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DESDE ULTRAMAR

Reflexivo: Tres ciclos que terminan

jueves 24 de noviembre de 2016, 20:22h

Estas jornadas recién transcurridas me han sido particularmente intensas. Cierran ciclos que merecen mencionarse y a las que aludo encierran sucesos que suman esa sensación de que una etapa concluye en cada cual, aun desconociendo qué es lo que puede iniciar a partir de cada acontecimiento que le relataré.

Comienzo refiriéndome a la más universal de las situaciones a tratar. Ha finalizado el Año Santo extraordinario de la Misericordia. Merece apuntarse que la convocatoria pontificia además de haber sido sorpresiva, muestra el talante de Francisco al depurar a la Iglesia no solo en sus actos y gestos burocráticos, sino recurriendo a instrumentos espirituales como lo son el año jubilar. Una idea oportuna y muy adecuada, sin duda.

Al invocar estos recursos que pueden facilitar que consiga sus afanes más preciados, el Papa confirma además su talante como un sumo pontífice que no se arredra tan fácilmente y que sienta precedentes. Su llamamiento honra su misión, recodándonos que en su escudo porta dos llaves: una para conocer y otra para definir. Francisco no ha querido que el Jubileo se gane acudiendo solo a Roma, sino que ha extendido como nunca antes la incuantificable posibilidad de que la Puerta Santa se aproxime a infinidad de sedes por todo el mundo. Acto meritorio en pro de la inclusión, diversidad y composición de la Iglesia, en un claro reconocimiento a sus fieles y a la universalidad que pondera y alardea.

He atestiguado que la Puerta Santa se marcó hasta en templos cercanos a mi domicilio que nunca la habían incluido. Me ha entusiasmado el temperamento incluyente del romano pontífice marcando este jubileo extraordinario, que recién ha cerrado poniendo fin a este año de gracia plena. Inclusión, eso es lo que la Iglesia necesita y no soberbia y lucimiento de mundanas vanaglorias. Yo me fui a ganar el jubileo a la ya bicentenaria santa iglesia catedral de la Ciudad de México, en cuya Puerta Santa luce en piedra una vistosa tiara papal, símbolo de su comunión con Roma. Se acondicionó la nave procesional izquierda empezando por la correspondiente Puerta Santa y el altar del Perdón, siguiendo por la capilla a los santos ángeles y subsecuentes, para establecer siete estaciones. Misa solemne y demás ritos propios del jubileo acompañaron mis elevadas intenciones procurando apegarme a los cánones previstos y a la senda trazada, porque desde luego que un Año Santo siempre mueve. Máxime que no presenciábamos uno desde el Gran Jubileo del año 2000. Y su clausura ha cerrado un ciclo.

Me queda la sensación de que mucha gente no se ha enterado de semejante despliegue no sujeto solo a acudir a Roma. Qué pena. Sería una verdadera lástima haber desaprovechado tan magnífica oportunidad y ocasión. A tiempo he acudido al llamado para elevar mis rogativas que confío en que permitirán a un querido tío hermano de mi madre, recién fallecido, ya sanadas sus aflicciones terrenales, ganar a tiempo la indulgencia plenaria si así se dispusiere. He lamentado mucho su intempestivo deceso y echaré de menos su animoso gusto por la vida, ejemplo del buen vivir, de su permanente regusto por la novedad, de su compañía y de presencia. Quede allí mi mejor recuerdo. Otro ciclo se ha cerrado.

Y para rematar un tercer ciclo se ha completado, también. Rita Barberá ha muerto y de una manera un tanto sorpresiva. Su fallecimiento no es óbice para afirmar que desde luego, como buena política ha sido polémica, y no sin razón; pero es cierto que la exalcaldesa de Valencia dio visibilidad a su ciudad como nadie más. La capital del Turia le fue fiel y aunque sea del Partido Popular, si eso generara repulsión, hay que distinguir plenamente su militancia y los escándalos que la rodearon en los últimos años de su gestión, de la mujer que trabajó por su ciudad y fue elegida 6 veces por sus conciudadanos. Una cosa no elimina la otra y su figura es destacada e insalvable. El caloret no mata su gestión reconocible. Si somos justos, no podremos negar su contribución a engrandecer una ciudad espléndida como lo es hoy Valencia, luz del Mediterráneo. Su presencia en cada pieza de arte que fue como lo es cada falla que la incluyó, la echaremos de menos.

Mis buenos recuerdos de aquella ciudad me indican que su gestión, su mano, eran evidentes. Valencia es una urbe portentosa y estoy cierto que ella fue un parteaguas para tal. Merece plena justicia, que se reconozca su ingente labor en pro de tamaña metrópoli de extraordinaria presencia en el ámbito español y que otorga a España una referencia obligada en el mundo.

Así las cosas, han sido jornadas de terminación, de concluir procesos y de rendir cuentas. Lo que venga lo ignoramos aún, solo resta confiar en que comprobaremos que la vida no se detiene y depara siempre nuevas experiencias. No por ello apostemos ni al descarte ni a la trivialización. Cada cosa en su sitio y a su tiempo justo. La vida misma a plenitud y no nos resta sino ser parte de ella.

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