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TRIBUNA

Domingo Rivero, poeta en la oficina

lunes 12 de diciembre de 2016, 19:58h

Hay poetas que se transfiguran en poemas. Pueden contarse con los dedos, y todos seguramente reprobarían que se les reduzca a uno de sus ingenios. El caso más famoso es el de Rimbaud, poeta de un libro precoz y revolucionario, y de toda una vida de silencio. Domingo Rivero (1852 - 1929) viene a ser "un Rimbaud al revés" -anota Antonio Puente-. Poeta tardío, casi cincuentón, tras una vida anterior oculta que transcurrió en Las Palmas de Gran Canaria, Londres, París, Madrid, Sevilla y, de nuevo, Las Palmas. Coetáneo y mentor silencioso de Tomás Morales y Alonso Quesada, los dos grandes modernistas españoles junto a Salvador Rueda. Autor de 70 poemas por toda obra, pero sobre todo, el autor de "Yo, a mi cuerpo", uno de los mejores sonetos del siglo XX en lengua española, una meditación de imágenes sencillas y hondura metafísica que lleva al habla modernista -en su variante española, es decir, realista y sobria- el tema del memento mori, con cuya fértil tradición dialoga -de Manrique a Machado, de Quevedo a Bécquer.

"Yo, a mi cuerpo" despertó la admiración de Miguel de Unamuno y ha creado un culto semi secreto en el siglo XX, con devotos tan autorizados como Dámaso Alonso, Francisco Brines, Andrés Sánchez Robayna y los hermanos Manuel y Eugenio Padorno, compiladores de la sucinta obra y artífices de su revalorización. Hitos de la entrada de Domingo Rivero en el canon son la antología de Jorge Rodríguez Padrón de 1967, con prólogo de Dámaso Alonso; la edición de su obra completa por Eugenio Padorno (1994), y la edición de El Acantilado(2006), la cuidadosa editorial fundada por Jaume Vallcorba, con prólogo de Francisco Brines.

A esta secuencia acaba de sumarse el ensayo de Antonio Puente De una poética de la escisión. Domingo Rivero, en la 'oficina del mar', publicado por la editorial madrileña Mercurio. "Rivero se adscribe, desde todos los ángulos, a una poética de la escisión", escribe Puente, poeta él mismo, periodista cultural y crítico de poesía con un consistente portfolio de razón poética dispersa en las páginas de La Razón, ABC Cultural y El País. Al igual que el de T.S. Eliot, el corpus crítico de Antonio Puente prepara y explica el lenguaje de sus propios poemas, que hasta ahora han cristalizado en cuatro libros: Contrazul (1994), Agua por señas (2007), Sofá de arena (2008) y Ojos de garza (2015). Su inmersión en Domingo Rivero busca esclarecer a un poeta de vida misteriosa y engañosa sencillez, tanto como ajustarse a sí mismo como poeta en la tradición.

"Poeta del cuerpo", "poeta en el dolor humano", como un César Vallejo adusto y retraído: así recibe el canon a Domingo Rivero. Para Antonio Puente es además poeta de "desdoblamientos y paradojas", un poeta escindido, como esa conciencia que le habla al propio cuerpo, entre extrañada, irónica y compasiva, en ese momento de rara condensación del sentir y el pensar en la poesía española que es el "Yo, a mi cuerpo" de Domingo Rivero.

"La oficina del mar" a la que alude el título del ensayo de Antonio Puente se corresponde con otra imagen de Rivero, convertida en símbolo de su doble condición insular -una isla dentro de otra-, tanto como en símbolo de la humildad de su decir poético, falsamente transparente, capaz de meditar en distintas direcciones y de agitar por su innovación, como en el encabalgamiento final de esta estrofa: "Mi oficina da al mar. Desde la silla / donde hace treinta años que trabajo / las olas siento en la cercana orilla / de las ventanas resonar debajo".

Antonio Puente reivindica la condición precursora de Domingo Rivero, como antecedente de la modernidad de la generación del 27 y de la poesía testimonial de la generación del medio siglo. Dos de sus máximos exponentes, Dámaso Alonso y Francisco Brines, lo han reconocido como a un poeta de culto. El libro de Puente trae a la sensibilidad del siglo XXI a este poeta enigmático, de decir humilde y metafísicas honduras.

Te dejo, lector, a solas con Domingo Rivero, el poeta que se volvió soneto:

YO, A MI CUERPO

¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?

¿Por qué con humildad no he de quererte,

si en ti fui niño y joven, y en ti arribo,

viejo, a las tristes playas de la muerte?

Tu pecho ha sollozado compasivo

por mí, en los rudos golpes de mi suerte;

ha jadeado con mi sed y altivo

con mi ambición latió cuando era fuerte.

Y hoy te rindes al fin, pobre materia,

extenuada de angustia y de miseria.

¿Por qué no te he de amar? ¿Qué seré el día

que tú dejes de ser? ¡Profundo arcano!

Solo sé que en tus hombros hice mía

mi cruz, mi parte en el dolor humano.

(1915 - 1922)

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