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DESDE ULTRAMAR

Trump, entre Jackson, Roosevelt y Reagan

jueves 17 de noviembre de 2016, 20:11h
Trump, ese dolor de muelas, esa patada directa en los…bueno, eso no se lo puedo decir amigo lector, porque hay niños revisando esta su columna leída en ambos hemisferios con el favor de todos ustedes, o andan sencillamente merodeando por allí. Seré prudente.

Lo que sí es verdad es que Trump, cual desquiciado burro en cristalería, aparece dando coces a diestra y siniestra, soso, mentecato y ruin y bien que se muestra como un cóctel peligroso que ya nos adelanta en apenas unos días transcurridos desde su victoria electoral, lo que será el trajín de su cuatrienio desbordado. Confirmamos que se mantiene en sus trece y que será perjudicial para su país. Lo escribía yo días atrás en las redes sociales, un tanto en broma y un tanto en serio, lo que será pronto una realidad: a México Trump le dará en toda la madre. A Estados Unidos le dará en toda la mother. Al final de cuentas, joderá a ambos países. Al mundo, ni le cuento.

Tan folclórico personaje cual extraído de una mamarracha historieta estadounidense, tradicionalmente insulsa y hueca en su contenido y pretensiones, se asemeja como a una mezcla pintoresca (no menos amenazadora y contraindicada) de tres presidentes nefastos en el devenir del mundo: Andrew Jackson, Teodoro Roosevelt y Ronald Reagan.

En efecto, me refiero a tres personajes muy apreciados en la historiografía estadounidense, pero de procederes ominosos, funestos y desdichados. Yo no dudo que Trump los encarne y que como ellos, acabe siendo considerado por sus compatriotas como un gran presidente, gustosos de la gente lerda para que los gobierne y Trump reúne rayana condición. Ha conseguido pasar por uno más, por un hombre de la calle y eso lo aprecian mucho.

Jackson, el racista mataindios que llegó del aclimatado salvaje oeste, merendándose en las urnas al apacible y atildado Quincy Adams, arribó cual huracán destrozando la Casa Blanca confundiéndola con una cabaña de montañeses asilvestrados. Segregacionista hasta las cachas, impulsando la colonización de aquella basta zona, se granjeó el favor de sus conciudadanos por ser uno más de ellos, inculto y atrabancado el muy expansionista arrebatador de Texas a México.

Teodoro Roosevelt, el imperialista invasor de Panamá y Cuba, el que ufano escribió en sus memorias “Yo tomé Panamá”, robándola a Colombia, impulsor del Gran Garrote con que golpear a los “frijoleros vecinos del sur” como llamó a las repúblicas hispanoamericanas, despreciándolas y considerándolas inferiores, y aquellas siempre contando con gente inquina admiradora de Estados Unidos como para permitirle todos los excesos y todas las miserias en sus países; de las que dijo que no serían proclives a Estados Unidos, mientras fueran católicas y por lo tanto, había que invadirlas de sectas; el invasor de la América hispana al que loara burlona y sarcásticamente Rubén Darío en su afamada “Oda a Roosevelt”, ese, bien que inspira a Trump. Un sujeto pusilánime y despreciable tan admirado por los estadounidenses, cual lo que no fue. Un desventurado agresor del hemisferio americano, crédulo de su destino manifiesto y creador del corolario que lleva su nombre, en el que destacaba golpear a quienes no cumplieran sus designios. Cumplió la máxima sentencia de Bolívar que afirmara: "Estados Unidos está llamado a inundar de miserias a la América hispana". Y no se equivoco….

Y me da el pálpito de que Trump será popular porque endulzará el oído a sus ciudadanos, como lo hiciera ese actor de segunda llamado Ronald Reagan, que actoral, fingía demencia y así sobrellevaba el gobierno, mientras los halcones con Bush padre en la vicepresidencia hacían y deshacían a su antojo transmitiéndole en discretas tarjetitas lo que tenía que decir y querían oír sus paisanos. Y los bobos estadounidenses tragándosela enterita una y otra vez. La frivolidad de su esposa, la estrambótica Nancy, jugaba su propio papel en el mejor esquema de las primeras damas de su país, como la singular “Lucy Limonada” u otras. Trump pinta para eso y poco más.

Pues hete aquí que Trump irrumpe de una manera tal, que se convierte en una muestra y a la vez en el detonador de la pobredumbre que deambula por la sociedad estadounidense.

Ha enarbolado la idea de hacer grande a su país apelando a recuperar algo que sus defensores niegan perdido: un pasado de lucimiento y relumbre que obtuvo tras ganar la Segunda Guerra Mundial cuando consolidó el “modo de vida americano” y vivió lo que en su historia se llama “los años dorados”, que no alcanzaron a ser un siglo de oro, porque el desgaste propio del capitalismo los convirtió en apenas unas décadas. Siendo un beneficiario de aquella época, la sabe pasada, agotada e irrecuperable, pero la sigue vendiendo a los estadounidenses, prometiendo que con su mano dura se las recuperará. Iluso.

Aciagos días nos esperan. Por lo pronto, pongo el acento en que ha brotado una verdadera licencia para el odio con su solo triunfo. Trump y sus colaboradores directos se desmarcan de ella, pero no pasa inadvertido que solo ganar, las agresiones a minorías, los insultos a ellas, las celebraciones de Ku Klux Klan, sin medida ni pudor, los dimes y diretes, reproches y consignas contrarías, entrecruzadas entre grupos étnicos ya afloraron de una manera verdaderamente escandalosa y muy decepcionante por tratarse de una sociedad que presume de civilizada y demostrando haber recuperado tal racismo tan característico de ella, que nos advierte que jamás se fue, que solo, acaso en la mejor tradición de la hipocresía anglosajona típica de ellos y siempre avante, se ha consolidado de nuevo y promete sentar sus reales.

Y todo eso anticipo, no sucederá por retomar el orden ni por ser respetuosos de la ley. Aflorará y se consolidará tal carácter propio de la siempre peculiar sociedad estadounidense, sencillamente porque ha llegado a la Casa Blanca un sujeto que lo encarna y lo inspira. Deleznable, solo me permite afirmar que Dios nos coja confesados y a ellos. A los estadounidenses, también, porque lo que se viene es tan negativo para todos, que debería ya de tenernos temblando. Estertores de un imperio decadente que fracasará en su intento de buscar un relucimiento que ya no volverá.
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