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EL CÉSAR QUE LLEGA

sábado 12 de noviembre de 2016, 17:50h
Se ha iniciado ya la carrera en pelo para encaramarse al carro del vencedor. En Estados Unidos, y no solo en Estados Unidos...

Reproducimos a continuación el artículo de Luis María Anson publicado con este título en el diario El Mundo.

“Se ha iniciado ya la carrera en pelo para encaramarse al carro del vencedor. En Estados Unidos, y no solo en Estados Unidos, los oportunistas, los lameculos, los babosos, los arribistas, los tiralevitas, los pelotas, los periodistas alfombra y los políticos de pantalón gris, prenda que va bien con todas las chaquetas, pelean por ocupar la primera fila y disfrutar del placer imperial de contemplar al César.

España es un virreinato tributario de Estados Unidos. También lo son Francia, Alemania o Italia. El Imperio permite la presunción de soberanía a sus virreinatos pero, eufemismos aparte, las bases militares estadounidenses definen la realidad. Vivimos en la pax americana. Tras concluir la Guerra Mundial, desguazado el portaviones imperial británico, derrotada la Unión Soviética con la caída del muro de Berlín, la fuerza colosal de los Estados Unidos de América -militar, económica y, sobre todo, tecnológica- se impone con escasas resistencias.

Por eso la elección presidencial en aquella nación interesa en una buena parte de los países del mundo como una cuestión de política interior. En la gran nación americana el mando real no corresponde al presidente sino al Pentágono, a los servicios de inteligencia y al gigantesco entramado financiero. La política estadounidense es muy parecida esté en el poder Nixon, Carter, Bush o Clinton. Desde el templo de Juno, los gansos sagrados del Capitolio graznan airados si algún presidente se desmanda.

Como escribió ayer Rosa Belmonte en un inteligente artículo, la mujer no podía votar en 1920 en Estados Unidos. A mí me gustaba que una presidenta se alzara con el poder. Paso a la mujer que se abre paso. Ocurre que en el partido demócrata hay varias docenas de mujeres más capaces que Hillary Clinton. La endeblez de la candidata ha favorecido de forma decisiva a Donald Trump. Y también la frenética campaña contra él en los medios de comunicación norteamericanos. “El exceso de crítica y los ataques desmedidos suelen provocar una reacción contraria”, escribió Noam Chomsky.

Con su incierto populismo a cuestas, con el “América para los americanos” reductor y simplista, el nuevo presidente de los Estados Unidos ha ganado una elección que tenía perdida. Las encuestas no fueron capaces de detectar la fuerte dosis de voluntarismo político que cuarteaba las opiniones. Nadie decía el tópico de que gane el mejor. Que pierda el peor, esa era la frase del ingenio popular.

Cada cuatro años los americanos eligen al César. Donald Trump es ya el hombre más poderoso del mundo. Condiciona la economía mundial, maneja la fuerza militar más abrumadora de la Historia y tiene el dedo sobre el gatillo del revólver nuclear. Deberá envainarse, igual que Obama, una buena parte de sus proyectos porque el establishment le embridará las manos y le peinará la grotesca pelambrera. A pesar de eso, el mundo tiembla. Las buenas gentes de las democracias occidentales y orientales están asustadas porque escuchan ya sobre las losas cargadas de historia de la Casa Blanca los pasos agresivos del César que llega”.