la abyección de la desmesura y el teólogo del petrodólar, ha presentado a última hora una demanda por supuestas irregularidades en un colegio electoral del condado de Clark, en Nevada. Más allá de la tinta del calamar, un par de datos: solo el 9% de la población votó en las Primarias, de donde salen elegidos los delegados que a su vez seleccionan al candidato más idóneo del partido en un segundo round. Estamos ya en el tercero. Y millones de personas que apoyan a partidos alternativos saben que mañana no tendrán representante porque carecen de las fortunas del tándem Hilaria/Trump.

Allá queda, en el cuarto de las niñas, el arma secreta que han desaprovechado los demócratas: la encantadora y sensata Michelle Obama, promesa de ideales, el esbozo crítico de la cultura nordista y antisegregacionista. Pero no nos equivoquemos: nosotros ya sabemos quién ganará: las grandes corporaciones y el Pentágono. Los trumpicones de las elecciones van a dejar una estrecha franja de soleada felicidad a los estadounidenses: el duelo, pues, será entre el 1984 de Orwell y el sudor de la colonia penitenciaria de Kafka.

Pero como “ni al sol ni a la muerte se les puede mirar fijamente”, como dijo La Rochefoucault, que Dios y los billetes de Benjamin Franklin repartan suerte. Que tanto monta.

Twitter: @dfarranz

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