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ENSAYO

Juan Pablo Fusi: La patria lejana. El nacionalismo en el siglo XX

domingo 04 de diciembre de 2016, 17:12h
Juan Pablo Fusi: La patria lejana. El nacionalismo en el siglo XX

Nuevo prólogo del autor. Taurus. Barcelona, 2016. 387 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 7,99 €. Oportuna recuperación de una obra esencial que aborda con rigor y lucidez una cuestión capital, que hoy sigue siendo "una realidad constitutivamente problemática"

Por Alfredo Crespo Alcázar

Con excelente criterio, el profesor Juan Pablo Fusi nos brinda una segunda edición de esta obra ya publicada en 2003. El objeto de estudio que contiene así lo merece, como él mismo refleja en el prólogo: El nacionalismo continúa siendo lo que fue en el siglo XX: una realidad y un problema, una realidad constitutivamente problemática. Eso obliga, necesariamente, a su estudio” (págs. 9-10).

En efecto, desde 2003, han sido muchos los nacionalismos que han cobrado protagonismo en la agenda gubernamental y mediática. Esta premisa se ha hecho evidente incluso en países que habían optado por elevadas dosis de descentralización política y administrativa, caso de España y Reino Unido. En consecuencia, no debe relegarse el fenómeno nacionalista sólo a sociedades atrasadas que buscarían, mediante la apelación a un supuesto estrato común representado por ese ente tan complejo como es la “nación”, acceder a la independencia o a las ventajas de la modernización.

El profesor Fusi se adentra a la hora de escrutar en qué consiste en el fenómeno nacionalista y en qué razones descansa su capacidad de supervivencia. Sin embargo, no elabora un manual plagado de definiciones teóricas. Por el contrario, se decanta por una metodología mucho más atractiva: el estudio de abundantes casos analizados dentro del contexto en el que surgieron. El resultado es un manual de historia, principalmente del siglo XX, riguroso y preciso, con abundante bibliografía, como demuestra el goteo permanente de autores (historiadores, politólogos, literatos…) a lo largo del libro.

El autor demuestra que el nacionalismo es un fenómeno poliédrico que no se manifiesta de igual manera en todos los países. No obstante, como sustrato común, apela a lo sentimental y a las emociones (con el riesgo real de adulterar la historia) pero también a determinados elementos más tangibles, como la lengua y la religión, que utiliza de manera excluyente.

Además, el nacionalismo recurre a lo irracional para captar adeptos; en consecuencia, escapa deliberadamente del metalenguaje, prefiriendo las imágenes y el efectismo. En este punto se encuentra el origen de su eficacia y, por tanto, de su éxito.

Asimismo, supone un acierto del autor que opte por una narración cronológica ya que permite al lector comprender la complejidad que encierra el nacionalismo y la variedad de repercusiones que ha provocado y aún provoca. Estas últimas en unas ocasiones quedan circunscritas principalmente al territorio del Estado en el que emerge (los casos de España y Reino Unido, con los nacionalismos periféricos catalán, vasco e irlandés), pero en otros afectan al orden internacional (Italia y Alemania antes de la Primera Guerra Mundial; o de nuevo ambas naciones antes de 1939).

En lo que a Europa se refiere, el lector comprobará que el nacionalismo ha logrado un buen número de victorias, de las que por regla general no se han derivado efectos beneficiosos. Al respecto, lo acontecido al término de la Primera Guerra Mundial pone de manifiesto la anterior afirmación. En efecto, fascismo, nazismo y comunismo, enarbolando el nacionalismo, derrotaron a aquellos planes orientados a garantizar la convivencia entre las naciones europeas, refrendando que nacionalismo y democracia resultan irreconciliables: el periodo esplendoroso que vivió el primero, lo hizo a costa de degradar y desplazar a la segunda.

Otra de las lecciones que se extraen de la obra es que el nacionalismo no es un virus inoculado sólo en Europa, sino que en otras áreas geográficas también gozó de una presencia nada marginal. Al respecto, Juan Pablo Fusi hace un recorrido geográfico por los distintos continentes para demostrar cómo el nacionalismo, no siempre estatal, arraigó en América Latina, Asia y África, en estos dos últimos casos vinculado a los procesos de descolonización.

En íntima relación con la idea anterior, a partir de 1945 asistimos a una suerte de contradicción: mientras Europa rechazaba el nacionalismo, como causante de las dos guerras mundiales, Asia y África lo abrazaban como herramienta al servicio de otro concepto no menos ambiguo: la construcción nacional.

Además, ambos continentes repitieron un modus operandi idéntico al empleado por los “pioneros” europeos escasas décadas antes, de tal manera que concibieron el nacionalismo como una especie de bálsamo de fierabrás, susceptible de generar prosperidad/seguridad/estabilidad. Al igual que en el “viejo continente”, el desarrollo de los acontecimientos demostró que tal visión, además de cortoplacista, acarreaba elevadas dosis de violencia. Sin embargo, quedaba demostrada la capacidad del nacionalismo para adaptarse a diferentes contextos, antagónicos entre sí en la mayoría de los casos.

Junto a ello, conforme nos acercamos al siglo XXI, el nacionalismo también reflejó su capacidad para resucitar en Europa. Previamente, a partir de la década de 1970, y a pesar de las connotaciones peyorativas que llevaba asociado, irrumpió una versión particular del mismo, el etno-nacionalismo. Organizaciones terroristas como ETA o IRA constituyen dos buenos ejemplos y su consecuencia, la división de la sociedad en la que operaron. Al respecto, sobresale el estudio particularizado que hace el autor de una parte de la historia de ETA, cuando estuvo vigente el Pacto de Lizarra (firmado en 1998), una auténtica exclusión de la vida política e institucional de los no nacionalistas en el País Vasco en la que participó el “nacionalismo moderado” (Partido Nacionalista Vasco y Eusko Alkartasuna).

Posteriormente, como sucediera entre 1918-1945, a partir de 1990 el nacionalismo reemergió definitivamente portando los mismos atributos que en el pasado y lo hizo en dos escenarios, uno de ellos novedoso (la URSS) y otro no tanto (Balcanes). En lo que sí había continuidad eran en sus rasgos caracterizadores. En primer lugar, su autodesignado carácter infalible para solventar problemas complejos, delimitando con precisión un “enemigo” fácilmente identificable; en segundo lugar, su capacidad para adoptar distintos ropajes (xenofobia, patriotismo de cortas miras). En tercer lugar, su oportunismo, como sinónimo de ventajismo.

En definitiva, una obra mayúscula que nos acerca el ayer inmediato para comprender el presente. Si existe una faceta en la que sobresale el nacionalismo ésta es su capacidad para transformar en una “ventana de oportunidad” para sus intereses cualquier crisis (económica, política, social) por la que transite la democracia.

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