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LA PRIMERA PELÍCULA DEL DRAMATURGO

Crítica de cine. Las Furias: la tragedia española por Miguel del Arco

Las Furias: la tragedia española por Miguel del Arco

El dramaturgo Miguel del Arco estrena su primera película con un reparto exquisito y una apuesta, como siempre, arriesgada.
Fotograma de 'Las Furias' la primera película de Miguel del Arco
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Fotograma de 'Las Furias' la primera película de Miguel del Arco

LAS FURIAS

Director: Miguel del Arco
País: España
Guión: Miguel del Arco
Fotografía: Raquel Fernández Nuñez
Reparto: José Sacristán, Mercedes Sampietro, Bárbara Lennie, Carmen Machi, Emma Suárez, Alberto San Juan, Elisabet Gelabert, Raúl Prieto, Gonzalo de Castro, Pere Arquillué, Macarena Sanz

Sinopsis: Marga, una mujer de casi setenta años, anuncia a sus tres hijos que quiere vender la casa de verano familiar para luego emprender un largo y misterioso viaje. Los invita a pasarse por allí lo antes posible para elegir muebles, enseres o recuerdos que quieran conservar antes de que la venta se lleve a cabo. Héctor, el hermano mayor, propone aprovechar el mismo fin de semana en el que deshagan la casa entre todos para celebrar en familia su boda con la mujer con la que lleva más de quince años viviendo, y de la que todos esperaban que se separara.

Lo mejor: El reparto | El subtexto de la historia
Lo peor: Un final un poco acelerado, aunque justificado.

La diosa de la Tierra, Gea, cansada del despotismo de su esposo Urano, dios del Cielo, convenció a su hijo Cronos para que se vengara de él. Cronos le cortó los testículos con una hoz y de la sangre de su padre derramada sobre su madre nacieron Las Furias. Tres seres con cabeza de perro, alas de murciélago y serpientes en lugar de cabello, implacables con quien atenta contra la familia, decididos a obligarlo a expiar su culpa persiguiéndolo hasta enloquecerlo. Con el mito de Las Furias en la cavernosa voz de José Sacristán arranca la primera película de Miguel del Arco, una ópera prima en la que el prestigioso dramaturgo explota de manera brillante el lenguaje cinematográfico para montar su gran tragedia griega a la española. Del ADN de la mitología recoge del Arco la idea de que lo peor y lo mejor del ser humano sólo pueden darse en la familia, esa institución tan propia de nuestro país en la que no hay espacio para la elección, en la que las relaciones de amor-odio son menos objetivables que en ningún otro sitio y, en consecuencia, los dramas son más dramas, el dolor es más dolor y el perdón, más perdón.

Miguel del Arco parte de una premisa muy dramatúrgica: un grupo de personajes que se reúnen en un espacio más o menos cerrado y ocultan a los demás algo que el espectador sí sabe (aunque siempre el director tiene derecho a reservarse alguna sorpresa). En esta caso, Del Arco realiza un presentación impecable de personajes y conflictos para meter a los Ponte Alegre en la casa de verano de la familia, que la matriarca -excelente Mercedes Sampietro- pretende vender para emprender un misterioso viaje. Así que todos acuden con la sensación de despedirse de una parte de su pasado, esa que al cabeza de familia le ha arrebatado el Alzheimer y que se pierde en el rostro en blanco de un José Sacristán en estado de gracia. Él sólo recuerda los versos con los que triunfó en el escenario, los de las historias que le inspiraron para dar nombre a sus tres hijos, Cassandra (Carmen Machi), Héctor (Gonzalo de Castro) y Aquiles (Alberto San Juan), y que le proporcionaron un éxito mal repartido entre lo profesional y lo personal.

Y en ‘Villa Alegre’ se desata una guerra, por el amor, la atención, el respeto, la gloria y el miedo a la soledad; una guerra en la que las palabras son las armas. De hecho, la violencia física de la película genera distensión frente a lo afilado de las palabras, que los personajes usan como escudo en lugar de cómo puente, sumidos en una incomunicación profunda y absurda de la que sólo es consciente la benjamina (hipnótica Macarena Sanz), aquejada de ataques psicóticos.

El arrojo de Miguel del Arco no es un descubrimiento. Tras lograr un sitio cómodo y calentito en el a menudo hostil mundo del teatro, se ha lanzado a hacer zarzuela –con escrache de regalo-, cine y prepara ya una ópera. Sin embargo, la valentía del director asombra en Las Furias porque, cuando tiene al espectador totalmente enganchado a base de intensos diálogos, una narrativa ingeniosa, una realización y estética potentes –la psicosis del personaje de María en especial- y un reparto tan coral como bien definido y mejor interpretado, se acelera hacia la gran tragedia griega que le inspira y pierde todo miedo al exceso. La cinta avanza hacia un acantilado para romper y llenarlo todo de espuma; de gritos, de carreras, de falta de oxígeno y bocanadas de aire, y el espectador, aún consciente de ese cambio de marcha, le acompaña irremediablemente hasta el final.

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