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TRIBUNA

Camaleones morales

miércoles 23 de noviembre de 2016, 19:55h
Cuando uno se adentra en el ámbito político rápidamente descubre que el mal está presente y que en muchas ocasiones ensombrece la existencia del bien. Hannah Arendt, una de las pensadoras más influyentes del siglo XX, consideró con acierto que el mal de algún modo es inevitable y por ello se repite en la historia aun descubriendo el pueblo rápidamente que un determinado sujeto es un potencial enemigo. Lo peor de todo es que, como reconocía Arendt, esto nunca consiguió evitar que un tirano llegase a serlo. No impidió un Nerón y no impidió un Calígula. Y Nerón y Calígula tampoco han podido impedir un ejemplo más cercano, que muestra a las claras lo que puede significar para la vida política la irrupción en masa de la criminalidad. En esta misma línea, su predecesor parisino, Voltaire solía decir que la historia se repite y se explica a través de la fortaleza del déspota frente a la debilidad del espíritu del pueblo.

En este momento no faltan ejemplos a nuestro alrededor que nos permiten calificar a determinados sujetos políticos como potenciales enemigos, a pesar de haber conseguido salir democráticamente electos en las urnas. Pensemos, entre otros, en Donald Trump. En este caso, a mi juicio, estamos ante un verdadero camaleón moral, esto es, un sujeto que no puede pensar por sí mismo ni tampoco ponerse en el lugar del otro. Es precisamente, esa incapacidad de pensar y de hablar sin clichés o frases hechas lo que representa el núcleo principal de su talante y que se puede traducir en simple banalidad, siguiendo la terminología de Arendt.

Trump representa a la perfección el modelo de quien asume una postura política, a partir de la construcción de un lenguaje “burocrático”, en el sentido de ser incapaz de expresar una sola frase que no sea una frase hecha. Esto verdaderamente es lo preocupante.

El populismo y la demagogia crecen como hongos y campando a sus anchas, gracias a todos aquellos que sufren una especia de hipnosis, hechizados por un discurso político pulcro en la agresividad de sus formas pero carente de contenido. El prometer y amenazar con imposibles parecen cautivar más que nunca a un electorado ansioso de sentir fascinación por alguien de la élite política, al precio que sea. Verdaderamente la situación se ha convertido en preocupante en Estados Unidos porque con el triunfo de un sujeto como Trump se ha enriquecido el caldo de cultivo para el endiosamiento de los camaleones morales.

En realidad, durante la larga y dura campaña electoral los norteamericanos parecen haber estado buscando en la política un reality show en el que el más osado y descarado de los participantes debía llevarse el premio. Tenemos ante nuestros ojos la denominada “política como espectáculo” que tan criticada fue tiempos atrás por intelectuales de nuestro entorno cultural como Aranguren.

El triunfo de Trump da la oportunidad de comprobar con profunda decepción cómo los insultos, las frases amenazantes, el menosprecio a la mujer, las críticas a los discapacitados, a la sociedad latina y afroamericana no le han pasado factura en las urnas sino que más bien, al contrario, le han favorecido. Algo falla.

Creo que merece la pena rescatar el pensamiento de autoras como Arendt que tanto lucharon por que el mal en la política se erradicara o al menos no se potenciara innecesariamente. Ella confiaba en que la clave estaba en no prestar la confianza a los estrategas de la política, a los camaleones morales.

Tengamos muy presente que lo que caracteriza a la vida humana es la libertad, la espontaneidad, la pluralidad y la natalidad, y que éstas son condiciones humanas frágiles puesto que el mal radical es un peligro permanente que acecha siempre tratando de convertir a los seres humanos en superfluos y aniquilando, en consecuencia, su humanidad.

Resulta por todo lo anterior de suma importancia que los ciudadanos no pierdan su brújula moral y exijan al político implicado en las cuestiones del ámbito público tres máximas ineludibles: pensar por sí mismo, pensar poniéndose en el lugar del otro y pensar de forma consistente en aras del bien común.
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